Las trampas del deseo. Dan Ariely

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La falacia de la oferta y la demanda

Por qué el precio de las perlas -y de todo lo demás- está por las nubes

 … Mark Twain en cierta ocasión aludiendo a Tom Sawyer: <<Tom había descubierto una gran ley de la acción humana, a saber, que para hacer que un hombre codicie algo, basta con hacer que resulte difícil de obtener>>.

 Hace unas décadas, el naturalista Konrad Lorenz descubrió que los ansarinos, al salir del huevo, se apegan al primer objeto en movimiento con el que se encuentran (que en general suele ser su madre). (…) Lorenz denominó a este fenómeno natural impronta.

La existencia de la de lo que nosotros denominábamos la coherencia arbitraria. La idea básica de la coherencia arbitraria es ésta: aunque los precios iniciales sean <<arbitrarios>>, una vez que dichos precios se hayan establecido en nuestra mente configurarán no sólo los precios actuales, sino también los futuros (y eso es lo que los hace <<coherentes>>)

Lo significativo de este hecho es que, una vez que los participantes estaban dispuestos a pagar un determinado precio por un producto, su predisposición a pagar por otros artículos de la misma categoría resultaba estar en relación con aquel primer precio (es decir, el ancla).

Obviamente, Mark Twain lelgó a las mismas conclusiones: <<Si Tom hubiera sido un filósofo grande y sabio como el autor de este libro, habría comprendido que el trabajo es aquello que uno está obligado a hacer, y el juego es aquello que uno no está obligado a hacer>>.

Decía Sócrates que una vida sin cuestionamientos, sin hacerse preguntas, no merece la pena vivirse. Quizá sea el momento de hacer inventario de las improntas y las anclas de nuestra propia vida.

En primer lugar, y según el marco de la economía estándar, la predisposición a pagar de los consumidores es uno de los dos factores que determina los precios de mercado (esto es, la demanda). Sin embargo, tal y como demuestran nuestros experimentos, la cuantía que los consumidores están dispuestos a pagar puede manipularse fácilmente, y ello significa que, en realidad, los consumidores no tienen la sartén por el mango ni en cuanto a sus propias referencias ni en cuanto a los precios que están dispuestos a pagar por los distintos bienes y experiencias.

En segundo término, mientras que el marco de la economía estándar presupone que las fuerzas de la oferta y la demanda son independientes, el tipo de manipulaciones de anclaje que hemos demostrado aquí sugiere que en realidad son dependientes. En el mundo real, el anclaje proviene de los denominados <<precios de venta recomendados por el fabricante>> (PVRF), precios publicitarios, promociones, presentaciones de productos, etc., todo lo cual constituyen variables de la oferta. Parece ser, pues, que en lugar de ser la predisposición a pagar de los consumidores la qiue influye en los precios de mercado, la causalidad se invierte de algún modo y son los propios precios de mercado los que influyen en la predisposición a pagar de los consumidores. Lo que significa es que, en realidad, la demanda no es una fuerza completamente independiente de la oferta.

Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Alfonso Lazo

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Franquismo y fascismo

Hace algunos años, un prestigioso historiador norteamericano, buen hispanista y que no conoce mal nuestro país, Gabriel Jackson, escribió un artículo de prensa donde hablaba de los años de la Guerra Fría y del papel jugado en ella por Franco. Decía el historiador que a mediados de los años cincuenta, el Gobierno de Estados Unidos, en su enfrentamiento con la Rusia Soviética, se había apoyado en dictaduras fascistas como la del general Franco, repartidas por todo el mundo. Sin duda Jackson, lo acabamos de decir, es un excelente estudioso; pero no es un especialista en el análisis de los fascismo europeos. De ahí el error que cometía con semejante afirmación. Es cierto que el Gobierno americano se apoyó, para enfrentar el poder ruso, en innumerables dictaduras de derechas; sin embargo, a mediados de los años cincuenta, no existía ni una sola dictadura fascista en todo el mundo; y, por supuesto, el régimen del general Franco de aquellas fechas no era un fascismo.

El régimen de Franco era dictatorial, reaccionario, clerical y militar; pero no fascista, aunque una de sus familias, la Falange, sí lo fue. Es posible que quepa calificar de fascista al primer franquismo; esto es, a los años que median entre 1936 y el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

El origen de la confusión está sin duda en que en nuestros días es costumbre llamar fascismo a cualquier cosa que revista un carácter autoritario, no democrático y que pueda ser considerado de derechas. Una confusión, a su vez, que tiene su origen en la misma dificultad que existe para hacer un retrato detallado y realista del fascismo.

De modo que la verdadera naturaleza de todo fascismo -no sólo del fascismo italiano- consistió en un intento, convertido en aberrante, de frenar lo que se percibía como la decadencia de Europa; y ese intento de frenar la decadencia fue también acompañado de otros intentos, que también se convirtieron en aberrantes, de devolver a la propia nación su antigua dignidad perdida. No olvidemos que, inmediatamente después de la Gran Guerra, el libro de Spengler, La decadencia de Occidente, a pesar de los voluminoso y la complejidad de su contenido, se convirtió en un verdadero bestseller del que se hicieron múltiples ediciones en todas las lenguas europeas. Y es que en el período de Entreguerras (1918-1939) amplísimas capas de población estaban convencidas de que Europa había entrado en una etapa decadente. Y que esa Europa decadente se encontraba, por lo mismo, indefensa frente a tres amenazas: la amenaza bolchevique, que a través de la Tercera Internacional buscaba extender la revolución comunista a todo el mundo; la amenaza del capitalismo materialista, que acababa con los valores espirituales y la amenaza de la anarquía social dentro de las naciones.

Así, los fascismos fueron vistos por muchos como los únicos movimientos políticos capaces de detener la ruina, al ser, según su propia propaganda, antibolcheviques, anticapitalistas, antimaterialistas y antidemócratas; y cuyo instrumento era el Estado totalitario, supuestamente eficaz frente a la inoperancia del liberalismo parlamentario y económico que fomentaba la lucha entre clases y partidos.

…la gente que en el período de Entreguerras pensaba que Europa zozobraba en un magma de decadencia, creía también que una prueba de esa decadencia era el pacifismo, muy activo después de los horrores de la guerra de 1914. Pero el discurso fascista identificó pacifismo y cobardía y, en consecuencia, convirtió la violencia en una valor en sí. (…) No, el fascismo, conscientemente, colocó la práctica de la violencia en el centro de su discurso teórico y de su actividad política. Una violencia muy distinta a la derecha reaccionaria que intentaba siempre disimular y ocultar sus actos violentos. Los fascistas, en cambio, los exhibían como timbre de virilidad, valentía y honor.

Las huelgas, las manifestaciones obreras en la calle, los choques con la policía, las ocupaciones de fábricas o de tierras por los campesinos pobres eran hechos interpretados como avanzadillas de la revolución socialista. Estaba en los genes históricos -podríamos decir- de la derecha autoritaria y reaccionaria temer a las masas. Un pensador español, Ramiro de Maetzu, cabeza de fila del ultraconservadurismo patrio, aseguraba en 1935 y en el diario conservador ABC que las masas debían dedicarse sólo al trabajo, permanecer en sus hogares y no hacer política; política que sería un monopolio de la aristocracia de la sangre y de la inteligencia. Los fascistas, por contra, no temían a las muchedumbres. Las invocaban, las concentraban y las movilizaban continuamente.

Para la mentalidad reaccionaria el líder y el pueblo eran cosas bien diferentes: el poder venía directamente de Dios que lo entregaba al líder, y la muchedumbre, en consecuencia, no sólo no tenía nada que decir, sino que resultaba un grave peligro cuando pretendía decir algo. (…) La autoimagen del jefe fascista era muy distinta: un joven lobo, surgido del mismo pueblo gracias a sus cualidades personales, que gobierna revolucionariamente de acuerdo con su propia voluntad, y cuyo poder se legitima por la permanente aclamación de la multitud. El escritor alemán Ernst Jünger, sin duda un reaccionario pero en absoluto un fascista, llamaba al régimen hitleriano el «Demos plebiscitario», es decir, la democracia directa.

Masas fanatizadas y concentradas en estadios y plazas como forma de legitimación fascista; pero también gente manifestándose vestida de uniforme y tremolando estandartes y banderas a fin de reclamar un imperio al que se creía tener derecho.

No existe fascismo sin reivindicación imperial.

Así, Hitler tuvo siempre en mente la ocupación de tierras en el Este de Europa. En sus conversaciones privadas con los más íntimos, al Führer le gustaba comparar el supuesto derecho que tenía Alemania de apoderarse de territorios de pueblos eslavos -que él estimaba racialmente inferiores- con el derecho histórico que habían tenido los americanos de Estados Unidos para ocupar tierras indias.

Menos brutal, aunque no menos expansivo, fue el sueño imperial mussoliniano. El Duce quiso restaurar el antiguo mare nostrum cuyo centro volvería a ser Roma.

Hubo incluso fascismo menores que aspiraron a imperios extravagantes. La Guardia de Hierro rumana, que veía Rumania como una isla latina en medio de un mar eslavo, deseaba dominar los pueblos que la rodeaban. Mientras en Bélgica, el Partido Rexista de Leon Degrelle quería resucitar nada menos que el antiguo Estado de Borgoña…

También la Falange tuvo su mito imperial. Mientras vivió Jose Antonio Primo de Rivera, éste creyó que alguna vez sería posible la unión de España y Portugal con todas las colonias lusas. (…) Luego desaparecido Jose Antonio, y durante los primeros años de la Guerra Mundial que sólo conocieron victorias alemanas, la Falange, aprovechando su amistad con la Alemania nacionalsocialista vencedora, reclamó como imperio todo el Norte de África perteneciente a Francia, lo que ella llamaba el antiguo imperio africano de Carlos V.

«Somos revolucionarios», «vamos a hacer la revolución» se insiste una y otra vez. Mientras para el pensamiento reaccionario la palabra y el concepto de revolución son abominables, el fascismo dice tener como objetivo la «revolución nacional». De ahí viene, en primer lugar, que los fascistas se calificasen a sí mismos como «antiburgueses». Ahora bien, para tal ideología, «burgués» (…) estilo de vida. Burgués era quien rehuía la vida heroica, quien abominaba de la violencia y, en suma, no admiraba la forma de vida militar.

…, en el discurso de todo fascismo hubo una proclamación anticapitalista; no anticapitalismo en el sentido de desaparición de la propiedad privada que el fascismo respetaba al ultranza, sino de desaparición del mercado libre y del liberalismo económico. (…) En él, el Estado controla y dirige la vida económica: fija los precios de los productos, obliga a las empresas a entregar al Gobierno determinadas mercancías e, incluso, señala a los empresarios el tipo de productos que éstos deben poner en el mercado, lo que se distancia de la libertad económica que suele ser el elemento característico y distintivo de una dictadura de derechas clásica.

… no nos puede llevar a olvidar de que los partidos fascistas de Europa llegaron al poder asociados con los reaccionarios.

Cuando, por ejemplo, en 1933, después de haber ganado unas elecciones por mayoría relativa, el presidente Hindenburg encargó a Hitler formar gobierno, su primer gabinete tuvo muchos más ministros reaccionarios que ministros nazis.

