En el túnel un pájaro. Paloma Pedrero

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PRIMERA ESCENA

ENRIQUE.- No cante victoria, caballero. El destino es implacable con los imbéciles. También con los otros, no se preocupe.

(…)

ENRIQUE.- ¿Y está viva?. No tiene edad para estar viva. Dígale de mi parte que le recomiendo que se muera. Este mundo es cruel con los viejos.

ARTURO.- ¿Quiere usted conocerla? Ella está ansiosa por abrazarlo.

ENRIQUE.- ¿Abrazarme a mí? A mí no me abraza nadie. Qué horror…, a estas alturas. Verá, joven, llevo veinte años viviendo sin abrazos y sigo aquí. No quiero exponerme a ningún contagio.

(…)

ENRIQUE.- ¿En televisión? Los actores de televisión son cartón-piedra. Pichones mariquitas. Detesto la televisión, esa caja en la que se compite por el más idiota de todos. ¡Dónde esté la grandeza del escenario…! La televisión nos robó el público. Una limpieza étnica, es verdad, nos limpió de débiles mentales, de frívolos, de resignados… ¡Qué desastre, eran tantos… que se nos vaciaron los teatros! Me voy a ver a la gata negra.

(…)

ARTURO.- (Decidido) Yo soy actor de teatro.

ENRIQUE.- Infeliz, te morirás de hambre.

(…)

ENRIQUE.- ¿Ese cabroncete? No lo hará. Te embaucará, te hará esperar, te meterá mano en su Mercedes blanco, pero no producirá la obra. Busca otro. ¿Quién manda ahora? ¿Quién está en el poder?

ARTURO.- La derecha, don Enrique.

ENRIQUE.- ¿La derecha? Pues acuéstate con ellos. A la derecha siempre le ha ido el puterío.

MARGARITA.- Pues anda que a la izquierda…

(…)

ARTURO.- «Quiero salir, madre, y saldré. ¿No creéis que habrán de dejarme ir?»

MARGARITA.- «¿Dejarte ir? ¿Quién habrá de dejarte ir?»

ARTURO.- «Nuestros hermanos los Calzados…»

MARGARITA.- «Bobito, bobito, deja de decir bernardinas, que bien sabes que éstos no te han de dejar escapar, sino para ir al camposanto…»

ARTURO.- «Hágase la voluntad del Señor que está en los cielos…»

MARGARITA.- «Hágase siempre, amén. En eso ya estamos, bobito. Pero en tanto el Señor no dispone, menester será que nosotros proveamos por cuenta nuestra, y has de salir de aquí cuanto antes…»

(…)

ENRIQUE.- Si no fuera por esta puñetera calvicie. No me diga que no es una canallada esto de perder pelo.

MARGARITA.- Bueno, don Enrique, alguna putadita les tenía que ocurrir a los hombres.

ENRIQUE.- Ser hombres, insensata. ¿Te parece poco?

MARGARITA.- No tienen la regla, no paren, no les duelen las entrañas, tienen el poder y encima quieren el pelo.

(…)

ENRIQUE.- (Haciendo un paso de baile) No crea, sólo a veces. Pero esto no es por viejo, qué va. Toda mi vida he sido igual. Lúcido a veces. (Hace otro paso de baile) ¿Ve? Y otras abotargado, oscuro, seco y tonto. Y he escrito mucho estando seco y tonto. Y no sabe usted lo que es tener que escribir estando seco y tonto. Seco y tonto, y la obra esperando tu aliento creador; seco y tonto, y el periódico aguardando tus brillantes opiniones; seco y tonto, y la sala atenta a tu conferencia sabia. Seco y tonto, y venga a escribir, muriéndote, sabiendo que por mucho papel de seda que le pongas lo que hay dentro es nada. No hay nada. Menos mal que hay tanto seco y tonto por el mundo que no distingue. ¿Tiene usted alma?

ARTURO.- Espero que sí.

ENRIQUE.- ¿En activo?

ARTURO.- En activo.

ENRIQUE.- Lo dudo, caballero, pero le concederé ese privilegio. Entonces si tiene conciencia, ¿por qué se dedica a buscar infelices?

ARTURO.- Hay personas que necesitan que las busquen. No todos los casos son iguales, pero hay mucha gente que se quiere encontrar…

ENRIQUE.- ¿Usted lo cree realmente? Mire, joven, si gente que ha estado toda la vida cerca no se quiere, ¿cómo demonios se van a querer los que ni siquiera se conocen?

ARTURO.- Seguramente por eso.

ENRIQUE.- Muy astuto. Pues no les joda, deje a los otros vivir con su fantasía.

ARTURO.- ¿Sabía usted que era un hijo adoptado?

ENRIQUE.- Yo no creo en la sangre, ¿sabe? La sangre es una substancia sin corazón.

ARTURO.- Pero usted sí tiene corazón.

ENRIQUE.- Usted qué sabe.

ARTURO.-  No hay escritores sin corazón.

ENRIQUE.- (Riéndose) Así, joven, así. El corazón no está de moda. Es decadente, de mujercitas… Si este puto mundo valorara la integridad de ese órgano, el poder estaría en manos de las hembras. De la mujer original. Hoy, como ayer, lo que sigue mandando es la fuerza y, en todo caso, la violencia intelectual, que es lo mismo. (…)

ARTURO.- Oiga, yo respeto sus opiniones pero no pienso como usted. Yo entiendo el asunto de otra manera. Tengo otra filosofía.

ENRIQUE.- Usted cobra, amigo. Ahí no cabe la filosofía.

SEGUNDA ESCENA

(…)

MARGARITA.- Los muertos no tienen cuenta corriente.

ENRIQUE.- ¿Y eso quién lo ha dicho?. Yo quiero ver crecer mi cuenta alguna vez en la vida. Aunque esté muerto.

CUARTA ESCENA

(…)

ENRIQUE.- Así no se me olvidará… Si no puedo tenerla en la cabeza la tendré en la máquina. Eso, eso es lo que han hecho las máquinas con el hombre, Margarita, nos han sustituido, nos han robado la memoria. (…)

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