Los invitados del jardín. Antonio Gala

El matrimonio tiene un enemigo grave: el amor ideal o el ideal previo al amor. Todos y todas queremos que nuestro cónyuge sea igual que el que habíamos soñado. Y lo estiramos o lo rebajamos para que logre tener la estatura que pensábamos. Por eso maltratamos y deformamos la realidad, que es el único que tenemos… Y cuando yo, como todos, supe que una cosa era la realidad y otra el deseo, me refugié en los dos burladeros que tenía más a mano: el sexo, que no sirve para mucho, que enmascara y lo que hace es aplazar si se acaba en sí mismo, y los hijos, que separan o unen, según se les reciba o se les tenga… 

Y otro día me pregunté de quién era la culpa. Dónde me había equivocado: en la educación de mis hijos; en haberlos preferido a mi marido o al contrario; en haberme caso hace ya tanto, en no saber retener lo que tuve o en no distinguirlo de lo que quizá no tuve; en conservar todavía una curiosidad, una expectativa, una pobre ambición que no era de dinero ni podía comprarse… Y ese día no me consolaron de mi soledad ni los éxitos de mi familia tan chica, que me rodeaba pero no me calentaba ni me acariciaba ni me sentía… Porque ya no era capaz, aunque me resistiese a reconocerlo, aunque me lo negara a mí misma, de evitar saberme infinitamente sola. Sola e irremediable, porque ya no me quedaba ánimo para recomenzar, a tientas, con nadie, el amargo proceso de la desilusión. 

Porque, en el fondo, la pena es siempre la misma: que todo se acaba mal, antes que la vida, una vez y otra vez. Mientras estuve enamorada fue igual que faquier. Pisé descalzas las ascuas del amor; me acosté en su cama de clavos, devoré sus antorchas. Y en apariencia salí ilesa… Ilesa y moribunda…

Cada ruptura es una liberación y un fracaso. Y yo no aspiraba ya a la ilusión, sino al compañerismo, a que nadie me hundiera súbitamente el mundo. Pero ni esa modesta decisión estuvo en mi poder. Alguien o algo lo ha decidido de antemano. No sé desde cuándo, quizá desde el principio. Todo se va gastando, en el germen, en la raíz, se desluce, se mustia… Hasta llegar a una conversación lúcida y helada en que, igual que si se tratase de una guerra remota o una mundo se desplomó… Ilesa y moribunda. Nada ha pasado. Sólo el tiempo y nosotros… Si en esas ruinas se hubiese encontrado mi cadáver, eso habría salido ganando. Lo pienso de verdad.

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