La psicología de la autoestima. Nathaniel Branden

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Capítulo 2

EL HOMBRE: UN SER VIVO

Se ha descrito correctamente a un organismo como aquello que no es un agregado, sino un integrado. Cuando un organismo deja de efectuar las acciones necesarias para mantener su integridad estructural, muere. La muerte es desintegración. Cuando acaba la vida del organismo, lo que queda no es más que una colección de compuestos químicos en descomposición.

Para todos los seres vivos, la acción es una necesidad de la supervivencia. La vida es movimiento, un proceso de acción que se continúa a sí misma y que un organismo debe desempeñar constantemente para seguir existiendo. Este principio es igualmente evidente en las sencillas conversiones de energía en una planta y en las actividades complejas y a gran escala del hombre. Desde el punto de vista biológico, la inactividad es la muerte.

Entre las diversas necesidades que los psicólogos han afirmado que se encuentran presentes en el ser humano, tenemos las siguientes: dominar a otras personas, someterse a un líder, negociar, apostar, obtener un prestigio social, desairar a alguien, ser hostil, ser poco convencional, ser conformista, desaprobarse a sí mismo, jactarse, asesinar, experimentar dolor.

Un deseo o anhelo no equivale a una necesidad. (…) Las necesidades deben ser objetivamente demostrables.

Esta teoría representa un extremo de lo que puede suceder cuando los psicólogos se permiten especular sobre necesidades mientras ignoran el contexto en el que nace este concepto, y el estándar según el cual establecer tales necesidades.

Una necesidad es aquello que el organismo requiere para su supervivencia; la consecuencia de frustrar una necesidad es el dolor y/o la muerte; (…) El concepto de necesidad biológica sólo puede tener sentido si tomamos como premisa la vida como meta final.

Partir de la observación de que todos los seres vivos mueren para llegar a la conclusión de que dentro de cada célula del cuerpo humano existe una <<voluntad de morir>> supone un grotesco antropomorfismo. Y hablar de que un organismo necesita <<regresar>> a la condición inorgánica, <<restablecer un estado de cosas que fue interrumpido por la emergencia de la vida>>, implica caer en la violación más burda de la lógica: un organismo no existe antes de existir; no puede <<regresar>> a la no existencia; no se puede ver <<interrumpido>> por la aparición de la vida. Más allá del principio del placer, la monografía en la que Freud expone su teoría sobre el instinto de muerte, es, sin duda alguna, una de las obras más vergonzosas dentro de la literatura psicológica.

El tan extendido fenómeno de la enfermedad mental constituye la evidencia tanto de la existencia de necesidades (que se ven frustradas) como del fracaso de la psicología a la hora de comprender la naturaleza de éstas.

La proyección conductista del hombre como una máquina de estímulo-respuesta es una de las versiones de este intento. La proyección del hombre como un robot consciente, activado por instintos, es otra versión.

La función que cumplía el concepto de <<demonio>> para el salvaje primitivo, y la que cumple el de <<Dios>> para el teólogo, es la que cumple para muchos psicólogos el concepto de <<instinto>>; un término que no denota nada inteligible desde el punto de vista científico, mientras crea la ilusión de una comprensión causal. Aquello que un salvaje no comprendía, lo <<explicaba>> mediante un demonio; lo que un teólogo no logra comprender, lo <<explica>> mediante Dios; lo que no logran entender muchos psicólogos, lo <<explican>> mediante los instintos.

<<Instinto>> es un concepto acuñado para salvar el vacío entre las necesidades y las metas, eludiendo la facultad cognitiva (es decir, el razonamiento y aprendizaje) del hombre. Como tal, representa uno de los intentos más desastrosos y estériles de solventar el problema de la motivación.

La teoría de los instintos disfrutó de una enorme popularidad durante los siglos XVIII y XIX, y en los primeros años del XX. Aunque su influencia ha ido desapareciendo durante las últimas décadas, sigue constituyendo una columna central de la escuela freudiana (ortodoxa) del psicoanálisis.

Un reflejo es un fenómeno neurofísico específico y definible, cuya existencia es empíricamente demostrable; no es un cajón de sastre para todo comportamiento ininteligible.

Explicar las acciones del hombre en términos de <<instintos>> indefinibles no contribuye en nada al conocimiento humano: supone meramente confesar que no sabemos por qué el hombre actúa como lo hace.

El hombre no obtiene comida, cobijo o ropa <<por instinto>>. Elaborar los alimentos, construir un cobijo, tejer ropas, son cosas que requieren conciencia, elección, discriminación, juicio. El cuerpo humano no tiene el poder de perseguir esas metas por propia voluntad, no tiene el poder de reordenar voluntariamente los elementos de la naturaleza, de dotar de nueva forma a la materia, independientemente de su conciencia, conocimiento y valores.

El ser humano debe descubrir las acciones que le exige realizar su vida: no tiene un <<instinto de conservación>>. No fueron instintos los que le capacitaron para hacer fuego, para construir puentes, para practicar la cirugía, para diseñar un telescopio: fue su capacidad de pensar. Y si un hombre elige no pensar, si opta por arriesgar su vida en peligros sin sentido, si cierra sus ojos antes de abrir su mente ala vista de cualquier problema, busca una escapatoria de su responsabilidad de razonar por medio del alcohol o las drogas, actúa con una actitud de obcecado desafío a su propio y objetivo interés… entonces carece de todo instinto que fuerce a su mente a funcionar, que le motive a valorar su vida lo suficiente como para pensar y actuar de la forma que ésta le exige.

Las prácticas flagrantemente autodestructivas en que se involucran tantas personas (y el proceso suicida que caracteriza a gran parte de la historia humana) son una elocuente refutación y una burla de la pretensión de que el hombre posee un instinto de conservación de su persona.

La teoría de los instintos propugna, de esta forma, una resurrección de la doctrina de las ideas innatas, que ha quedado tan desacreditada a manos de la filosofía y la biología, que la consideran una herencia del misticismo.

La mitología del instinto resulta desastrosa para la teoría científica, porque, al ofrecer una pseudoexplicación, interrumpe cualquier investigación posterior, y constituye un obstáculo para una comprensión genuina de las causas de la conducta humana. Habría que descartarlo como la última convulsión agónica de la demonología medieval.

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