La Escuela de Chicago de Sociología. Josep Picó e Inmaculada Serra

LA ECOLOGÍA HUMANA: R.E. PARK Y E. BURGESS

Otro cambio todavía más importante fue, como hemos visto, el crecimiento del sector terciario y, por tanto, de la burocratización, la aparición del profesional asalariado y la transición del empleo desde el sector manufacturero al de los servicios. El crecimiento del comercio, el transporte, las comunicaciones y los servicios profesionales tuvo como consecuencia la aparición y extensión de una nueva clase media, sobre todo en las ciudades. La población activa en los sectores primario y secundario permaneció estable en esa década, pero su peso disminuyó a la del sector terciario, de tal manera que mientras la clase trabajadora se multiplicó por seis desde 1870 a 1940, la clase media se multiplicó por ocho y la nueva clase media por dieciséis.

A esto contribuyó también la reforma y expansión del sistema educativo. Las universidades y los <<colleges>> comenzaron a ofrecer cursos especializados en derecho, periodismo, educación, servicios sociales y gestión de los negocios. Muchos de estos profesionales formaron el cuerpo más consistente de las clases medias agrupándose en estructuras regionales y locales para defender sus intereses, como hicieron los ingenieros, abogados, empresarios, sanitarios y otros, que poco a poco tomarían conciencia de su protagonismo social. De ahí que Parsons hablase, poco después, de la importancia de la revolución educativa en las sociedades modernas, y dedicase algunos de sus escritos más importantes a la sociología de las profesiones.

La conflictividad se desplazó a otros sectores y grupos, sobre todo a los inmigrantes y a los negros, por sus problemas de anomia e integración en la cultura original americana.

A estos problemas étnicos y raciales se unió la violencia que invadió el mundo de los negocios asociada al contrabando, el robo y la extorsión. El crimen organizado, sobre todo en algunas ciudades como Chicago, las bandas juveniles, la prostitución y la ayuda a los marginados captaron la atención de los primeros sociólogos y se convirtieron en el centro de sus investigaciones. La ciudad que había crecido de manera desorbitada, sin orden ni planificación, era el laboratorio perfecto donde se concentraban todos estos problemas.

En Europa esta problemática no era novedosa. Como han puesto de relieve estudiosos, la literatura, sobre todo la novela que normalmente se adelanta a la sociología en la detección de los problemas sociales, había descrito ya la miseria, la delincuencia y el crimen de las nuevas ciudades industriales, como se podía leer en Los Miserables de Víctor Hugo, en Cocketown, la ciudad minera de Tiempos Difíciles de Dickens, y en otros escritos que ponían de manifiesto las consecuencias sociales del nacimiento de la sociedad industrial y el capitalismo.

Los progresistas creyeron que la prohibición disminuiría la pobreza, reduciría el crimen, fortalecería las familias y ayudaría al buen gobierno, pero esta ley fracasó porque las clases altas y medias consumían alcohol como símbolo de estatus, y la prohibición fomentó más las ventas porque su control cayó en manos de los inmigrantes.

La figura más representativa de este período fue R.E. Park (1864-1944), (…) Estaba convencido de que el conocimiento de la vida urbana y su geografía tenían que hacerse investigando la realidad tanto de los grupos más influyentes como de los marginados, la verdadera imagen de la sociedad se conseguía con la observación diaria y concreta tanto en los juzgados, donde se dirimían los conflictos amparados por la legalidad, como en los tugurios, donde imperaba la más absoluta ilegalidad.

[Simmel] La ciudad moderna es el centro neurálgico de la diferenciación social, de la complejidad de las relaciones sociales, de los grupos más o menos definidos, y ofrece también la posibilidad de la indiferencia ante el prójimo. La reserva social prevalece en la interacción como medio para preservar la distancia, la afirmación individual. A su vez la lucha por singularizarse conduce a las excentricidades como manera de ser diferente, de distinguirse de los demás. Así pues, el fundamento psicológico del tipo de la personalidad urbana es el incremento de la vida nerviosa como resultado del cambio rápido de los estímulos externos e internos. El bombardeo constante de los sentidos, con el ritmo cambiante de las impresiones, produce una personalidad neurasténica que genera una distancia entre nosotros y nuestro entorno social y físico, una barrera que es indispensable para la forma de la vida moderna, que nos obliga a cerrarnos físicamente a un gran número de personas.

La metrópolis es un lugar de colectividades indefinidas. El individuo enfrentado a la masa busca la autopreservación. Los problemas fundamentales de la vida moderna derivan de la afirmación del individuo por preservar su autonomía y la individualidad de su existencia. Por eso el ritmo apresurado y los estímulos cada vez mayores de la ciudad exigen de los hombres mayor conciencia e inteligencia, expresada en el nivel de la puntualidad y la exactitud. Estas mismas fuerzas provocan en las personas reserva y antipatía, características exclusivamente urbanas. El aumento de la inteligencia es un medio de proteger al individuo contra los flujos del ambiente urbano que amenazan con desbordarle. Reserva y antipatía son necesarias para protegerse contra la indiferencia y contra muchos de los contactos personales no deseados.