En el túnel un pájaro. Paloma Pedrero

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PRIMERA ESCENA

ENRIQUE.- No cante victoria, caballero. El destino es implacable con los imbéciles. También con los otros, no se preocupe.

(…)

ENRIQUE.- ¿Y está viva?. No tiene edad para estar viva. Dígale de mi parte que le recomiendo que se muera. Este mundo es cruel con los viejos.

ARTURO.- ¿Quiere usted conocerla? Ella está ansiosa por abrazarlo.

ENRIQUE.- ¿Abrazarme a mí? A mí no me abraza nadie. Qué horror…, a estas alturas. Verá, joven, llevo veinte años viviendo sin abrazos y sigo aquí. No quiero exponerme a ningún contagio.

(…)

ENRIQUE.- ¿En televisión? Los actores de televisión son cartón-piedra. Pichones mariquitas. Detesto la televisión, esa caja en la que se compite por el más idiota de todos. ¡Dónde esté la grandeza del escenario…! La televisión nos robó el público. Una limpieza étnica, es verdad, nos limpió de débiles mentales, de frívolos, de resignados… ¡Qué desastre, eran tantos… que se nos vaciaron los teatros! Me voy a ver a la gata negra.

(…)

ARTURO.- (Decidido) Yo soy actor de teatro.

ENRIQUE.- Infeliz, te morirás de hambre.

(…)

ENRIQUE.- ¿Ese cabroncete? No lo hará. Te embaucará, te hará esperar, te meterá mano en su Mercedes blanco, pero no producirá la obra. Busca otro. ¿Quién manda ahora? ¿Quién está en el poder?

ARTURO.- La derecha, don Enrique.

ENRIQUE.- ¿La derecha? Pues acuéstate con ellos. A la derecha siempre le ha ido el puterío.

MARGARITA.- Pues anda que a la izquierda…

(…)

ARTURO.- «Quiero salir, madre, y saldré. ¿No creéis que habrán de dejarme ir?»

MARGARITA.- «¿Dejarte ir? ¿Quién habrá de dejarte ir?»

ARTURO.- «Nuestros hermanos los Calzados…»

MARGARITA.- «Bobito, bobito, deja de decir bernardinas, que bien sabes que éstos no te han de dejar escapar, sino para ir al camposanto…»

ARTURO.- «Hágase la voluntad del Señor que está en los cielos…»

MARGARITA.- «Hágase siempre, amén. En eso ya estamos, bobito. Pero en tanto el Señor no dispone, menester será que nosotros proveamos por cuenta nuestra, y has de salir de aquí cuanto antes…»

(…)

ENRIQUE.- Si no fuera por esta puñetera calvicie. No me diga que no es una canallada esto de perder pelo.

MARGARITA.- Bueno, don Enrique, alguna putadita les tenía que ocurrir a los hombres.

ENRIQUE.- Ser hombres, insensata. ¿Te parece poco?

MARGARITA.- No tienen la regla, no paren, no les duelen las entrañas, tienen el poder y encima quieren el pelo.

(…)

ENRIQUE.- (Haciendo un paso de baile) No crea, sólo a veces. Pero esto no es por viejo, qué va. Toda mi vida he sido igual. Lúcido a veces. (Hace otro paso de baile) ¿Ve? Y otras abotargado, oscuro, seco y tonto. Y he escrito mucho estando seco y tonto. Y no sabe usted lo que es tener que escribir estando seco y tonto. Seco y tonto, y la obra esperando tu aliento creador; seco y tonto, y el periódico aguardando tus brillantes opiniones; seco y tonto, y la sala atenta a tu conferencia sabia. Seco y tonto, y venga a escribir, muriéndote, sabiendo que por mucho papel de seda que le pongas lo que hay dentro es nada. No hay nada. Menos mal que hay tanto seco y tonto por el mundo que no distingue. ¿Tiene usted alma?

ARTURO.- Espero que sí.

ENRIQUE.- ¿En activo?

ARTURO.- En activo.

ENRIQUE.- Lo dudo, caballero, pero le concederé ese privilegio. Entonces si tiene conciencia, ¿por qué se dedica a buscar infelices?

ARTURO.- Hay personas que necesitan que las busquen. No todos los casos son iguales, pero hay mucha gente que se quiere encontrar…

ENRIQUE.- ¿Usted lo cree realmente? Mire, joven, si gente que ha estado toda la vida cerca no se quiere, ¿cómo demonios se van a querer los que ni siquiera se conocen?

ARTURO.- Seguramente por eso.

ENRIQUE.- Muy astuto. Pues no les joda, deje a los otros vivir con su fantasía.

ARTURO.- ¿Sabía usted que era un hijo adoptado?

ENRIQUE.- Yo no creo en la sangre, ¿sabe? La sangre es una substancia sin corazón.

ARTURO.- Pero usted sí tiene corazón.

ENRIQUE.- Usted qué sabe.

ARTURO.-  No hay escritores sin corazón.

ENRIQUE.- (Riéndose) Así, joven, así. El corazón no está de moda. Es decadente, de mujercitas… Si este puto mundo valorara la integridad de ese órgano, el poder estaría en manos de las hembras. De la mujer original. Hoy, como ayer, lo que sigue mandando es la fuerza y, en todo caso, la violencia intelectual, que es lo mismo. (…)

ARTURO.- Oiga, yo respeto sus opiniones pero no pienso como usted. Yo entiendo el asunto de otra manera. Tengo otra filosofía.

ENRIQUE.- Usted cobra, amigo. Ahí no cabe la filosofía.

SEGUNDA ESCENA

(…)

MARGARITA.- Los muertos no tienen cuenta corriente.

ENRIQUE.- ¿Y eso quién lo ha dicho?. Yo quiero ver crecer mi cuenta alguna vez en la vida. Aunque esté muerto.

CUARTA ESCENA

(…)

ENRIQUE.- Así no se me olvidará… Si no puedo tenerla en la cabeza la tendré en la máquina. Eso, eso es lo que han hecho las máquinas con el hombre, Margarita, nos han sustituido, nos han robado la memoria. (…)

Madrid y sus anhelos urbanísticos. Memorias inéditas de Secundino Zuazo, 1919-1940

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INTRODUCCIÓN

Carlos Sambricio

Palacios usaba el lápiz y yo la goma. (…) Palacios proyectaba con un 4B y a escala 1:500 y yo lo hacía con 2H y a escala 1:50

Frente a esta primera actividad, en 1920 Zuazo realizó dos viajes fuera de España que dejaron profunda huella en su modo de valorar la ciudad; el primero de ellos, con motivo de su viaje de bodas, le permitió conocer París, quedando impactado menos por su arquitectura que por las intervenciones llevadas a cabo por Haussmann, valorando de qué forma la construcción de la ciudad por el privado caracterizó un nuevo modelo de gestión. El segundo viaje, en 1920, lo realizó a Londres para asistir al Congreso Interaliado sobre Habitación y Ciudad.

El Congreso de Londres de 1920 se convocó para estudiar las políticas que los gobiernos debían seguir sobre los temas señalados. Después de seis días de debates se estableció, a modo de conclusiones, un plan sobre el acceso a la vivienda en el que se fijaban las responsabilidades del Estado, las del sector privado y las de los gobiernos locales. (…) Se abría con ello el debate entre los partidarios de un urbanismo liberal y quienes defendían que la intervención en la ciudad -tanto las reformas interiores como la construcción de viviendas sociales- fuese competencia de los poderes públicos. Aquellos temas, que preocupaban a la Europa destruida tras la guerra, eran igualmente trascendentes en una España que intentaba aprovechar la bonanza económica de la neutralidad para industrializar sus ciudades; por ello, el tema del congreso interesó tanto a los ayuntamientos de las grandes ciudades españolas como al Instituto de Reformas Sociales, que en ese momento preparaba una nueva Ley de Casas Baratas.

Para los españoles presente en el Congreso el tema de mayor interés -dado el cambio que se preveía en la Ley de Casas Baratas- fue la discusión sobre si la construcción de viviendas económicas era competencia del Estado, de los municipios o responsabilidad del sector privado.

El Congreso de Londres supuso un quiebro, tanto en Barcelona como Bilbao o Madrid, en la forma de valorar la ciudad. En Madrid, la situación en 1920 era compleja para quienes se enfrentaban al problema de la vivienda obrera, puesto que la casi totalidad del suelo no ocupado del ensanche pertenecía a propietarios cuya práctica era retener el mismo, sacándolo al mercado con cuentagotas. Ante tal actitud, la fuerte demanda provocó que su precio se incrementase, en sólo quince años, en más del 450%. Y quienes pensaban que la solución era crear suelo reclamaron la anexión de Fuencarral y Vicálvaro. (…), Zuazo entendió que la construcción de la ciudad debía ser competencia del sector privado. (…) y sólo así se comprende que, a su vuelta a España, figure como técnico de la contrata de la Gran Vía.

Para aquel Zuazo, el tema de interés era profundizar en los mecanismos de gestión de la ciudad, mientras que la arquitectura desarrollada tras la Gran Guerra por la joven vanguardia le era por completo indiferente; y es en este punto cuando es necesario destacar el hecho de que, desde 1919, Zuazo era el técnico responsable en la concesión del segundo tramo de la Gran Vía madrileña.

Entiendo que si la figura de Zuazo se estudia desde los proyectos arquitectónicos por él concebidos entre 1919 y 1936, existen evidentes saltos y contradicciones.

La Gran Vía madrileña era, en aquellos momentos, el paradigma de la intervención del sector privado en la construcción de la ciudad. (…) Mariano Belmás censuró en 1893 la pasividad de un Ayuntamiento incapaz de afrontar temas tales como la construcción de un ferrocarril de circunvalación propuesto por Arturo Soria, la instalación de líneas telefónicas o la apertura de la Gran Vía. Denunciaba la pasividad existente apuntando que, de haberse permitido al sector privado llevar a término estos proyectos, no sólo la ciudad se hubiera beneficiado con estas mejoras, sino que las mismas habrían dado trabajo a miles de obreros. La opinión de Belmás reflejaba una corriente de opinión, y sólo dos años más tarde – en marzo de 1895- el Gobierno de Cánovas del Castillo aprobaba la Ley de Reforma Interior y Saneamiento de Poblaciones, que, apoyándose en la Ley de Expropiaciones de 1876, establecía las pautas de urbanismo que facultaba al capital inmobiliario a intervenir en la ciudad, trazar reformas interiores, expropiar los solares por donde llevar las nuevas vías, reparcelar, proceder a los derribos y, finalmente, edificar las construcciones proyectadas. Aparecía una nueva figura, la del «concesionario», y la norma de 1895 otorgó a éste no sólo capacidad jurídica para marcar y delimitar parcelas, sino que le permitió expropiar una banda máxima de veinte metros a cada lado de la nueva vía.

