Entre el miedo y la libertad. Los EEUU: de la Gran Depresión al fin de la segunda guerra mundial (1929-1945). David M. Kennedy

Capítulo 2

Pánico

Cuando Herbert Hoover asumió la presidencia el 4 de marzo de 1929, según escribió la periodista Anne O’Hare McCormick, <<estábamos con un ánimo favorable a la magia […]. Todo el país era una vasta y expectante galería, con los ojos dirigidos a Washington. Habíamos llamado a un gran ingeniero para que resolviera nuestros problemas; entonces nos acomodamos en los asientos, confortable y confiadamente, para observar cómo se resolvían esos problemas. Por primera vez el gobierno estaba encabezado por una mente moderna y técnica […]…

Reunidos el 15 de abril, los representantes se enteraron rápidamente de que el nuevo presidente no toleraría ninguna renovación de las propuestas de McNary-Haugen para apoyar económicamente las exportaciones. En cambio, Hoover exigió <<la creación de una gran oficina investida con la autoridad y los recursos suficientes para […] transferir la cuestión de la agricultura del ámbito de la política al reino de la economía>>.

…Hoover (…) 1922 (…) American Individualism (…)

El <<individualismo>> era, después de todo, un concepto que había sido inventado para describir un desarrollo social considerado exclusivo de la sociedad norteamericana. Un siglo antes, Alexis de Tocqueville había sido el primero en hacer circular el término en Democracy in America, donde declaraba que <<el individualismo es de origen democrático>>. Era diferente del mero egoísmo, y en muchas manera más peligroso porque era más aislante. El egoísmo, decía Tocqueville, <<hace que un hombre conecte todo consigo mismo, y que se prefiera a sí mismo a todo en el mundo>>, pero el individualismo era todavía más pernicioso, porque <<dispone que cada miembro de la comunidad se separe de la masa de sus compañeros, y se mantenga aislado>>.

… Hoover sostenía que Tocqueville estaba completamente equivocado; (…) En cambio se interesa por los otros y sostiene una conexión con la comunidad como un todo. En el léxico de Hoover, la palabra que captaba la esencia del individualismo estadounidense era servicio (…) Se trataba de un ideal exclusivamente norteamericano, y que felizmente hacía innecesario que en Estados Unidos se produjera el repugnante crecimiento del poder estatal formal que afligía a otras naciones.

Decididamente, el papel del gobierno no era sustituir de manera arbitraria y perentoria la cooperación voluntaria con la burocracia coercitiva.

Pretendía combatir los episodios de desempleo del futuro con gastos anticíclicos en obras públicas. Ninguna presidencia anterior había actuado con un propósito tan firme y de manera tan creativa ante el declive económico. (…) Dos años más tarde, Hoover consiguió avergonzar a la industria siderúrgica para que abandonaran las asesinas jornadas de doce horas, una vez más sin tener que recurrir a ninguna legislación formal. A lo largo de la década de 1920, había promovido las asociaciones profesionales con el objetivo de estabilizar los precios, proteger el empleo y racionalizar las producción en diversos sectores industriales, todo eso mediante una iluminada cooperación voluntaria entre los empresarios, con el aliento del gobierno.

Mantener el nivel de los salarios, según Hoover, no sólo preservaría la dignidad y el bienestar de los trabajadores como individuos. También sostendría el poder adquisitivo en la economía como totalidad y de esa manera detendría su declive al impulsar el consumo, una teoría económica que más tarde se adjudicó a la revolución keynesiana pero que en realidad era bastante común entre los analistas económicos de la década de 1920, y que Hoover entendía bien.

A pesar de la Conferencia Presidencial sobre el Desempleo de 1921 se había solicitado una mejor información sobre la situación de la fuerza laboral, en la práctica no existían datos fiables sobre el desempleo. Sólo en abril de 1930 los estadísticos intentaron por primera vez llevar a cabo una medición sistemática del paro. Todavía un año más tarde, a mediados de 1931, los legisladores seguían divinando, sobre la base de anécdotas, impresiones e informes fragmentarios, el número de desempleados.

En el sector crucial de la construcción, que desde hacía mucho tiempo antes se reconocía como una herramienta anticíclica potencialmente poderosa, los estados invertían muchísimo más que el gobierno federal.

