«¿Vamos hacia una depresión?» de Charles P. Kindleberger, en El orden económico internacional

He señalado que, antes de finalizar el año, los establecimientos financieros de Wall Street se hallarán sumergidos en el abatimiento. Las expectativas de que al final del ejercicio se repartan dividendos extraordinarios se han esfumado a causa de las pérdidas del último trimestre, algunos por especializarse en sus inversiones, otros por asegurar emisiones como la derivada de la privatización de la British Petroleum, en la que los bancos implicados en la misma formalizaron sus compromisos antes del 19 de octubre. Resultaron imprescindibles cierto número de fusiones para alejar el peligro de bancarrotas. E incluso establecimientos financieros sólidos abandonaron los planes de expansión forjados a lo largo de los dos últimos años, liquidando por completo departamentos y reduciendo la plantilla de sus empleados. Pero todo parece más bien síntoma de una recesión que de una depresión.

Una mayor sensación de dificultad, si no de enfermedad, emerge del ámbito de la puesta en circulación de deuda empresarial en el transcurso de los últimos años, bien para financiar ofertas públicas de compra de una compañía respecto a otra, algunas amigables, otras hostiles, o bien para prevenir y alejar el peligro de tales ofertas de carácter hostil a través de sobrepujar el precio de sus acciones y de generar deuda. Parte de la expansión registrada por el mercado bursátil de Nueva York entre 1982 y 1985 se debió a la sustitución de la negociación de acciones por las emisiones de deuda. El servicio de la deuda será una pesada carga para cierto número de empresas en los años venideros si la inflación es contenida mientras los tipos de interés permanecen muy elevados. Algunas empresas pueden quebrar. Un tema de debate en los círculos financieros es el relativo a si los elevados rendimientos de los llamados bonos <<basura>> -aquellos que constituyen una inversión que merece poca confianza- son los suficientemente crecidos como para obviar el riesgo de que se produzcan suspensiones de pago. No conozco suficientemente esta cuestión como para tener una opinión al respecto. Pero observo que el mercado evoluciona a la baja.

Pasemos a ocuparnos de la banca de crédito hipotecario: los establecimientos de ahorro del suroeste y de California se hallan en apuros a causa de sus inversiones en el sector de la construcción y de los préstamos hipotecarios levantados sobre edificios de oficinas y viviendas de lujo. Por otra parte, constructores dedicados a la edificación de viviendas de elevado coste con fines especulativos a lo largo de todo el país pueden experimentar dificultades para colocar los edificios construidos, y por efecto de ello también los bancos que han coadyuvado a financiar sus operaciones. Los establecimientos de ahorro que sobrecargaron sus carteras con préstamos hipotecarios antes de la subida experimentada por los tipos de interés en los años setenta han resultado especialmente afectados por problemas de desintermediación, cuando los impositores retiraron sus ahorros situados en depósitos a bajo interés para invertirlos en activos líquidos, certificados de depósito y embriagados por la euforia, hasta cierto punto en el mercado bursátil. El Federal Savings and Loan Insurance Corportation ha tenido que ampliar sus recursos mediante fondos facilitados por el Congreso a fin d epoder hacerse cargo de los depósitos subsistentes después de la penosa economía de dichos establecimientos. El Farm Loan Bank Agency necesitó, igualmente, una ampliación de capital.

Algunos observadores vaticinan la aparición de problemas por lo que respecta al crédito al consumo. La deuda derivada de los préstamos para el consumo ha crecido continuamente en el transcurso de los últimos años, y, en consecuencia, se ha mantenido constantemente elevada, y la insolvencia de los consumidores por efecto de su incapacidad para disponer de créditos más cuantiosos es creciente. La Tax Act de 1986 puso límites a la deducción de los intereses devengados por los créditos para el consumo de ingreso sujeto a tributación, pero ello no afectó a los créditos hipotecarios; algunos de estos solicitantes de crédito están pidiendo préstamos, aprovechando los efectos de la inflación, bajo la garantía de la diferencia entre el valor actual de la finca y la cantidad en que la misma se halla hipotecada – son las denominadas segundas hipotecas- para financiar la adquisión de bienes de consumo más que con propósitos de inversión. El continuo declive de la magnitud relativa del ahorro doméstico -en contraposición a lo que era de esperar desde la perspectiva de la teoría del lado de la oferta, en el sentido de que la reducción de impuestos en 1981 comportase un incremento del ahorro y un crecimiento acelerado de la inversión-, no augura nada bueno para la salud de la economía familiar.

El crac del mercado bursátil no es, en este contexto, un acontecimiento suficientemente importante para acarrear una seria depresión; la creciente desintermediación bancaria, para mencionar una de las muchas vertientes del sistema crediticio, no tiene por qué comportar efectos funestos y puede ser solventada. Las expectativas para el futuro dependen, sobre todo, de dos eventualidades: en primer lugar, que los inversores extranjeros no sólo dejen de invertir, sino que vendan sus dólares y sus inversiones en dólares, hasta el punto de que las autoridades monetarias se vean abocadas a la necesidad de aumentar, fuerte y repentinamente, las tasas de interés con objeto de atraer y mantener las inversiones extrajeras, lo que acarrearía serias repercusiones sobre los mercados de valores de renta fija y de crédito hipotecario; y en segundo lugar, que tal vez uno, o más probablemente dos, de los mercados crediticios especializados se precipiten hacia serios problemas conducentes a operaciones de salvamento por parte de las autoridades monetarias y fiscales, y que éstas se hallen en dificultades por falta de unas directrices tendentes a planificar una actuación apropiada al respecto, o por divisiones políticas que conduzcan a los gobernantes a un estado catatónico que los incapacite para desplegar una acción efectiva.

Una cuestión interesante es determinar si los mercados de mercancías, acciones, bonos <<basura>>, hipotecas en moneda extranjera y de crédito al consumo han de ser considerados de forma aislada y separadamente o interrelacionados entre sí. Ello plantea la siguiente cuestión: si la posibilidad de problemas en cualesquiera de estos mercados -que no fuera pronta y efectivamente atajada por efecto de la acción del prestamista de última instancia- fuera de 1 a 10, y el probema real se planteara a partir de la existencia de dos mercados colapsados por dificultades de desintermediación y por liquidaciones, dicho grado de probabilidad se vería multiplicado o sumado. (…) Mis lecturas de historia me sugieren que los mercados de crédito y de valores están íntimamente relacionados, y que, en el caso de que le problema real no sea prontamente atajado, la crisis podría generalizarse y posiblemente hacer añicos la red de seguridad que proporcionan los depósitos de seguros y de actuación del prestamista de última instancia.

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