Pero Park (…) comentó más tarde: <<se había recogido una gran cantidad de información solamente con el propósito de determinar qué e slo que había que hacer en cada caso determinado. Se estudiaban los problemas sociales para apoyar un determinado tipo de teorías, pero no de manera científica para validar hipótesis>>.

Entender el mundo no significaba implicase en su transformación.

El primer problema que tiene que resolver todo agregado de seres vivos es el de la lucha por la existencia y, por tanto, el de la adaptación de las especies al medio ambiente. Esto implica en primer lugar competencia y, por tanto, conflicto. Ahora bien, particularmente en el caso del grupo humano, la adaptación se produce también mediante la modificación del medio a través de un proceso de división del trabajo que requiere formas de cooperación, y en definitiva un sistema cultural que regule la lucha por la existencia y permita el establecimiento de relaciones de solidaridad.

Para Park, el hombre marginal contempla la figura tanto de la persona que se desenvuelve entre dos culturas, es decir la suya de origen, más primitiva y simple, y la de llegada, más compleja y sofisticada, como la de los pueblos marginales, por ejemplo los negros de Luisiana o los blancos apalaches, que viven a medio camino entre la organización tribal y la estructura urbana de las ciudades modernas.

De ahí que aun cuando los ejemplos más evidentes de esta situación sean el campesino que deja el ámbito rural para entrar en la ciudad o el inmigrado que deja su país y sus costumbres y está solo para afrontar los nuevos retos de la ciudad, sin embargo, el caso que más interesa es el inmigrado de segunda generación, que durante algunos años de su vida se encuentra en una situación parecida, y para dar el paso definitivo hacia la integración son muy importantes los grupos secundarios de socialización.

El economista esperanzado. Leopoldo Abadía

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LA EDUCACIÓN

Se calcula que en 2009 había más de setecientas causas de corrupción política tramitadas en nuestro país. De todos los colores, niveles, tamaños y amplitudes. Algunas afectan solo a una región, otras a una ciudad y otras a las líneas de flotación de la estabilidad de España. Es decir, que aquí hay gente con serios problemas de decencia en todos los estratos, y eso es doloroso.

Porque no solo es un tema de falta de decencia y de educación: se trata de una confusión total del cometido que un cargo público tiene para con la sociedad; en concreto, para conmigo. Yo le he puesto allí para que trabaje para mí. Si roba, se le debe castigar. Si hace favores, se le debe castigar. Si no está a mi servicio, se le debe castigar. Eso es la esencia de la democracia y lo que, lamentablemente, estamos evitando hacer.

Estos tipos no son inmorales, sino algo peor: son amorales.

(…) que nos da lo mismo el bien que el mal, lo que nos está pasando: que nos da lo mismo el bien que el mal, porque no los distinguimos, y que lo que obligación y sanción, o lo de derechos y obligaciones, se nos ha ido por el humo de la chimenea.

[La revolución educativa] Hay que empezar <<hoy>>, por dos razones: la primera, porque no empezamos <<ayer>>, y la segunda, porque no tenemos tiempo.

La revolución educativa empieza por la familia, como natural. (…) Todavía no nos hemos enterado de que el inglés es necesario como el comer y, fundamentalmente, para comer.

La revolución educativa continúa en el colegio. (…), la educación de los hijos es responsabilidad <<única y exclusiva>> de los padres. El colegio, la universidad y la escuela de negocios colaboran, pero no arreglan los estropicios que los padres hagan en casa.

Ahora no ha dado por hablar de la cultura del esfuerzo, como si fuera algo nuevo y cuando todos sabemos que la cultura de la vagancia no ha sido cultura nunca.

Yo pienso que no hay que trabajar más horas -el que no las trabaje, sí, por supuesto-. Lo que hay que hacer es que <<cada hora de trabajo sea una hora de trabajo>>, bien empezada, bien desarrollada, bien terminada.

Y es que eso de irse a hacer las <<germanias>> da que pensar. Porque, de pronto, haces caso de aquello de tomar una hoja en blanco y establecer una comparativa entre el trabajo de allá y el trabajo de acá, y tomas el informe de la OCDE (Organización seria, con muchos años encima (de del año 61 del siglo pasado) y miles de trabajadores que intentan coordinar temas económicos entre los países que lo conforman-, y lees que, en 2009, los españoles trabajaron 1653 horas anules y que los alemanes apenas 1400. O sea, que trabajamos más y, para más inri, cobramos menos: un alemán tiene un sueldo medio de 42200 euros al año y el español apenas 23000. Casi la mitad.

Y como hay datos para todo, leo, concretamente, que la productividad por hora trabajada del alemán medio fue del 93,5 por 100 del Producto Interior Bruto (PIB) y que en España es del 82,2 por 100.