Entre el miedo y la libertad. Los EEUU: de la Gran Depresión al fin de la segunda guerra mundial (1929-1945). David M. Kennedy

Prólogo: 11 de noviembre de 1918

<<La muerte resuelve todos los problemas -decía Stalin-. Ningún hombre, ningún problema>>.

Wilson había tenido la visión de una paz liberal, una paz sin victoria, una paz que le devolvería magnánimamente a Alemania el lugar que le correspondía en un mundo abierto de libre intercambio y democracia. En ese mundo el comercio no estaría limitado por restricciones políticas; la política estaría basada en el principio de autodeterminación, y el orden se mantendría a través de un nuevo organismo internacional, la Liga de Naciones. Pero lo que surgió del suplicio de las negociaciones de paz de París fue un documento que se burlaba de esos ideales.

El tratado de Versalles, según escribió Keynes en su amargo y astuto estudio de 1919, Las consecuencias económicas de la paz, contenía tres defectos letales. Transfería a Francia importantes yacimientos de carbón, hierro y acero alemanes y prohibía su utilización por parte de la industria germana. <<De esta manera, el tratado ataca la organización -declaró Keynes-, y mediante la destrucción de la organización deteriora aún más la reducida riqueza de toda la comunidad>>. El tratado, además, le quitaba a Alemania sus colonias en el exterior, sus inversiones extranjeras y su marina mercante, y restringía su control de sus propias vías navegables y sus tarifas. Y el mayor castigo económico se produjo cuando las potencias vencedoras impusieron a una Alemania drásticamente debilitada una colosal cuenta de alrededor de 33.000 millones de dólares en concepto de pago de reparaciones. Sumando un insulto a la herida, el artículo 231 del tratado (la famosa <<cláusula de culpa>> obligaba a los alemanes a asumir la responsabilidad exclusiva del estallido de la guerra.

El tratado, concluía Keynes, perpetuaba de manera descabellada en tiempos de paz los trastornos económicos de la guerra misma. A la catástrofe militar del combate se añadía la carga económica de una paz vengativa. Alemania, que se esforzaba en convertirse en una república, soportó la mayor parte de ese temible peso. Pero en las décadas de entreguerras todas las naciones, vencedoras y vencidas por igual, sufrieron ese lastre aplastante.

Un joven estadista que había llegado a París desde un rincón distante del planeta, el príncipe Fumimaro Konoye, de Japón, que entonces tenía veintisiete años de edad, también encontró motivos de queja. (…) ¿Por qué debería Japón -se preguntaba- aceptar un pacto que se negaba a reconocer el principio de igualdad racial? (…) Al igual que Alemania, sostenía Konoye, a Japón no le quedaba otro <<recurso que destruir el status quo por el bien de la autoconservación>>. Dos décadas más tarde, el primer ministro Konoye uniría el destino de Japón al de la Alemania nazi y la Italia fascista en el Pacto Tripartito: un agresivo intento de destruir el status quo en Europa y Asia a la vez, no sólo con el objetivo de la autoconservación, sino que para lograr la expansión imperial.

Adolf Hitler tenía el objetivo de ser el agente de esa resurrección. A su regreso a Munich en 1919, se sumergió en el mundo furtivo y turbulento de la organización política entre los veteranos de guerra descontentos que compartían su resentimiento por la traición que había sufrido su ejército a manos de dirigentes civiles en 1918. Dos años más tarde ya había ayudado a organizar el National-sozialistische Deutsche Arbeiterpartei: el partido nazi, con su distintivo símbolo de la Hakenkreuz, o esvástica. En 1921 ya era el líder indiscutido, y sus  matones de camisas pardas, los Sturmabteilungen (SA), estaban listos para hacer valer su voluntad. Hitler pulsó como un virtuoso las hinchadas cuerdas del resentimiento alemán, y los nazis avanzaron a medida que el experimento democrático de Alemania perdía terreno. La República de Weimar, que desde su nacimiento cargaba con la ignominia de la derrota y el duro peso económico y psicológico del pacto de Versalles, atravesó a tropezones y con dificultades la década de 1920. Cuando en 1922 no satisfizo el pago de las reparaciones, Francia ocupó el Ruhr, el área donde se centraba el corazón de la industria alemana, lo que provocó una fantástica espiral de hiperinflación que virtualmente convirtió el Mark alemán en una moneda sin valor. Hitler aprovechó la ocasión para intentar un golpe en Múnich, el fallido Beer Hall Putsch, que le valió una sentencia de presión en la fortaleza de Landsberg. Liberado a fines de 1924, una vez más concentró su demoníaca energía en la construcción del partido nazi, que incluía a su guardaespaldas personales de élite, los Schutz Staffeln (SS), de camisa negra. En 1928 el partido decía tener más de cien mil afiliados y obtuvo 810.000 votos en las elecciones del Reichstag.

Luego se produjo la crisis económica mundial que comenzó en 1929, y con ella llegó la gran oportunidad de Hitler. Mientras el desempleo alemán alcanzaba los tres millones de personas en 1930, el número de afiliados al partido nazi se duplicó. En septiembre de ese año, cuando los alemanes fueron a las urnas, los nazis obtuvieron 6.400.000 votos. A partir de ese momento Hitler dirigía el partido más numeroso del Reichstag, con 107 escaños. Dos años más tarde consiguió 113 escaños más, y Hitler exigió que se le otorgara la cancillería. El 30 de enero de 1933, lo logró. Cinco semanas más tarde, Franklin D. Roosevelt asumió la presidencia de Estados Unidos.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s