Tipos diversos. G.K. Chesterton

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CARLOS II

…Carlos II representaba algo extraordinariamente peculiar y satisfactorio: era un escéptico auténtico y consecuente. El escepticismo, con sus ventajas y desventajas, ha sido bastante mal entendido en nuestro tiempo. Fuera de nuestras fronteras, existe la curiosa idea de que el escepticismo guarda alguna relación con teorías como el materialismo, el ateísmo y la secularidad. (…) El verdadera escéptico es tan espiritualista como el materialista. Cree que la danza salvaje en torno a un ídolo africano tiene tantas probabilidades de ser acertada como las ideas de Darwin. Considera el misticismo tan racional como el propio racionalismo, y alberga, desde luego, las más profundas dudas sobre si fue San Mateo quien escribió su evangelio, aunque no menos profundas que son sus dudas acerca de si el árbol que tiene delante es verdaderamente un árbol o un rinoceronte.

…se mostró con especial prominencia en la vida de Carlos II. Me refiero a su constante oscilación entre el ateísmo y el catolicismo romano. Cierto es que los católicos romanos constituyen un gran sistema fijo y formidable, pero lo mismo ocurre con los ateos. (…) Se trata, en realidad, de la afirmación de una negación universal, pues para un hombre, decir que no existe Dios en el universo es como decir que no existen insectos en ninguna estrella.

Cuando recibió el Sacramento de la Iglesia Romana en su última hora, estaba actuando conscientemente como un filósofo. La Hostia podía no ser Dios, pero del mismo modo podía no ser una oblea.

Pero el problema fundamental que nos plantea Carlos II radica en que apenas si tenía una sola virtud moral en su haber, y aun así nos atrae moralmente.

Los puritanos fracasaron en el hecho irrefutable de poseer una teoría completa acerca de la vida, en la paradoja eterna de que una explicación satisfactoria jamás puede satisfacer.

Escribir El Paraíso Perdido habría parecido a los poetas de Carlos II un trabajo tan arduo como recuperar el propio Paraíso.

Quizás no haya otra expresión de significado tan terrible como la de <<matar el tiempo>>. Es una imagen imponente y poética, la imagen de una especie de parricidio cósmico. Existe en la tierra una raza de rebeldes que, bajo toda su apariencia entusiasta, considera al tiempo fundamentalmente un enemigo. A esta raza pertenecieron Carlos II y los hombres de la Restauración. Cualesquiera que pudieron haber sido sus méritos, pues, como hemos dicho, creemos que los tuvieron, nunca lograrán un lugar entre los grandes representantes de la alegría de vivir. Pertenecieron a esos epicúreos de rango inferior que matan el tiempo frente a los grandes epicúreos que hacen al tiempo vivir.