El proyecto de Gran Vía presentado en 1898 por Carlos Velasco, y modificado y reformado por López Salaberry y Octavio Palacios, fue aprobado en 1901, dividiéndose -con vistas a su realización- la misma en tres tramos. El primero se iniciaba en las inmediaciones de la iglesia de San José, en la calle de Alcalá, terminando en la confluencia de Hortaleza y Fuencarral con Montera; el siguiente tramo arrancaba de este punto y alcanzaba las inmediaciones de la calle de San Marcos. (…) Son conocidos los grandes frutos obtenidos por los empresarios bilbaínos durante la guerra, y por ello no debe extrañar que el presidente de la Cámara de Comercio de Bilbao, Horacio Echevarrieta, decidiera convertirse en el concesionario del segundo tramo de la Gran Vía madrileña, contando para ello con la colaboración técnica de un arquitecto bilbaíno -afincado en Madrid- como era Secundino Zuazo.

…Zuazo decidió abandonar la dirección de las obras; tras negociar con Echevarrieta el pago de las cantidades correspondientes, obtuvo de éste la cesión de un solar en la esquina de la calle Abada con Gran Vía. Y aprovechando cuanto había aprendido de la Ley de 1895, decidió ser promotor de sí mismo, construyendo en dicho suelo el cine que conocemos como Palacio de la Música. (…) desde 1919 Zuazo había constituido con Mañas una Sociedad de Estudios cuyos primeros trabajos fueron el Anteproyecto de la reforma viaria parcial del interior y Ensanche de la ciudad de Sevilla, presentado en dicho año, y el Proyecto de Reforma Interior de Bilbao, presentado en Bilbao un año más tarde.

Dejó de ser «aquél que está a la espera del posible cliente con un posible encargo» para convertirse en un técnico en contacto con grupos inmobiliarios -con la banca española o incluso con la banca extranjera-, capaz de encauzar inversiones hacia determinadas propuestas urbanístico-arquitectónicas, aprovechando las posibilidades abiertas por la normativa.

Surgió una iniciática leyenda sobre la figura de Zuazo (una leyenda negativa) al considerar muchos que el purismo del artista era contrario a la labor desarrollada por un técnico con la capacidad gestora y empresarial necesaria para llevar a término el mismo. (…) a su condición de empresario liberal, ocultando su faceta de hombre de negocios presente en diferentes Consejos de Administración o, incluso, presidente de distintas inmobiliarias. No se ha comentado que la Casa de las Flores fue llevada a término por una sociedad inmobiliaria de la que Zuazo era el presidente del Consejo de Administración, ni se han estudiado cuáles fueron las compensaciones que el Zuazo empresario solicitó del Ayuntamiento como compensación por la ejecución de la prolongación de la Castellana. No se ha estudiado tampoco en qué manera intervino en el proyecto de Zaragoza, ni se ha mencionado su participación económica en la propiedad del Frontón Recoletos -lo que permitiría comprender su relación con Torroja-, ni jamás se ha hecho mención a las empresas inmobiliarias que creó tras la guerra y con las que llegó a construir en Madrid, en apenas dos décadas, varias decenas de miles de viviendas. Ignorarlo no sólo supone falsear la historia (…), sino que refleja no haber entendido el auténtico valor que, durante los años veinte y treinta, tuvo Secundino Zuazo.

A partir de 1919 su preocupación fundamental fue la de compaginar una actuación económicamente rentable para el promotor con la calidad técnica de la propuesta, y es por ello que el Zuazo hombre de empresa busca que le sean concedidos los encargos que el Zuazo arquitecto deberá diseñar. (…) Zuazo asume su convicción según la cual la calidad técnica del producto de fábrica estaría acompañada de la calidad estética del estilo.

… al dejar el Gobierno de Primo: tras le fuerte incremento en los precios de la construcción surgido durante la Gran Guerra, al acabar la misma se produjo un retraimiento en la edificación; por ello, y tras el fracaso de las políticas planteadas desde los Ayuntamientos, la reacción vino desde el propio Gobierno, que intentó, afrontando grandes proyectos de Estado, incentivar la economía. Se diluyó el interés en construir barriadas de casas baratas y, en su lugar, el Directorio potenció la inversión en obras hidráulicas y la construcción de carreteras, afrontó la colonización interior y potenció la ordenación del extrarrario de las grandes capitales. Por esta razón, las cuestiones expuestas en la conferencia de 1923 dejaron de tener actualidad. Y cuando en 1925, Zuazo participa en la Exposición sobre la Construcción y la Habitación, no sólo lo hará mostrando sus propuestas, sino participando en el debate técnico, tratando de incentivar el uso de los nuevos materiales.

Y es en este contexto cuando Zuazo se anuncia en la revista Arquitectura (dentro de las páginas dedicadas a publicidad) como «Sociedad de Estudios Limitada», ofreciendo sus servicios no tanto a particulares como a las grandes empresas o grupos inversores. Consciente de la falta de medios técnicos y económicos de los Ayuntamientos para llevar a cabo sus propuestas urbanas, centra su interés en obtener/participar/desarrollar/gestionar los grandes proyectos de Estado que se proponen en estos momentos, lo que hace no como simple promotor, sino como hombre de empresa ligado a la banca. Y como reconoce en las Memorias, su actividad en la Sociedad de Estudios «estaba vinculada a la de cierta banca española».

Por indicación de dicha banca afrontó el estudio de cuestiones tan dispares como la situación del tráfico ferroviario en Madrid, buscando resolver el enlace de las distintas líneas que confluían en la ciudad: formuló en Zaragoza las bases de un posible ensanche y de una nueva ciudad-jardín, o se interesó por un fantasioso plan (el posible túnel bajo el estrecho de Gibraltar) proyectando, en cada una de las embocaduras, una ciudad-jardín. Y prueba de la relación entre estas ideas y grupos inversores franceses y belgas es el comentario que aparece en las Memorias, como señala: «Existía una sociedad internacional de estudios en los que intervenía alguna banca española que trabajaba en dos trascendentales problemas: en la red ferroviaria, convirtiéndola en europea, y sobre el paso del túnel de Gibraltar. Esa sociedad se había constituido antes del advenimiento de la República, deteniéndose con el cambio político. Además, había pedido programas de ayuda general de Barcelona, Madrid o Valencia, para resolver sus problemas de crecimiento, inversiones en obras de servicios de agua y construcción de viviendas con préstamos de capitales y suministro de materiales que no se fabricasen en España. Yo tenía orientaciones sobre los planes a confeccionar en relación con estas dos grandes operaciones que Madrid precisaba resolver: la prolongación de la Castellana y el Plan de reforma interior».

…por primera vez, un protagonista de la época reconoce abiertamente que la banca internacional jugó un papel relevante en algunos de los planes de ordenación concebidos en Madrid, Barcelona o Valencia durante la Dictadura de Primo de Rivera; en segundo lugar, que dicho capital se interesaba tanto por la construcción de infraestructuras (…) o la ordenación de las citadas ciudades como por otros proyectos, (…); y por último, que la construcción de infraestructuras y la extensión de dichos núcleos se llevaron a término con créditos concedidos por grupos financieros extranjeros, tras haber sido aprobados los  correspondientes proyectos.

Para el estudioso, la historia del urbanismo se identifica con la historia de los proyectos que trazaron los arquitectos, y éstos -y sólo éstos- han sido objeto de estudio. Si pocas veces se ha diferenciado el estudio del Plan del análisis del Planeamiento, todavía menos veces se ha afrontado el estudio de las grandes transformaciones urbanas, tratando de comprender cuáles eran los intereses económicos de los grupos inversores, cuál su valoración de la ciudad (…) o cuál el saber profesional (o la competencia) de los técnicos que colaboraron con ellos. Entiendo, pues, que sería del mayor interés, para lograr un entendimiento global de la historia urbana, conocer tanto cuáles fueron las líneas de actuación de las grandes empresas constructoras como las políticas que sobre la ciudad, las obras públicas o el territorio, desarrollaron los bancos y grupos económicos.

En aquel Madrid, algunos asumieron la modernidad centroeuropea de manera un tanto mimética: así, el Rincón de Goya, de Mercandal; la Gasolinera de Porto Pí, de Fernández-Shaw, o la Casa del Marqués de Viana, de Blanco Soler, sólo fueron manifiestos arquitectónicos. Ejemplos relevantes del saber europeo, su planteamiento era completamente distinto a la problemática fundamental de aquellos años, a la discusión sobre cómo afrontar la construcción de viviendas para las clases más desfavorecidas. (…) Fue en dicho momento cuando Le Corbusier, Gropius o Van Doesburg visitaron la Residencia de Estudiantes…

…fueron rechazadas tanto por Lacasa (quién escribió un artículo titulado «Los falsos axiomas») como por Rubió i Tudurí, quien desde Barcelona comentaría («En front de Le Corbusier») sus opiniones en La Nova Revista. (…) «Creo que los rascacielos. Porque es lo que más semeja a las grandes construcciones técnicas del presente -un crucero-, un transatlático. Y a las antiguas: una pirámide, una esfinge, una torre de Babilonia». (…) Porque es sabido que la figura de Secundino Zuazo fue, para aquella generación, referencia indiscutida.

Sin teorizar, citar o mencionar las razones de tal cambio, el primer Zuazo arquitecto -aquel que había recurrido a composiciones próximas a Piacentini- se agota en los años finales de la década, y frente a él aparece otro distinto, un arquitecto que opta tanto por la simplificación en la composición como por una estilización en los recursos que se refleja en el modo de entender las plantas de sus viviendas. (…) se refleja en el proyecto que concibe en torno a 1928, cuando recibe de la Compañía Inmobiliaria Española el encargo de proyectar -en el barrio de Argüelles- el bloque de viviendas para alquiler que conocemos como Casa de las Flores. Pero no nos equivoquemos: que el encargo recayese en Zuazo se entiende mejor si sabemos que él mismo era presidente del Consejo de Administración de aquella sociedad.

…destacaría que «las plantas de las casas se hallan con patios de superficie que no permiten la entrada de aire ni de la luz y, consiguientemente, los inconvenientes del vestíbulo oscuro, pasillos desarticulados, largos y faltos de ventilación y distribuciones equivocadas».

Estudiando la manzana de Castro, valoró la parcela como un todo y no como suma de lotes, lo que le llevó a proponer dos tipos de patios: uno, patio-jardín, abierto a los testeros de la parcela y que enlazaba con las soluciones berlinesas de Lassen o Mebes, y el otro, patio-interior, alternativo a aquellos otros con mala aireación y peor iluminación, que debía desarrollarse longitudinalmente en el interior de cada bloque, articulando dos zonas bien distintas en la vivienda: una -dormitorios y sala de estar- con frente al exterior (calle o jardín) y otra -cocina y servicios- vertiendo a dicho patio. De este modo, al establecer dos dobles crujías a ambos lados del espacio ajardinado, convertía casi un tercio de la misma (en una parcela de 9.000 metros) en espacio abierto.

Dispuso para ello tres volúmenes distintos a cada lado del patio central y dio ocho alturas al cuerpo con fachada a la zona ajardinada, cuatro alturas al situado en el centro de la crujía paralela al jardín y con fachada a calle (…) y seis al resto del conjunto. (…) dispuso veintiún tipos de vivienda de distintas superficies -desde un mínimo de 71 metros y un máximo de 115 metros-…

Valoró, en consecuencia, la fachada sur de manera distinta a como trató las orientadas a levante y poniente; en la primera, dispuso los comercios, retranqueando el testero que daba acceso al jardín, y resaltó la esquina que daba ala calle de Princesa, convirtiéndola en espolón, y dando al proyecto una singular dimensión urbana. (…) enfatizó el cuerpo bajo de esta fachada con cinco grandes arcos abocinados tras los que dispuso los espacios comerciales,… Y en la intención de destacar esta fachada del resto del edificio, resaltó el uso del ladrillo en el bajo comercial, disponiendo en cada una de las plantas terrazas corridas que rompían la voluntaria austeridad del frente a Hilarión Eslava o Rodríguez San Pedro al utilizar, de modo excepcional, el perfil metálico.