El mismo Hoover, en una declaración que más tarde lo perseguiría, proclamó ante la Cámara de Comercio de estados Unidos el 1 de mayo de 1930: <<Estoy convencido de que hemos pasado lo peor y de que con un esfuerzo continuo nos recuperaremos rápidamente>>.

Considerando la información de que se disponía, ya dada la escala con la que se podían medir los acontemcimientos de finales de 1929 y principios de 1930, esas declaraciones no eran tan escandalosas como parecieron en años posteriores. (…) En abril de 1930 la bolsa había remontado un quinto de su deslizamiento descendente desde el pico especulativo del otoño anterior. Algunos bancos rurales habían comenzado a quebrar, pero el sistema financiero como un todo había demostrado hasta el momento una sorprendente resistencia en los momentos inmediatamente posteriores al Crac; de hecho los depósitos en los bancos miembros de la reserva Federal que todavía operaban aumentaron a lo largo del mes de octubre de 1930. Los informes todavía fragmentarios sobre el desempleo eran preocupantes pero no desproporcionadamente alarmantes.

Pero la realidad, que aún era sólo vagamente visible en los magros datos estadísticos que el gobierno podía reunir en ese entonces, era que la economía continuaba su desconcertante tendencia descendente. A finales de 1930 las quiebras de empresas habían alcanzado un récord de 26.355. El producto interior bruto había caído un 12.6 por ciento con respecto al nivel de 1929. Especialmente en la industria de bienes durables la produccción había disminuido violentamente; hasta el 38 por ciento en algunas plantas siderúrgicas, y en una proporción similar en la industria clave de la fabricación de automóviles, con enormes reducciones en el empleo. A pesar de los discursos públicos, en la práctica las empresas privadas estaban reduciendo la inversión en la construcción; de hecho, ante el debilitamiento de la demanda de 1929 las empresas ya habían limitado la construcción en comparación con el punto máximo alcanzado en 1928, y en 1930 la disminuyeron todavía más. El número de exacto de trabajadores despedidos sigue siendo una conjetura; algunos estudios posteriores demostraron que en 1930 alrededor de cuatro millones de personas se quedaron sin trabajo.

<<Nuestro sistema bancario era el eslabón más débil de todo el sistema económico -creía Hoover-, el elemento más sensible al miedo […] la peor parte de la desesperada tragedia con la que yo tuve que lidiar>>. Los bancos estadounidenses estaban podridos incluso en los períodos buenos. Durante la década de 1920 quebraban a un ritmo de más de quinientos por año. El año 1929 hubo 659 quiebras de bancos, una cifra que todavía se encontraba dentro de la media normal de la década. Luego, con una rapidez enfermiza, seiscientos bancos cerraron sus puertas los últimos sesenta días del año, lo que llevó el total anual a 1.352.

…en 1930 apenas 751 bancos estadounidenses operaban con sucursales. La abrumadora mayoría de los bancos norteamericanos era, para las cuestiones prácticas, instituciones solitarias (…) que sólo podían apelar a sus propios recursos si se producía una situación de pánico.

…a fines de 1930 (…) Muchedumbres de ahorradores se amontonablan a gritos frente a las ventanillas de los cajeros para retirar su dinero. Los bancos, a su vez, se apresuraron a preservar la liquidez frente a esos reintegros acelerados cobrando préstamos y vendiendo patrimonios. Cuando los bancos acosados buscaron efectivo desesperadamente lanzando sus portafoliso de bonos y propiedades inmobiliarias al mercado (un mercado ya deprimido por el Crac de 1929) lograron disminuir aún más el valor de esos bienes en entidades que en otros aspectos eran sólidas, lo que puso en peligro todo el sistema bancario.

En un primer momento la fiebre del pánico sólo afecto a los bancos rurares, crónicamente anémicos. Pero el 11 de diciembre de 1930 atacó las zonas aledañas al sistema nervioso central del capitalismo norteamericano cuando el Bank of United States de Nueva York cerró sus puertas. El Bank of United States, coloquialmente conocido como <<el Banco de los Planchadores de Pantalones>>, era propiedad de y estaba dirigido por judíos y contenía los depósitos de miles de inmigrantes judíos, muchos de ellos empleados en la industria del vestido.

