Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Alfonso Lazo

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1936-1937. La Falange crece

 

… no es exagerado decir que en la provincia de Sevilla las clases trabajadoras constituyeron, a partir del 18 de julio, la mayoría militante de Falange, con una altísima presencia de jornaleros. (…) es legítimo pensar que lo mismo ocurría en toda la zona dominada por Queipo de Llano y, seguramente, en toda la España llamada Nacional.

En Sevilla, y en realidad en toda España, la Falange inicial, la que va desde su fundación en 1933 al triunfo del Frente Popular, fue más que nada un grupo de señoritos. En sus escuálidas filas, organizadas en «centurias» -grandilocuente término que jamás llegó a albergar a cien militantes-, había un puñado de obreros -sobre todo antiguos comunistas y anarquistas-, bastantes estudiantes -más de bachillerato que de universidad-, profesionales de la clase media y unos pocos militares. El tono lo daban los señoritos: latifundista de secano y aristócrata que frecuentaban los bares y restaurantes caros y eran socios de clubes y círculos selectos. Jose Antonio Primo de Rivera era él mismo un aristócrata, y su primo, fundador de la Falange en Cádiz y Sevilla, Sancho Dávila, otro noble terrateniente.

La afluencia multitudinaria que siguió al 18 de julio alteró de modo radical el rostro de FE-JONS, convirtiéndola en una organización de masas donde la masa de jornaleros y trabajadores representaba la mayoría.

Para la mentalidad ultraconservadora no fascista el pueblo bajo era el «pobre», el «servidor», el «trabajador honrado» que gorra en mano inclinaba la cabeza ante los señores. Para el fascismo, muy al contrario, las masas proletarias debían ser integradas en el movimiento, incluso si alguno de estos trabajadores procedía originariamente de la izquierda militante. El trabajador se convertía así en un camarada que luchaba codo con codo junto a las otras clases sociales por la grandeza de la nación.

… la camisa azul -color proletario de los monos de trabajo-, el «tuteo»- que tanto molestaba a la derecha española- y las invocaciones a una necesaria revolución social -que encrespaba a los tradicionalistas-, por muy gestos retóricos que fueran, causaron efecto y las masas acudieron.

Durante las primeras semanas de la Guerra Civil, el partido joseantoniano fue un paraguas protector bajo el que buscaron refugio todos aquellos que temían ser tildados de izquierdistas y corrían el riesgo de la cárcel o el paredón: las masas jornaleras, los obreros, los más pobres, habrían sido atraídos hacia la Falange por una búsqueda de seguridad. (…) Si entre todos los partidos de derechas y milicias únicamente creció FE de manera espectacular fue porque sólo FE estaba utilizando el clásico discurso «integrador» fascista.

La afluencia de trabajadores a Falange no pasó desapercibida ni al Ejército, ni a la Iglesia, ni a los carlistas, ni al conjunto de la derecha española.

El 8 de noviembre de 1936, en un pueblo de la sierra de Cádiz, Olvera, se repartía a la una de la tarde el rancho que suministraba diariamente la Junta Benéfica local; un organismo integrado por el párroco, la autoridad militar y los más ricos de la población, pero donde no estaba representada la Falange, que tenía, como veremos, sus propios comedores colectivos. En la fila, a la espera de la sopa caliente y un pedazo de pan, aguardaban dos centenares de mujeres hambrientas. De pronto, comenzó una pelea entre ellas. Los dos guardias municipales que mantenían el orden desenfundaron sus porras y, con una extrema violencia, comenzaron a golpear a diestro y siniestro. Algunas mujeres con sus famélicos hijos en los brazos rodaron por los suelos.

Cerca de allí montaba guardia el falangista de 23 años José Sánchez, de profesión jornalero. No se quedó indiferente ante el tumulto, y se acercó a los municipales para reprocharles el comportamiento bárbaro que estaban teniendo: «Bien está ya, hombres, que son mujeres y niños y se encuentran desmayadas». El desorden agravóse, porque los dos policías del ayuntamiento la emprendieron también a golpes con José Sánchez. Lo que ocurría, empero, es que el falangista estaba armado, y se echó el fusil al hombro en medio de grandes gritos y de una multitud de vecinos que habían acudido ante el escándalo. Sólo la intervención de la Guardia Civil impidió un intercambio de disparos. Después, intervino el Ejército que detuvo y condenó a un mes de arresto al militante de FE. Lo cual, a su vez, llevó a intervenir a la Falange local de Olvera que publicó un comunicado donde condenaba a los guardias municipales y defendía la actuación del camarada en favor de «mujeres indefensas y necesitadas».

Este suceso del pueblo gaditano, del que han quedado abundantes documentos en el Archivo Militar de la Segunda Región, no fue una anécdota aislada y sin valor histórico, sino que representa, por el contrario, muy bien la manera en que la Falange Española se veía a sí misma, y la manera en que la veían sus socios de la derecha.

…, desde el 18 de julio los militares estaban poniendo bajo su dominio directo tanto las milicias de Falange como las del Requeté…

Franco, inaugurando con ello una práctica política que utilizaría durante cerca de 40 años y que consistía en tener permanentemente desunidos y enfrentados unos contra otros a sus colaboradores,…

Sin duda, la falta de independencia del Requeté frente al Ejército no fue el único problema de la Comunión Tradicionalista.