Impacta, al recorrer la fachada, la renuncia que el arquitecto hizo del ornato. Si los frentes del jardín interior se trataron con un simple enfoscado, las fachadas a calle se valoraron como paños desnudo con un ladrillo mal cocido, donde sólo las aristas vivas de los huecos rompían la monótona imagen de dicho frente. (…) Zuazo introdujo, como única ornamentación, las posibilidades mismas del material, jugando con el amplio abanico de opciones que brindaba el aparejo: allí donde trató de favorecer el aislamiento ejecutó los paramentos exteriores combinando las hiladas de soga con hiladas de tizones, y cuando quiso enfatizar los dinteles sobre los huecos de ventanas trató el aparejo a sardinel.

En la España de finales de los años veinte el concepto «vivienda mínima» fue mal entendido por quienes e preocuparon por el tema, y cuando aquel agitador cultural que fuera García Mercadal convocó a su costa, en 1929, un concurso sobre «vivienda mínima», los proyectos presentados testimoniaron que la forma de entender la cuestión nada tenía que ver con lo que se planteaba en otros países. (…) Porque, ajeno al debate europeo sobre la vivienda que caracterizó a los CIAM (viviendas con superficie próxima a los 50 metros), en la Casa de las Flores su preocupación fue definir cuál debía ser la vivienda para una burguesía media, asumiendo un papel que ni eera el desempeñado por Gutiérrez Soto (viviendas de 400 metros) ni tampoco el jugado por la vanguardia europea de esos años.

Con aquella propuesta Zuazo abría una reflexión sobre varios frentes: en primer lugar, sobre la organización y distribución de la vivienda; después, planteando el problema del bloque cerrado o abierto; y por último, sobre la gestión de la ciudad, buscando -…- la rentabilidad de la operación.

Únicamente Fullaondo admitía -…- la presencia de Fleischer en el estudio, sin comentar cuál fue allí su labor, cuánto tiempo duró su colaboración o en qué proyectos intervino, si bien sí fue Fullaondo quien, aunque sólo de pasada, mencionó por primera vez una imprecisa presencia de Mercadal en el citado despacho.

En el Madrid anterior a la guerra dos eran los arquitectos reconocidos como referencia por la joven generación: uno, Leopoldo Torres Balbás, el catedrático de Historia de la Arquitectura próximo en sus planeamientos a la Institución Libre de Enseñanza, difundió, entre los más jóvenes, el valor de la historia y la necesidad de afrontar la arquitectura desde el estudio de la tradición. Erudito historiador de la arquitectura, Torres Balbás fue al mismo tiempo el primer crítico moderno que comentó cuáles eran los problemas de la nueva realidad. (…) El otro maestro de la arquitectura -…- fue Secun, abreviatura cariñosa que Zuazo recibió de los más jóvenes.

«En mi estudio y oficina en esos momentos era numeroso el personal». A finales de los años veinte y durante la década de los teinta, el estudio de Secundino Zuazo contaba con la presencia, además de García Mercadal, de algunos jóvenes arquitectos españoles, entre los que cabría destacar a Martín Domínguez, Arniches, Ortiz, Pérez Mínguez, Bidagor y Moreno. (…) Junto a éstos, en la nómina del estudio figuraban cuatro delineantes, uno de los cuales, Nuere (…) fue quien, en plena Guerra Civil, viajó a Francia para entrevistarse con el arquitecto cuando éste recibió de Prieto el encargo de Reus. Pero lo que sorprende de aquel estudio es que entre 1930 y 1936 colaboraron no uno, sino un mínimo de cinco arquitectos alemanes, alumnos varios de ellos de Hermann Jansen.

Además de Fleischer, desde 1930 y hasta poco antes de iniciarse la Guerra Civil, colaboró también en el estudio un joven alemán apellidado Jansen -sin relación familiar con el berlinés coautor del concurso de 1929-, quien, a su vuelta a Alemania, fue nombrado en 1940 Hochbauamt -literalmente «funcionario superior de la construcción- en Saarbruecken. Colaboró igualmente en el despacho de Zuazo situado en la plaza de la Independencia el arquitecto austríaco Edgar Tritthart, personaje de singular perfil: miembro del NSDAP, su permanencia en España fue sorprendente por cuanto que -…- sabemos que fue uno de los contactos/enlaces políticos-profesionales de José Antonio Primo de Rivera, reclamándose incluso amigo personal, y del vasco José Manuel Aizpurua, el arquitecto del Naútico de San Sebastián, socio de Labayen, miembro del Grupo Norte del GATEPAC y, paralelamente, jefe provincial de la Falange. (…) Y junto con los tres citados, en 1931 aparecía en el estudio Ewald Liedecke…

En aquel equipo Jansen era quien dominaba las claves de la disciplina y los recursos del diseño y del oficio, mientras que Zuazo conocía urbanísticamente la ciudad y sus problemas, y poseía las claves para llevarla a cabo, estableciendo los mecanismos de la gestión.

Los participantes al concurso contaron con una excepcional documentación (la Información sobre la Ciudad, elaborada por un equipo dirigido por Fernández Quintanilla) donde, tras analizar el desarrollo histórico y la topografía -las características de tráfico, las condiciones de higiene, el hacinamiento y la falta de vivienda o la distribución de comercios-, se recomendaba la conveniencia de organizar el desarrollo de un eje Norte-Sur que enlazara el entorno de Chamartín con las inmediaciones del río. Y tras poner de relieve que una de las cuestiones prioritarias para Madrid era dar solución a los enlaces y a la red ferroviaria, el trazado de un ferrocarril de circunvalación se convertía en tema fundamental para posteior formulación.

Al concurso se presentaron doce trabajos -algunos alemanes y franceses- de los que no tenemos noticias, entre los que se encontraban tres que eran fruto de colaboraciones entre técnicos españoles y extranjeros, si bien nada sabemos de los criterios con los que se configuraron dichos equipos. Justificando el incumplimiento de las bases, el jurado declaró desierto el primer premio, a pesar de que en acta destacara el trabajo presentado por Zuazo y Jansen por encima de las restantes ideas y explicara que le premio no les era concedido al no haber afrontado algunas de las cuestiones técnicas planteadas en la bases.

La preocupación fundamental de Zuazo en el proyecto de la Castellana era la definir un plan capaz de atraer a los inversores privados de forma que fuesen éstos (y no el Estado o el Ayuntamiento) quienes lo ejecutasen. (…) atribuía la indecisión a la nula formación urbanística de los concejales municipales, políticos -la mayor parte de las veces- de tercer orden, carentes de cualificación técnica y sin ideas claras sobre cómo afrontar la gestión de la ciudad.

Para desbloquear la situación de punto muerto a la que se había llegado, Zuazo -viendo cómo con el debate desde la disciplina era imposible encontrar solución- apeló a los más altos poderes políticos, reclamando de ellos la necesidad de afrontar con otra perspectiva la gestión de la ciudad. (…) el gran éxito de Zuazo fue conseguir que Azaña hiciera suyo el proyecto,…

…Azaña fue, sin duda, el político con una mayor y más ambiciosa idea de cambio: consciente de la necesidad de modificar la imagen de gran poblacho mesetario que tenía Madrid, ciudad sin ambición de capital, entendía como prioritario contar con un Plan (…), razón por la que apoyó decididamente, y frente a los criterios y opiniones del Ayuntamiento, las ideas de Secundino Zuazo.

…Azaña (…) Plumas y Palabras, «es una ciudad prehistórica, cavernaria. Siempre que escribo algo de lo mucho bueno que pienso de Madrid, trabajo me cuesta celar esta convicción profunda. Madrid no me inspira una afición violenta. Si el amor propio de los madrileños no se irrita, añadiré que Madrid me parece incómodo, desapacible y, en la mayor parte de sus lugares, chabacano y feo. Es un poblachón mal construido, en el que se esboza una gran capital».

Lo que en cualquier caso resulta evidente es que las obras de la Castellana y la idea de los Nuevos Ministerios fueron proyectos del Gobierno de la República y no del Ayuntamiento.

Al margen de las opiniones de Azaña, para Prieto la propuesta de Zuazo suponía una plataforma idónea para coordinar la política ferroviaria y ordenar los accesos ferroviarios a la capital. Si para Azaña el Plan fue un pretexto para modificar la imagen urbana de Madrid, para Prieto el Plan afrontaba tres problemas bien concretos: en primer lugar, al entenderse como Plan comarcal, solucionaba los ejes de crecimiento de la ciudad; en segundo lugar, señalaba cuántas deberían ser las estaciones de circunvalación próximas a la capital, ubicándolas; y por último, resolvía la comunicación entre Atocha y la nueva Estación de Chamartín mediante un túnel ferroviario, estableciendo una estación en los Nuevos Ministerios.

…cuánto, en aquellos años, era valorado Zuazo por la sociedad madrileña no sólo como un profesional de la arquitectura de reconocida solvencia, sino también como un técnico con óptimas relaciones empresariales y con un excepcional conocimiento sobre cómo podía invertir el capital privado en obras de infraestructura. Decano del colegio de Arquitectos y hombre de empresa ligado, desde hacía muchos años, a la banca y a grupos inmobiliarios, Zuazo no representaba únicamente la figura del intelectual sino que, por su compleja personalidad, era buscado por quienes se proclamaban liberales de centro-derecha. (…) La segunda razón, porque el Partido Radical de Alejandro Lerroux (partido que explotaba un progresismo republicano con ribetes españolistas) tenía como aliado a la Iglesia a través del marqués de Comillas, presidente del Banco Hispano Colonial, con el que Zuazo colaboraba desde hacía años.

Zuazo comprendió que si el Madrid anterior a 1931 apenas había cambiado, tampoco con la República -en plena crisis económica- iban a llevarse a cabo grandes tansformaciones, máxime cuando la Corporación aprobaba los proyectos planteados sin el necesario plan general, documento que obligadamente tenía que haberse concebido tras el concurso. Creyendo que la solución económica a la crisis era incentivar el déficit público, fomentando obras públicas, pronunció en la madrileña Casa del Pueblo una conferencia de claro corte keynesiano, donde expuso una visión ideal de la futura ciudad, formulando la idea no del «futuro Madrid», sino la del Gran Madrid. (…) Lo que importaba no era la premonición de la realidad inmediata, sino el hecho de definir las condiciones y características de la ciudad-territorio.