El cierre del Bank of United States represetaba la mayor quiebra de un banco comercial en la historia del país hasta ese momento. (…) El mismo nombre del banco hizo que mucha gente tanto en el país como en el extranjero lo considerara como una especie de institución oficial, lo que amplificó el temible efecto de su derrumbe. Más importante fue que el fracaso del Sistema Federal de Reserva a la hora de organizar una operación de rescate, según las palabras de un banquero del norte del estado de Nueva York, <<había resquebrajado la confianza en el Sistema Federal de Reserva más que cualquier otro suceso de los años recientes>>.

Algunos observadores consideraban que el pánico bancario de fines de 1930 era el último y terrible espasmo de la enfermedad económica que había comenzado un año antes.

Lo que los bancos necesitaban en ese momento crítico era liquidez, es decir, dinero para responder a las demandas de sus clientes. Pero se daba un efecto perverso: el esfuerzo de los bancos individuales para mantener la liquidez contraía el suministro de dinero, endurecía el crédito, e inexorablemente obturaba el sistema en su conjunto.

Hasta principios de 1931, la depresión norteamericana parecía en gran medida ser producto de causas norteamericanas. Una década de estancamiento en la agricultura, disminución de ventas en los mercados de automóviles y de viviendas, los abusos piratas de Wall Street, la espeluznante evaporación del valor de los bienes en el Crac, los males de un anárquico sistema bancario, eran, sin duda, problemas suficientes.

El economista esperanzado. Leopoldo Abadía

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EL CAPITALISMO

La calle Mandri, la Capitalism Street, es una calle en la que todos son capitalistas. Por el lado derecho, subiendo -la calle está en cuesta-, uno se encuentra con una pastelería, una relojería, un bar, una ferretería, una joyería… Por el izquierdo, un bar -al que voy a desayunar-, otro bar -al que voy a tomar una copa con mi mujer antes de cenar-, otro bar -al que todavía no he ido, pero todo se andará-, una tienda de flores, una tienda de ropa para niños, una pescadería…

Capitalismo puro. todos esos negocios son producto de personas que tuvieron una idea y la pusieron en práctica. Se jugaron <<su dinero>>. Y contrataron personas, y pagaron impuestos, y dieron de comer a gremios diversos -carpinteros, albañiles, electricistas…- que, a su vez, contrataron personas, pagaron impuestos, etc.

(…) E incluso, todos ellos dieron de comer a una oficina bancaria que hay en la calle, porque abrieron cuentas allí, pidieron créditos y, curiosamente, ¡los devolvieron puntualmente, pagando los intereses correspondientes!.

Según el último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE), en España hay 3,25 millones de empresas, de las cuales más de la mitad no tienen a nadie asalariado. Si a ellas les sumamos las que solo tienen a uno o dos asalariados, resulta que ocho de cada diez empresas en este país tienen dos o menos asalariados. Con lo cual, cuando hablamos del tejido empresarial y de lo importante del capitalismo no nos referimos solo a Telefónica, Repsol o Inditex.

El capitalismo tiene sentido. Yo tengo cien acciones de Inditex. Amancio Ortega tiene más. Cuando en esa empresa deciden repartir dividendos, a él le tocan más que a mí, porque él se juega más que yo.

Mientras tanto, el señor Ortega y yo, gracias a que nos jugamos nuestros dineros -él más que yo-, hemos dado trabajo en el mundo a 109512 personas -datos del ejercicio 2011-, cantidad inferior a los que caben en el Nou Camp, pero respetable de todas maneras.

…: un país con cuarenta y siete millones de personas con iniciativa y que no esperen nada del Gobierno es riquísimo y un país con cuarenta y siete millones de personas sin iniciativa y que lo esperen todo del Gobierno es paupérrimo.

Oigo hablar mucho del capitalismo salvaje. (…) lleva a pensar que lo primero en el mundo soy yo, y luego yo, y luego yo.

En este terreno hay que darse cuenta de que eso de que llaman el capitalismo salvaje no es otra cosa que <<unos cuantos salvajes que hacen de capitalistas>>.

Y cuando el salvaje es caníbal te come. Cuando es futbolista va por tu ligamento cruzado; cuando es controlador aéreo va a por tus vacaciones; cuando trabaja en una empresa intenta hundirla; y cuando es empresario va a por los trabajadores de su empresa a ver si les puede hacer la vida imposible, y va a por los clientes a ver si les puede estafar, y va a por los proveedores con la intención de apretarles por el cuello hasta que saquen la lengua y se les salgan los ojos de las órbitas.