Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental. Victor Davis Hanson

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LAS RAZONES DE LA VICTORIA DE OCCIDENTE

En las descripciones bélicas, los eufemismos o las omisiones del historiador militar pueden constituir una ofensa criminal. No es casualidad que los autores de talento que se han ocupado de las guerras -desde Homero, Tucídides, César, Víctor Hugo y León Tolstoi hasta Stephen Runciman, James Jones y Stephen Ambrose- equiparen las tácticas a la sangre, la estrategia a los cadáveres.

Porque se lo debemos a los muertos es preciso descubrir, cueste lo que cueste, de qué modo y por qué la práctica del gobierno, la ciencia, la ley y la religión determinan el destino de los miles de soldados que se dan cita en un campo de batalla. (…) En última instancia, la guerra consiste en matar. Su crónica resulta absurda cuando el historiador ignora o pasa por alto la trascendencia de las muertes que ocasiona.

La idea de estudiar algunas «batallas decisivas» elegidas de modo arbitrario ha caído en descrédito.

Las grandes batallas se estudiaban también por ser consideradas dignas de un análisis ético y moral. (…) Sin embargo, me propongo recuperar el decimonónico género de las grandes batallas debido a un propósito enteramente distinto al de revelar lo que sucedió en algunas horas decisivas de la historia o establecer algún postulado acerca de la gallardía de la guerra. Y es que en las batallas se produce también una suerte de cristalización cultural. En la batalla, los principios más sutiles y ocultos de una sociedad, que hasta el momento parecían o bien turbios o bien indefinidos, adquieren un carácter afilado y preciso y con una impiedad y resolución desconocidas se aplican a una sola finalidad: el asesinato organizado.

Ninguna tribu de indios americanos, ningún impi zulú podría haber reunido, asistido, armado -y hecho matar y reemplazado- a tantos cientos de miles de hombres para combatir durante meses y meses por una causa tan políticamente abstracta como la suerte de una nación Estado.

Incluso tras la caída del Imperio romano, Occidente, presuntamente atrasado y muy inferior a las culturas de China y el mundo islámico, conservó una fortaleza militar que ni por población ni por territorio parecían corresponderle. Durante la alta Edad Media, los bizantinos hicieron gala de una gran maestría en el empleo del «fuego griego», lo que permitió a sus flotas imponerse a escuadras islámicas numéricamente superiores; esto sucedió, por ejemplo, en el año 717 con la victoria de León III sobre la flota mucho mayor del califa Solimán. La invención de la ballesta (h. 850) -que podía fabricarse con mayor rapidez y a menor coste que los mortíferos arcos compuestos- permitió poner a disposición de miles de soldados relativamente poco entrenados un arma letal. Desde el siglo VI hasta el siglo XI, los bizantinos mantuvieron la influencia europea sobre Asia; tras el siglo X ningún ejército musulmán volvió a penetrar en Europa occidental; la Reconquista fue lenta pero firme y progresiva. En cierto sentido, por lo demás, la caída de Roma supuso la expansión de Occidente hacia el norte, puesto que las tribus germánicas comenzaron a establecerse, cristianizarse y occidentalizarse como no lo habían hecho hasta entonces.

Toda idea es en parte presa del tiempo y del lugar donde nace. Gran parte de la sociedad de la antigua Grecia nos parecería hoy extraña, si no sucia y vulgar, a la mayoría de los occidentales. De las polis jamás habría surgido una Declaración de Derechos, nosotros jamás pondríamos nuestras sentencias judiciales en manos del voto mayoritario de un jurado masivo que desconocía el derecho de apelación a un tribunal superior. En nuestro tiempo, Sócrates habría leído el decreto que le daba derecho a guardar silencio, habría apelado con asesoramiento legal gratuito, jamás habría declarado en su contra y, una vez, preso, habría salido en libertad con fianza y, tras el juicio, habría apelado la sentencia durante años. Por lo demás, su mensaje, que a los ojos de sus pares atenienses caía en el más puro radicalismo, nos parecería, por el contrario, una manifestación en extremo reaccionaria. La clave no está en mirar el pasado esperando ver el presente, sino en identificar en la historia, mirando a través del tiempo y del espacio, las semillas del cambio y de lo posible. En este sentido, Wall Street  está mucho más cerca del ágora que del palacio de Persépolis, y los tribunales atenienses no son más afines que las leyes dictadas por un faraón o un sultán.

«Ciudadano» es una palabra peculiar que tiene valor sobre todo en el vocabulario de las lenguas europeas. La infantería pesada es también un concepto sobre todo occidental, lo cual no puede sorprendernos si pensamos que las sociedades occidentales tienen en muy alta estima la propiedad privada y en ellas la tierra está en manos de un sector muy amplio de la comunidad. (…) Por el mismo motivo, los europeos han estado prestos a modificar tácticas, robar innovaciones extrajeras y tomar prestados los inventos de otros cuando, en el mercado de las ideas, sus propias tácticas y armas han demostrado su insuficiencia.

La doctrina bélica occidental es con frecuencia una extensión de la concepción política del Estado más que un mero esfuerzo por obtener territorios, riquezas o prestigio personal, o el cumplimiento de una venganza. (…) En resumidas cuentas, hace ya mucho tiempo que los occidentales consideran la guerra como un método para llevar a cabo lo que a la política le resulta imposible y por lo tanto, cuando recurren a ella, se decantan por aniquilar más que por frenar o humillar a quienquiera que se interponga en su camino.

Los especialistas pueden discutir la eficacia de las armas occidentales, el impresionante poder de los ejércitos de China o India, la ocasional masacre de las tropas coloniales europeas, pero en cualquier debate que se plantee deben tener presente que los soldados no europeos nunca atravesaron el océano para llegar a otros territorios, que tomaron prestada otra tecnología militar en vez de difundir la suya, que no colonizaron otros tres continentes y que, normalmente, combatieron a los europeos en suelo propio y no en Europa.

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