La obra de los Nuevos Ministerios fue, en la fecunda vida profesional de Zuazo, su gran proyecto, puesto que el encargo le permitió enfrentarse, simultáneamente, a tres problemas: los urbanísticos de gran escala, entendiendo por tal la consolidación del eje Castellana gracias a una pieza capaz -por su potencia y dimensiones- de generar un trama urbana en su entorno; las cuestiones de escala menor, al estudiar y trazar las plazas que rodeaban el edificio, y, por último, las cuestiones de diseño arquitectónico. (…) Lejos de buscar pautas en un arquitectura próxima, comentó la lección que suponía la veneciana plaza de San Marcos, y propuso la lonja escurialense como paradigma del «saber hacer», abriendo puertas a lo que -durante su deportación en Las Palmas- sería uno de los temas con los que, poco más tarde, ocuparía su tiempo.

Uno de los grandes asuntos que no se han estudiado en la obra de Zuazo es su valoración de la historia, su interés por la arquitectura escurialense.

Vive el tiempo del exilio obsesionado por colaborar en la reconstrucción del país que tuvo que abandonar, estableciendo contactos y desarrollando una singular actividad con otros refugiados. (…) su más ambicioso sueño: coordinar y dirigir, terminada la Guerra Civil, la reconstrucción de España.

…el Gobierno de Franco organizó un primer Servicio de Reconstrucción bajo la responsabilidad de Benjumea, el ingeniero que en 1926 había integrado a Zuazo en la Junta Interventora de la Industria del Cemento. Tratando de organizar aquellos Servicios de forma similar a como lo hicieran los franceses después de la Gran Guerra, al tener noticia Benjumea de la estancia de Zuazo en París y advertido, igualmente, de que su actividad en aquellos momentos no era otra que el estudio de la experiencia francesa tras la Gran Guerra, reclamó al Gobierno la presencia del arquitecto. Argumentaba que la personalidad de Zuazo se hacía necesaria al nuevo Gobierno, máxime cuando el arquitecto formaba parte de una asociación internacional de estudios integrada por entidades bancarias, constructoras y técnicas, con sede en la parisina Banca Dreyfus. Y buscando forzar su retorno, la política fue cerrarle las puertas. En este sentido, y a pesar de que durante un tiempo intentara motivar al capital extranjero para coordinar su inversión en España, el Régimen de Franco consiguió sus objetivos: como el propio arquitecto señala, una de las veces en que fue convocado a una reunión para tratar las bases de la reconstrucción aconteció que, antes de su inicio, representantes de la banca española le impusieron, caso de que quisiera participar, manifestar su adhesión al régimen franquista, y al negarse a formalizar la misma, le fue impedido el acceso.

Del mismo modo, y por idénticos «motivos», cesaron sus contactos tanto con la Banca Morgan como con el «Consortium Comercial pour l’Etranger», presidido por el conde de Parret de la Roca. En el intento de recuperar el arquitecto para la causa de Burgos, aquel Gobierno envió a Francia, para entrevistarse con Zuazo, a su viejo conocido Pedro Muguruza, ahora primer director general de Arquitectura. En las Memorias se describe la entrevista, se cuentan cuáles fueron los «argumentos» utilizados para convencer al maestro sobre la necesidad de que expresase su adhesión al nuevo Estado, cuáles las razones de conciencia expuestas para rechazar la oferta y también cuáles fueron, a corto y medio plazo, las consecuencias del rechazo. (…) visitó a Zuazo en noviembre o diciembre de 1937 y, según cuenta, «venía a decirme que creía que debía incorporarme a la España nacional; «dime, Pedro ¿quién te envía con esta comisión?». «El Caudillo». Mi respuesta no podía ser más que una, la que había dado al ministro de Obras Públicas […] y la misma contestación a la dada al Consejo que íbamos a celebrar en la Banca Dreyfus».

La psicología de la autoestima. Nathaniel Branden

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Capítulo 3

EL HOMBRE: UN SER RACIONAL

Del mismo modo que la integración es el principio clave de la vida, también lo es del conocimiento.

Como hemos visto, la herramienta que hace posible que el hombre retenga y designe estos conceptos es el lenguaje. El lenguaje consiste en un sistema organizado de símbolos audibles-visuales por medio del cual el ser humano retiene sus conceptos bajo una forma firme, precisa. Por medio de l uso de palabras, es decir, por medio de unidades que representan números ilimitados de particulares, la mente del hombre es capaz de retener y trabajar con amplias categorías de entidades, atributos, acciones y relaciones; algo que no sería posible si tuviera que formar imágenes de cada elemento concreto incluido en tales categorías. Las palabras capacitan al hombre a manejar esos fenómenos tan amplios y complejos como <<materia>>, <<energía>>, <<libertad>>, <<justicia>>, que ninguna mente podría captar o retener si tuviera que visualizar todos los elementos concretos perceptuales que designan tales conceptos.

El proceso por el que las sensaciones se integran en las percepciones es automático ; la integración de las percepciones en los conceptos no lo es.

<<La razón>> (…) Ayn Rand, <<es la facultad que identifica e integra el material que ofrecen los sentidos del ser humano.

Definir al hombre como animal racional no supone implicar que sea un animal que siempre funciona racionalmente, sino más bien se trata de identificar el hecho de que su característica fundamentalmente le diferencia de otros animales, es su capacidad de razonar, de captar la realidad en el nivel conceptual de la conciencia. El exponente de esa capacidad es su poder de formular un discurso proposicional.

Una de las consecuencias más importantes de que el hombre posea una facultad conceptual es su poder de tener conciencia de sí mismo. Ningún otro animal es capaz de monotorizar y reflexionar sobre sus propias operaciones mentales, de evaluar críticamente su propia actividad mental, de decidir que un proceso dado de actividad mental es irracional o ilógico, y de alterar según esta decisión sus operaciones mentales subsiguientes.

Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental. Victor Davis Hanson

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II

LA LIBERTAD, O «VIVIR COMO SE QUIERA»

SALAMINA, 28 DE SEPTIEMBRE DE 480 A.C.

Debe de ser horrible ahogarse en el mar. Los brazos debatiéndose contra las olas, los pulmones llenándose de agua salada, el cuerpo cada vez más pesado y aturdido, el cerebro resquebrajándose y crepitando a medida que agota sus últimas reservas de oxígeno, la última visión consciente de la débil e inalcanzable luz del sol, ahora lejana, muy por encima de ti, sobre la superficie rizada del océano. A fines de septiembre del año 480 a.C., ya al final del día, un tercio de los marineros de la flota persa se encontraban precisamente en esos últimos y horribles momentos de su existencia. (…) unos 40.000 (…) A todos, lejos de Asia, los aguardaba el mismo destino en las cálidas aguas del Egeo. (…) en la guerra naval el mar es el principal asesino.

El trirreme, invención de origen fenicio o tal vez egipcio, era un navío de remos y no de vela. Normalmente, contaba con una tripulación de 170 remeros a los que acompañaban timoneles y alrededor de treinta infantes y arqueros que navegaban apiñados en cubierta. A diferencia de lo que ocurría en las galeras europeas posteriores, en los trirremes, los remeros se sentaban a diferentes alturas y en grupos de tres, y cada uno de ellos manejaba un solo remo de no mucha longitud. La gran ventaja de los trirremes consistía en un diseño que mantenía una extraordinaria relación entre peso, velocidad y potencia.

El trirreme era también una nave frágil y vulnerable que, cuando navegaba en aguas abiertas, dejaba un margen de seguridad muy escaso a los doscientos hombres que llevaba a bordo, y es que las portillas de la bancada inferior de remos estaban a muy poca distancia del agua. A diferencia de lo que ocurre en los buques de guerra modernos, en los barcos antiguos la tripulación apenas disponía de tiempo para evacuar la nave.

Las aguas funerarias de los persas fueron un pequeño estrecho de apenas dos kilómetros de anchura situado entre la isla de Salamina y la región del Ática.

Salamina, un nombre que todavía es sinónimo de ideales abstractos como libertad y «el nacimiento de Occidente», no se asocia con un baño de sangre.

Toda la literatura griega hace hincapié en la singularidad de la libertad griega, una idea extraña que, según parece, no existió en sentido abstracto en ninguna otra cultura de la época. La idea de libertad, en efecto, surgió en los siglos VII y VI a.C., entre los hablantes de lengua griega de los pequeños y relativamente aislados valles agrícolas de la tierra continental griega, de las islas del Egeo y de la costa de Asia Menor. La palabra «libertad» o su equivalente -comas igualmente extrañas «ciudadano» (polites), «gobierno de consenso» (politeia) y «democracia» (demokratia, isegoria)- no se encuentra al parecer en el léxico de otras lenguas antiguas contemporáneas excepto el latín (libertas, civil, res publica).

La psicología de la autoestima. Nathaniel Branden

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Capítulo 2

EL HOMBRE: UN SER VIVO

Se ha descrito correctamente a un organismo como aquello que no es un agregado, sino un integrado. Cuando un organismo deja de efectuar las acciones necesarias para mantener su integridad estructural, muere. La muerte es desintegración. Cuando acaba la vida del organismo, lo que queda no es más que una colección de compuestos químicos en descomposición.

Para todos los seres vivos, la acción es una necesidad de la supervivencia. La vida es movimiento, un proceso de acción que se continúa a sí misma y que un organismo debe desempeñar constantemente para seguir existiendo. Este principio es igualmente evidente en las sencillas conversiones de energía en una planta y en las actividades complejas y a gran escala del hombre. Desde el punto de vista biológico, la inactividad es la muerte.

Entre las diversas necesidades que los psicólogos han afirmado que se encuentran presentes en el ser humano, tenemos las siguientes: dominar a otras personas, someterse a un líder, negociar, apostar, obtener un prestigio social, desairar a alguien, ser hostil, ser poco convencional, ser conformista, desaprobarse a sí mismo, jactarse, asesinar, experimentar dolor.

Un deseo o anhelo no equivale a una necesidad. (…) Las necesidades deben ser objetivamente demostrables.

Esta teoría representa un extremo de lo que puede suceder cuando los psicólogos se permiten especular sobre necesidades mientras ignoran el contexto en el que nace este concepto, y el estándar según el cual establecer tales necesidades.

Una necesidad es aquello que el organismo requiere para su supervivencia; la consecuencia de frustrar una necesidad es el dolor y/o la muerte; (…) El concepto de necesidad biológica sólo puede tener sentido si tomamos como premisa la vida como meta final.

Partir de la observación de que todos los seres vivos mueren para llegar a la conclusión de que dentro de cada célula del cuerpo humano existe una <<voluntad de morir>> supone un grotesco antropomorfismo. Y hablar de que un organismo necesita <<regresar>> a la condición inorgánica, <<restablecer un estado de cosas que fue interrumpido por la emergencia de la vida>>, implica caer en la violación más burda de la lógica: un organismo no existe antes de existir; no puede <<regresar>> a la no existencia; no se puede ver <<interrumpido>> por la aparición de la vida. Más allá del principio del placer, la monografía en la que Freud expone su teoría sobre el instinto de muerte, es, sin duda alguna, una de las obras más vergonzosas dentro de la literatura psicológica.

El tan extendido fenómeno de la enfermedad mental constituye la evidencia tanto de la existencia de necesidades (que se ven frustradas) como del fracaso de la psicología a la hora de comprender la naturaleza de éstas.

La proyección conductista del hombre como una máquina de estímulo-respuesta es una de las versiones de este intento. La proyección del hombre como un robot consciente, activado por instintos, es otra versión.

La función que cumplía el concepto de <<demonio>> para el salvaje primitivo, y la que cumple el de <<Dios>> para el teólogo, es la que cumple para muchos psicólogos el concepto de <<instinto>>; un término que no denota nada inteligible desde el punto de vista científico, mientras crea la ilusión de una comprensión causal. Aquello que un salvaje no comprendía, lo <<explicaba>> mediante un demonio; lo que un teólogo no logra comprender, lo <<explica>> mediante Dios; lo que no logran entender muchos psicólogos, lo <<explican>> mediante los instintos.

<<Instinto>> es un concepto acuñado para salvar el vacío entre las necesidades y las metas, eludiendo la facultad cognitiva (es decir, el razonamiento y aprendizaje) del hombre. Como tal, representa uno de los intentos más desastrosos y estériles de solventar el problema de la motivación.

La teoría de los instintos disfrutó de una enorme popularidad durante los siglos XVIII y XIX, y en los primeros años del XX. Aunque su influencia ha ido desapareciendo durante las últimas décadas, sigue constituyendo una columna central de la escuela freudiana (ortodoxa) del psicoanálisis.

Un reflejo es un fenómeno neurofísico específico y definible, cuya existencia es empíricamente demostrable; no es un cajón de sastre para todo comportamiento ininteligible.

Explicar las acciones del hombre en términos de <<instintos>> indefinibles no contribuye en nada al conocimiento humano: supone meramente confesar que no sabemos por qué el hombre actúa como lo hace.

El hombre no obtiene comida, cobijo o ropa <<por instinto>>. Elaborar los alimentos, construir un cobijo, tejer ropas, son cosas que requieren conciencia, elección, discriminación, juicio. El cuerpo humano no tiene el poder de perseguir esas metas por propia voluntad, no tiene el poder de reordenar voluntariamente los elementos de la naturaleza, de dotar de nueva forma a la materia, independientemente de su conciencia, conocimiento y valores.

El ser humano debe descubrir las acciones que le exige realizar su vida: no tiene un <<instinto de conservación>>. No fueron instintos los que le capacitaron para hacer fuego, para construir puentes, para practicar la cirugía, para diseñar un telescopio: fue su capacidad de pensar. Y si un hombre elige no pensar, si opta por arriesgar su vida en peligros sin sentido, si cierra sus ojos antes de abrir su mente ala vista de cualquier problema, busca una escapatoria de su responsabilidad de razonar por medio del alcohol o las drogas, actúa con una actitud de obcecado desafío a su propio y objetivo interés… entonces carece de todo instinto que fuerce a su mente a funcionar, que le motive a valorar su vida lo suficiente como para pensar y actuar de la forma que ésta le exige.

Las prácticas flagrantemente autodestructivas en que se involucran tantas personas (y el proceso suicida que caracteriza a gran parte de la historia humana) son una elocuente refutación y una burla de la pretensión de que el hombre posee un instinto de conservación de su persona.

La teoría de los instintos propugna, de esta forma, una resurrección de la doctrina de las ideas innatas, que ha quedado tan desacreditada a manos de la filosofía y la biología, que la consideran una herencia del misticismo.

La mitología del instinto resulta desastrosa para la teoría científica, porque, al ofrecer una pseudoexplicación, interrumpe cualquier investigación posterior, y constituye un obstáculo para una comprensión genuina de las causas de la conducta humana. Habría que descartarlo como la última convulsión agónica de la demonología medieval.

La psicología de la autoestima. Nathaniel Branden.

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Capítulo 1

LA PSICOLOGÍA COMO CIENCIA

Es cierto que, mientras que la materia puede existir aparte de la conciencia, la conciencia no puede existir aislada de la materia, es decir, de un organismo vivo. Pero esta dependencia de la conciencia frente a la materia no respalda, en modo alguno, la afirmación de que sean idénticas. Por el contrario: tal y como ha señalado más crítico del materialismo reduccionista, es razonable hablar de que una cosa es dependiente de otra sólo si no son idénticas.

La única conciencia de la tenemos un conocimiento directo e inmediato de la nuestra propia. Conocemos la conciencia de otros seres sólo indirectamente, por medio de inferencias, por medio de expresiones o acciones externas. Esto no quiere decir que podamos adquirir un conocimiento exhaustivo de la naturaleza y las leyes de la actividad mental a través de la mera introspección. Quiere decir que cada hombre puede experimentar sólo su propia conciencia; la conciencia de otros seres nunca puede constituir el objeto de su percepción directa de la experiencia.

El conductismo radical es un materialismo reductivo explícito; sostiene que la mente es una serie de respuestas corporales, tales como las reacciones musculares y glandulares.

(…) fenomenalismo (…) condena a sus defensores a la posición de que la historia d ela raza humana sería exactamente la misma si nadie hubiera sido consciente de nada jamás, si nadie tuviera percepciones o pensamientos.

Entre el miedo y la libertad. Los EEUU: de la Gran Depresión al fin de la segunda guerra mundial (1929-1945). David M. Kennedy

Capítulo 1

El pueblo norteamericano en las vísperas de la Gran Depresión

La lista de cambios en la generación surgida a partir de la finalización del siglo XIX parecía infinitamente sorprendente. Recent Social Trends comenzaba con una breve enumeración de los <<acontecimientos que marcan una época>> que habían ocupado el primer tercio del siglo XX: la Gran Guerra, la inmigración masiva, los disturbios raciales, la veloz urbanización, el crecimiento de grandes organizaciones industriales como U.S. Steel, Ford y General Motors, las nuevas tecnología como la energía eléctrica, los automóviles, la radio y el cine, los novedosos experimentos sociales como la Ley Seca, las audaces campañas para el control de la natalidad, una nueva franqueza sobre el sexo, el sufragio de las mujeres, el advenimiento de la publicidad de mercado masivo y el financiamiento del consumo.

…inmigrantes. La mayoría de ellos e habían trasladado a Estados Unidos desde las regiones religiosas y culturalmente exóticas del sur y el este de Europa. A través de la gran sala del centro de recepción de inmigrantes de la la isla de Ellis, de Nueva York, abierto en 1892, ingresaron durante las tres décadas siguientes casi cuatro millones de católicos italianos, medio millón de ortodoxos griegos, medio millón de católicos húngaros, casi un millón y medio de católicos polacos, más de dos millones de judíos, provenientes en gran medida de territorios de Polonia, Ucrania y Lituania controlados por la Unión Soviética; medio millón de eslovacos, católicos en su mayoría; millones de otros elavos del este que venían de Bielorrusia, Rutenia y la Unión Soviética, en su mayoría ortodoxos, musulmanes y judíos, provenientes de Rumanía, Croacia, Serbia, Bulgaria y Montenegro. Las oleadas de inmigrantes después del cambio de siglo fueron tan imponentes que de los ciento veintrés millones de estadounidenses registrados en el censo de 1930, uno de cada diez había nacido en el extranjero, y un 20 por ciento adicional tenía al menos un padre que había nacido en el extranjero.

Los inmigrantes se instalaban en todas la regiones, aunque menos en el Sur y más en la extensa región industrial del noreste. (…) Convirtieron la Norteamérica urbana en una suerte de archipiélago políglota en medio del mar predominantemente angloprotestante de Estados Unidos. En la década de 1920 casi un tercio de los dos millones setecientos mil residentes de Chicago habían nacido en el extranjero; más de un millón eran católicos, y otros 125.000 eran judíos. Los neoyorquinos hablaban en alrededor de treinta siete lenguas diferentes, y sólo uno de cada seis asistía a los oficios protestantes.

En todas partes, las comunidades de inmigrantes se agrupaban en enclaves étnicos, donde procuraban, no siempre eficazmente, preservar su patrimonio cultural del Viejo Mundo y al mismo tiempo convertirse en estadounidenses. (…) Los guetos judíos y las Pequeñas Italias y Pequeñas Polonias que florecieron en las ciudades norteamericanas se convirtieron en mundos en sí mismos. Los inmigrantes leían periódicos y escuchaban transmisiones radiofónicas en sus idiomas nativos. Hacían las compras en tiendas, utilizaban bancos y trataban con compañías aseguradoras que atendían exclusivamente a sus propios grupos étnicos. Oraban en sinagogas o, si eran católicos, muchas veces en iglesias <<nacionales>> donde los sermones se pronunciaban en la lengua del país de origen. Educaban a sus hijos en escuelas parroquiales y enterraban a sus muertos con el auxilio de asociaciones funerales étnicas. Se unían a organizaciones fraternales para mantener vivas las viejas tradiciones y pagaban las cuotas de asociaciones de socorro mutuo que los ayudarían cuando llegaran las épocas malas.

Apiñados en los márgenes de la vida norteamericana, los inmigrantes se las arreglaban con lo que podían encontrar, por lo general trabajos poco calificados en la industria pesada, la industria textil o la construcción. Aislados por el idioma, la religión, la forma de vida y el vecindario, tenían una capacidad muy escasa para conversar entre ellos mismos y una insuficiente voz política en la sociedad en general. Tan precarias eran sus vidas que muchos de ellos se dieron por vencidos y regresaron a su tierra.

Parte de ese nerviosismo se expresó de forma virulenta en un revivido Ku Klux Klan, que renació con toda su parafernalia de la era de la Reconstrucción en Stone Mountain, Georgia, en 1915. Los jinetes nocturnos del Klan ahora montaban automóviles, no caballos, y dirigían sus ataques tanto contra los inmigrantes judíos y católicos como contra los negros. Pero, de la misma manera que el anterior, el nuevo Kan representaba una respuesta típicamente norteamericana a los trastornos culturales.

Un coche que representaba para el trabajador medio el equivalente de dos años de salario antes de la primera guerra mundial podía adquirirse por más o menos el sueldo de tres meses a fines de la década de 1920. Esta estrategia de ventas de bajos precios y altos volúmenes se contaba entre los milagros de la producción en masa, o <<fordismo>>, como a veces se la denominaba en honor a su pionero más famoso.

Sin embargo, incluso esta estrategia fabulosamente exitosa tenía un límite. La producción masiva convertía en necesidad el consumo masivo. Pero como se averiguó a partir de las investigaciones de Hoover, el aumento de la riqueza de la década de 1920 fluía desproporcionadamente hacia los dueños del capital. Los ingresos de los trabajadores aumentaban, pero no al ritmo de la creciente producción industrial de la nación. Sin un poder de compra distribuido ampliamente, los motores de la producción masiva no tendrían un punto de salida y terminarían por detenerse. La industria del autómovil, donde se había iniciado el fordismo, fue una de las primeras en percibir la fuerza de esta lógica.

Los fabricantes de vehículos habían saturado aparentemente los mercados internos disponibles. La introducción del crédito para los consumidores, o <<compra a plazos>>, iniciada en 1919 por General Motors con la creación de la General Motors Acceptance Corporation, constituyó un intento de extender todavía más esos mercados aliviando a los compradores de la necesidad de pagar el precio total de los automóviles en efectivo en el momento de la venta. El explosivo crecimiento de la publicidad, una industria en mantillas antes de la década de 1920, ofrecía más señales del temor de que se hubieran alcanzado los límites de la demanda <<natural>>.

Sin embargo, en las activas ciudades industriales, prácticamente todos los nortamericanos mejoraron sus niveles de vida de manera importante durante la década posterior a la primera guerra mundial. Mientras los niveles de vida de los agricultores descendieron en la década de 1920, los salarios reales de los trabajadores industriales se elevaron en casi el 25 por ciento. En 1928 el ingreso per cápita medio entre los empleados no agrarios había cuadriplicado el nivel medio de los ingresos de los campesinos. Para los trabajadores urbanos, la prosperidad era maravillosa y real. Jamás habían tenido tanto dinero, y gozaban de una sorprendente variedad de nuevos productos en los que gastarlo: no sólo automóviles sino también comida enlatada, lavadoras, refrigeradores, telas sintéticas, teléfonos, películas (con sonido después de 1927) y -junto con el automóvil, la mas revolucionaria de las tecnologías- receptores de radio.

Los autores de Recent Social Trends descubrieron que treinta y ocho millones de trabajadores varones y diez millones de mujeres producían y distribuían esta abundancia de mercaderías en 1930. (…) La semana de trabajo del típico empleado no agrario había disminuido desde principios de  siglo, pero el régimen de trabajo prácticamente continuo que desde había mucho tiempo era familiar en el campo se había importado a las plantas de las fábricas en los primeros días de la industrialización y sólo se había relajado un poco. (…) El <<fin de semana>> de dos días aún no era una característica de la vida norteamericana, y las vacaciones pagadas para los trabajadores eran casi desconocidas. También la <<jubilación>> seguía siendo una fantasía esquiva para el obrero norteamericano medio, cuyos días de trabajo se extendían prácticamente hasta el final de ciclo de vida….<<la difundida introducción de maquinaria, [que] produce el efecto general de reemplazar la mano de obra cualificada con mano de obra semicualificada o no cualificada, y de esta manera reduce el estatus del trabajador entrenado y cualificado, si, de hecho, no tiende a eliminarlo por completo en muchas industrias>>. La energía de las máquinas presentaba una paradoja. Ofrecía empleo a un gran número de trabajadores no cualificados, razón por la que millones de campesinos europeos y de agricultores norteamericanos habían migrado a las ciudades en busca de empleos industriales y la oportunidad de alcanzar una vida mejor. Al mismo tiempo, transformaba el trabajo en una mercancía y lo volatilizaba, quitándole a los trabajadores el orgullo de su profesión y, lo que era más importante, la seguridad de sus empleos. (…) La irregularidad de los patrones de empleo en las industrias de producción masiva con sus innovaciones tecnológicas era especialmente preocupante.

El estudio de Muncie que hicieron los Lynd (…) El factor principal que distinguía <<la clase trabajadora>> de la <<clase empresarial>>, según descubrieron, era la inseguridad del empleo, con su consecuente perturbación de los ritmos de vida. Notaron que los miembros de la clase empresarial <<prácticamente nunca están sujetos a interrupciones de este tipo>>, mientras que entre la clase trabajadora <<los «cierres» o «despidos» son fenómenos recurrentes>>. (…) Los miembros de la comunidad que disfrutaban de cierta seguridad laboral no eran, prácticamente por definición, <<trabajadores>>. Tenían carreras, no empleos. La misma concepción del tiempo era diferente, así como sus oportunidades de vida. Planeaban con confianza su futuro y el de sus hijos. Hacían vacaciones anuales. Aspiraban a un nivel de vida mejor.

Los trabajadores sin seguridad laboral vivían en lo que los Lynd calificaban como <<un mundo en el que ni el presente ni el futuro parecen ofrecer […] grandes perspectivas>> de progreso laboral o movilidad social. Trabajaban febrilmente cuando las épocas eran buenas, cuando las fundiciones rugían y las forjas estaban calientes, con el objeto de ahorrar algo para el inevitable momento en que los tiempos se pusieran duros, cuando las puertas de las fábricas se cerraran y los hornos se apagaran. Las impredecibles perturbaciones de sus vidas interrumpían constantemente las relaciones entre los miembros de la familia y dejaban pocas oportunidades para la participación cívica o social, o incluso para la organización de sindicatos. Este modo de vida precario, desconectado, sindicalmente débil y de una penetrante inseguridad lo sufrían millones de norteamericanos en la década de 1920. Cada tanto podían probar el sabor de la prosperidad, pero tenían un control mínimo sobre las condiciones de trabajo o la trayectoria de sus vidas.

<<El problema con esta filosofía -comentó Hoover- es que cuando el décimo problema lo alcanzaba él [Coolidge] no estaba preparado de ninguna manera, y para ese momento la cuestión había adquirido un impulso tan grande que se convertía en desastre. El ejemplo más sobresaliente fue el creciente auge y la orgía de especulación demente que comenzó en 1927, respecto de lo cual él rechazó o hizo a un lado todos nuestros ansiosos ruegos y advertencias para que actuara>>.

Ya en 1925 la fabnricación de automóviles disminuyó su prodigioso ritmo de crecimiento. La construcción residencial se redujo ese mismo año. Un auge de la actividad inmobiliaria de Florida se ahogó en un devastador huracán en septiembre de 1926. Las compensaciones bancarias de Miami se hundieron de los más de mil millones de dólares de 1925 a 143 millones en 1928, un escalofriante indicio del estancamiento financiero que pronto asfixiaría todo el sistema bancario. Los inventarios de las empresas comenzaron a apilarse en 1928, llegando casi a cuadruplicar su valor hasta unos dos mil millones de dólares en el verano de 1929.

Según la teoría, los mercados de bonos y acciones variables reflejan e incluso anticipan las realidades subyacentes de la fabricación y venta de bienes y servicios, pero en 1928 los mercados de acciones de Estados Unidos habían roto los límites de la desabrida realidad. Se habían catapultado a un reino fantasmagórico donde las leyes de la conducta económica racional no se promulgaban y los precios no tenían ninguna relación discernible con el valor. Mientras la actividad empresarial disminuía constantemente, los precios de las acciones levitaban hasta llegar a marear.

El dinero necesario para alimentar ese astronómico mercado bursátil fluía de innumerables grifos. (…) Parte de ese dinero salía directamente de los bolsillos de inversores individuales, aunque sus recursos eran por lo general magros y su número sorprendentemente escaso. Más dinero manaba de las grandes empresas. Las saludables ganancias de la década de 1920 les habían dejado cuantiosas reservas en efectivo, de las que destinaron una buena parte no a la inversiones productivas en fábricas y maquinaria, sino a la especulación en la bolsa. Una cantidad todavía mayor de dinero provenía del sistema bancario, que también estaba rebosante de fondos para los que había cada vez menos salidas tradicionales. En 1929 los banqueros comerciales se encontraban en la posición poco común de prestar más dinero para las inversiones en la bolsa y en propiedades inmobiliarias que para propósitos comerciales. La Oficina de la Reserva Federal inundó a los bancos con más liquidez en 1927 al disminuir la tasa de redescuento al 3.5 por ciento y al realizar grandes adquisiciones de títulos del gobierno.

Esta política de dinero fácil se debía en gran parte a la influencia de Benjamin Strong, el firme e influyente gobernador del Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Esa medida de Strong se había establecido con la intención de sostener la imprudente decisión que el ministro de Hacienda Winston Churchill había tomado en 1925 de hacer regresar el Reino Unido al patrón oro de antes de la guerra al viejo tipo de cambio de 4.86 dólares la libra. Esa tasa irrealmente elevada restringió las exportaciones británicas, creó un auge de las importaciones, y amenazó con agotar las reservas de oro del Banco de Inglaterra. Strong razonaba, no incorrectamente, que tipos de interés más bajos y un dinero más barato en Estados Unidos frenaría la hemorragia de oro de Londres a Nueva York, lo que estabilizaría un sistema financiero internacional que todavía estaba recuperándose con dificultad de los esfuerzos de la guerra mundial. Por supuesto que esta misma política facilitó varios préstamos especulativos en Estados Unidos. Fue esa desastrosa consecuencia lo que impulsó la despreciativa descripción que Hoover hizo de Strong, <<un anexo mental de Europa>>, comentario que también daba a entender a quién Hoover culpaba de la depresión resultante.

Gran parte del dinero que los bancos prestaban para la adquisición de acciones no iba directamente a las acciones sino a los préstamos a la vista de los corredores de bolsa, lo que era significativo. Los préstamos a la vista permitían a los compradores adquirir acciones sobre margen, entregando un pago en efectivo (a veces sólo del 10 por ciento, pero más frecuentemente del 45 o el 50 por ciento del precio de la acción) con un préstamo asegurado por el valor de la acción adquirida. En teoría el prestamista podía <<solicitar>> el reembolso si el precio de la acción disminuía en una suma equivalente a su valor colateral. Aunque algunas de las casas de corretaje más importantes despreciaban el sistema de préstamo a la vista, la mayoría hacía un uso abusivo de él. La práctica se hizo tan popular que en el punto más alto del auge los corredores podían cobrar prodigiosas tasas de interés a los clientes sobre sus préstamos asegurados por las acciones. Gracias a la baja tasa de redescuento del Sistema de Reserva Federal, los bancos asociados podían (y lo hacían) tomar prestados fondos federales al 3.5 por ciento y volver a prestarlos en el mercado de reembolsos al 10 por ciento o más. Cuando las demandas de préstamos a la vista desboraron incluso los abundantes recursos líquidos del sistema bancario, las sociedades anónimas comenzaron a intervenir. En 1929 ya representaban alrededor de la mitad del dinero de los préstamos a la vista. La Standard Oil de Nueva Jersey en ese entonces prestaba cercad de 69 millones de dólares por día; la Electric Bond and Share, más de 100 millones.

La combustión en el mundo financiero, no menos que en el físico, requiere no sólo combustible, sino también oxígeno e ignición. Ningún observador ha conseguido identificar la chispa que dio comienzo a la rugiente conflagración que barrió y finalmente consumió el mercado de títulos en 1928 y 1929. Sin embargo, está claro que el oxígeno que la sostuvo fue cuestión no sólo de los recónditos mecanismos de mercado y de los secretos técnicos de los cambistas, sino también de simples características atmosféricas, específicamente, el ánimo de expectativa y especulación que flotaba febril en el aire y que inducía fantasías de riquezas sin esfuerzo que sobrepasaban los sueños de la avaricia.

Cuando por fin impuso una tasa de redescuento del 6 por ciento a fines del verano de 1929, los préstamos a la vista estaban exigiendo un interés cercano al 20 por ciento, una diferencia que la Reserva Federal no podría haber salvado sin un año catastrófico a los tomadores legítimos de préstamos. De la misma  manera, la Oficina prácticamente había agotado su ya magra capacidad para extraer fondos a través de ventas en el mercado abierto de los títulos del gobierno. (…) El dinero en sí no era la raíz del mal que pronto caería sobre Wall Street, sino los hombres; los hombres y las mujeres cuya codicia por lograr un dólar rápidamente había dejado atrás todas las medidas de prudencia financiera o incluso de sentido común.

Las primeras señales de peligro aparecieron en septiembre de 1929, cuando el precio de las acciones cayó inesperadamente, aunque se recuperó de inmediato. Luego, el miércoles 23 de octubre, se produjo una avalancha de liquidaciones. Un enorme volumen de más de seis millones de acciones cambió de mano, barriendo alrededor de cuatro mil millones de valores en papel. La confusión se extendió cuando los teletipos que informaban de las transacciones a los corredores de todo el país se atrasaron casi dos horas.

En esta atmósfera de nerviosismo e incertidumbre, el mercado abrió el <<Jueves Negro>>, 24 de octubre, con una avalancha de órdenes de venta. Se negociaron 12.894.650 acciones, un número que batía todos los récords. Al mediodía, las pérdidas habían llegado a alrededor de nueve mil millones. Los teletipos tenían cuatro horas de atraso. Sin embargo, cuando alas 19.08 marcaron la última transacción de ese día, daba la impresión de que una pequeña recuperación del precio había contenido las pérdidas de la sesión a alrededor de un tercio del día anterior.

Si el jueves fue negro, ¿qué podría decirse del martes siguiente, 29 de octubre, cuando se compraron y se vendieron 16.410.000 acciones, un récord que se mantuvo treinta y nueve años? El <<Martes Negro>> bajó un telón de melancolía sobre Wall Street. Los agentes abandonaron toda esperanza de que esa temible sacudida pudiera revertirse de alguna manera. Durante dos horribles emanas más el precio de las acciones continuó en caída libre por los mismos vacíos celestiales a través de los cuales había ascendido tan maravillosamente poco tiempo antes. Así se revelaba la dura vedad de que ese sistema de endeudamiento funcionaba en ambas direcciones. La multiplicación de valores que la compra a margen hizo posible en un mercado alcista actuaba con una simetría imparcial y temible cuando los valores estaban a la baja. Un deslizamiento de apenas unos pocos puntos en el precio de una acción provocaba que se solicitara el reembolso de los préstamos a margen. Entonces el tomador del crédito tenía que desembolsar más efectivo o aceptar la venta forzosa del título. Cuando millones de esas ventas ocurrieron simultáneamente muchas acciones quedaron sin sostén. El inmisericorde deslizamiento hacia abajo se mantuvo durante tres semanas más después del Martes Negro. A mediados de noviembre se habían evaporado alrededor de 26.000 millones de dólares, prácticamente un tercio del valor de las acciones registrado en septiembre.

Sin embargo, la desagradable verdad es que los estudioso más responsables de los hechos de 1929 no han podido demostrar una apreciable relación causa-efecto entre el Crac y la Depresión. Ninguno asigna al colapso de la bolsa la responsabilidad exclusiva de lo que ocurrió después; (…) Un[a] autoridad sostiene sencilla y sumariamente que <<no se ha podido demostrar por medio de la evidencia empírica relación causal entre los acontecimientos de fines de octubre de 1929 y la Gran Depresión>>.

En esta atmósfera de nerviosismo e incertidumbre, el mercado abrió el <<Jueves Negro>>, 24 de octubre, con una avalancha de órdenes de venta. Se negociaron 12.894.650 acciones, un número que batía todos los récords. Al mediodía, la pérdidas habían llegado a alrededor de nueve mil millones. Los teletipos tenían cuatro horas de atraso. Sin embargo, cuando a las 19.08 horas marcaron la última transacción de ese día, daba la impresión de que una pequeña recuperación del precio había contenido las pérdidas de la sesión a alrededor de un tercio del día anterior.

Si el jueves fue negro, ¿qué podría decirse del martes siguiente, 29 de octubre, cuando se compraron y vendieron 16.410.000 acciones, un récord que se mantuvo treinta y nueve años? El <<Martes Negro>> bajó un telón de melancolía sobre Wall Street. Los agentes abandonaron toda esperanza de que esa temible sacudida pudiera revertirse de alguna manera. (…) Así se revelaba la dura verdad de que ese sistema de endeudamiento funcionaba en ambas direcciones. La multiplicación de valores que la compra a margen hizo posible en un mercado alcista actuaba con una simetría imparcial y temible cuando los valores estaban a la baja. Un deslizamiento de apenas unos pocos puntos en el precio de una acción provocaba que se solicitara el reembolso de los préstamos a margen. Entonces el tomador del crédito tenía que desembolsar más efectivo o aceptar la venta forzosa del título. Cuando millones de esas ventas ocurrieron simultáneamente muchas acciones quedaron sin sostén. El inmisericorde deslizamiento hacia abajo se mantuvo durante tres semanas más después del Martes Negro. A mediados de noviembe se habían evaporado alrededor de 26.000 millones de dólares, prácticamente un tercio del valor de las acciones registrado en septiembre.

En abril de 1930 el precio de las acciones había recuperado alrededor del 20 por ciento de las pérdidas del otoño anterior. (…) A diferencia de los pánicos previos en Wall Street, hasta el momento éste no había causado la quiebra de ninguna compañía ni banco importante.

Otras de las fábulas que han perdurado en el tiempo respecto de ese turbulento otoño (en gran medida gracias a la inmensa popularidad del nostálgico ensayo de Frederick Lewis Allen publicó en 1931, Only Yesterday) retrata a legiones de pequeños accionistas estupefactos, ebrios con los sueños de esa delirante década, barridos intempestivamente por el Crac y arrojados en masa a la oscuridad de la Depresión. Esta familiar imagen también está violentamente distorsionada. Es probable que Allen se haya basado en una estimación de la Bolsa de Nueva York de 1929 que sostenía que unos veinte millones de estadounidenses poseían acciones. Más tarde se demostró que esa cifra era una salvaje exageración.

Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental. Victor Davis Hanson

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LAS RAZONES DE LA VICTORIA DE OCCIDENTE

En las descripciones bélicas, los eufemismos o las omisiones del historiador militar pueden constituir una ofensa criminal. No es casualidad que los autores de talento que se han ocupado de las guerras -desde Homero, Tucídides, César, Víctor Hugo y León Tolstoi hasta Stephen Runciman, James Jones y Stephen Ambrose- equiparen las tácticas a la sangre, la estrategia a los cadáveres.

Porque se lo debemos a los muertos es preciso descubrir, cueste lo que cueste, de qué modo y por qué la práctica del gobierno, la ciencia, la ley y la religión determinan el destino de los miles de soldados que se dan cita en un campo de batalla. (…) En última instancia, la guerra consiste en matar. Su crónica resulta absurda cuando el historiador ignora o pasa por alto la trascendencia de las muertes que ocasiona.

La idea de estudiar algunas «batallas decisivas» elegidas de modo arbitrario ha caído en descrédito.

Las grandes batallas se estudiaban también por ser consideradas dignas de un análisis ético y moral. (…) Sin embargo, me propongo recuperar el decimonónico género de las grandes batallas debido a un propósito enteramente distinto al de revelar lo que sucedió en algunas horas decisivas de la historia o establecer algún postulado acerca de la gallardía de la guerra. Y es que en las batallas se produce también una suerte de cristalización cultural. En la batalla, los principios más sutiles y ocultos de una sociedad, que hasta el momento parecían o bien turbios o bien indefinidos, adquieren un carácter afilado y preciso y con una impiedad y resolución desconocidas se aplican a una sola finalidad: el asesinato organizado.

Ninguna tribu de indios americanos, ningún impi zulú podría haber reunido, asistido, armado -y hecho matar y reemplazado- a tantos cientos de miles de hombres para combatir durante meses y meses por una causa tan políticamente abstracta como la suerte de una nación Estado.

Incluso tras la caída del Imperio romano, Occidente, presuntamente atrasado y muy inferior a las culturas de China y el mundo islámico, conservó una fortaleza militar que ni por población ni por territorio parecían corresponderle. Durante la alta Edad Media, los bizantinos hicieron gala de una gran maestría en el empleo del «fuego griego», lo que permitió a sus flotas imponerse a escuadras islámicas numéricamente superiores; esto sucedió, por ejemplo, en el año 717 con la victoria de León III sobre la flota mucho mayor del califa Solimán. La invención de la ballesta (h. 850) -que podía fabricarse con mayor rapidez y a menor coste que los mortíferos arcos compuestos- permitió poner a disposición de miles de soldados relativamente poco entrenados un arma letal. Desde el siglo VI hasta el siglo XI, los bizantinos mantuvieron la influencia europea sobre Asia; tras el siglo X ningún ejército musulmán volvió a penetrar en Europa occidental; la Reconquista fue lenta pero firme y progresiva. En cierto sentido, por lo demás, la caída de Roma supuso la expansión de Occidente hacia el norte, puesto que las tribus germánicas comenzaron a establecerse, cristianizarse y occidentalizarse como no lo habían hecho hasta entonces.

Toda idea es en parte presa del tiempo y del lugar donde nace. Gran parte de la sociedad de la antigua Grecia nos parecería hoy extraña, si no sucia y vulgar, a la mayoría de los occidentales. De las polis jamás habría surgido una Declaración de Derechos, nosotros jamás pondríamos nuestras sentencias judiciales en manos del voto mayoritario de un jurado masivo que desconocía el derecho de apelación a un tribunal superior. En nuestro tiempo, Sócrates habría leído el decreto que le daba derecho a guardar silencio, habría apelado con asesoramiento legal gratuito, jamás habría declarado en su contra y, una vez, preso, habría salido en libertad con fianza y, tras el juicio, habría apelado la sentencia durante años. Por lo demás, su mensaje, que a los ojos de sus pares atenienses caía en el más puro radicalismo, nos parecería, por el contrario, una manifestación en extremo reaccionaria. La clave no está en mirar el pasado esperando ver el presente, sino en identificar en la historia, mirando a través del tiempo y del espacio, las semillas del cambio y de lo posible. En este sentido, Wall Street  está mucho más cerca del ágora que del palacio de Persépolis, y los tribunales atenienses no son más afines que las leyes dictadas por un faraón o un sultán.

«Ciudadano» es una palabra peculiar que tiene valor sobre todo en el vocabulario de las lenguas europeas. La infantería pesada es también un concepto sobre todo occidental, lo cual no puede sorprendernos si pensamos que las sociedades occidentales tienen en muy alta estima la propiedad privada y en ellas la tierra está en manos de un sector muy amplio de la comunidad. (…) Por el mismo motivo, los europeos han estado prestos a modificar tácticas, robar innovaciones extrajeras y tomar prestados los inventos de otros cuando, en el mercado de las ideas, sus propias tácticas y armas han demostrado su insuficiencia.

La doctrina bélica occidental es con frecuencia una extensión de la concepción política del Estado más que un mero esfuerzo por obtener territorios, riquezas o prestigio personal, o el cumplimiento de una venganza. (…) En resumidas cuentas, hace ya mucho tiempo que los occidentales consideran la guerra como un método para llevar a cabo lo que a la política le resulta imposible y por lo tanto, cuando recurren a ella, se decantan por aniquilar más que por frenar o humillar a quienquiera que se interponga en su camino.

Los especialistas pueden discutir la eficacia de las armas occidentales, el impresionante poder de los ejércitos de China o India, la ocasional masacre de las tropas coloniales europeas, pero en cualquier debate que se plantee deben tener presente que los soldados no europeos nunca atravesaron el océano para llegar a otros territorios, que tomaron prestada otra tecnología militar en vez de difundir la suya, que no colonizaron otros tres continentes y que, normalmente, combatieron a los europeos en suelo propio y no en Europa.