Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Alfonso Lazo

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Nacionalcatolicismo contra catolicismo nacional

Entre los más frecuentes errores a los que conduce la confusa conceptuación de los fascismos y la incomprensión del pensamiento falangista, se encuentra el de endosar a Falange la paternidad de lo que se suele llamarse nacionalcatolismo, columna vertebral del régimen franquista. La realidad histórica es justamente la contraria: el triunfo del nacionalcatolicismo, dentro del sistema creado por el general Franco, y que duraría larguísimos años, representó de hecho el fracaso de la Falange, pues la idea que nuestros fascistas domésticos se hacían de lo religioso, de la Iglesia y del catolicismo -algo que podemos denominar «catolicismo nacional»- resultaba del todo incompatibles con el nacionalcatolicismo de clérigos, derechistas varios y militares.

El término que acabamos de utilizar, «catolicismo nacional», no es en absoluto arbitrario. Responde a una expresión jonsista de la primera hora antes de que las JONS, grupúsculo fascista liderado por Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, se fusionasen con la Falange de José Antonio en 1934- tomada de una circular, con fecha de julio de 1933,…

En el punto tercero de aquel documento se contraponía el «catolicismo nacional » (el entrecomillado es del texto») a cualquier otra forma de ser católico;…

…el clero no podía interferir y entorpecer ese catolicismo imperial que en la historia del momento representaba la Falange; (…) Lo cual significa, en suma, que Falange no ocultaba su pretensión de construir un Estado católico; pero católico en cuanto históricamente catolicismo e imperio habían sido inseparables. (…) mientras para el nacionalcatolismo España, elegida por Dios, cumplía su vocación manteniéndose firme en la fe y obediente a la Iglesia, a su clero y a su moral, para el catolicismo nacional falangista España, elegida por Dios, mantenía su fe a través de la evocación imperial que la Falange encarnaba.

La Iglesia de la época, y mucho más la Iglesia española, consideraba el liberalismo y la democracia como un peligroso enemigo a combatir; de aquí su apoyo incondicional a Franco. Lo que los eclesiásticos reclamaban en el texto que acabamos de reproducir era libertad de expresión para ellos solos, y no en absoluto la desaparición de la censura que la misma jerarquía católica pretendía ejercer sobre el conjunto de la sociedad.

Como veremos en el próximo capítulo, cuando la Iglesia de aquellos años hablaba de «derechos» se estaba refiriendo únicamente a los «derechos de la Iglesia»; esto es, al derecho de la Iglesia a dirigir las conciencias y no a los derechos humanos.

Lo que sí hubo fue una tensión permanente entre clérigos y falangistas por el dominio del pensamiento;…

…Auxilio Social.

En pleno fragor de la contienda, en enero de 1937, el primer Consejo Nacional de la Sección Femenina de Falange acordó cambiar el sentido de la beneficiencia, según cuenta la escritora falangista Mercedes Formica en sus memorias: la «caridad» debía quedar relegada al fondo de las conciencias, y ser sustituida por la justicia social. (…) la viuda de Onésimo Redondo creó en Valladolid los primeros hogares infantiles que pronto pasarían a ser llamados Hogares del Auxilio Social, donde se acogía a los huérfanos de familias pobres sin distinciones políticas. Con el tiempo, a lo largo de la vida del franquismo, esos lugares de acogida se convirtieron en algo espantoso que recuerdan con pavor los que por ellos pasaron. Pero al principio no era así; (…) Tales instituciones se extendieron por toda la España nacional; daban preferencia a los hijos de los vencidos, y mantenían un tono seglar bien diferente a las Conferencias de San Vicente de Paúl que habían caracterizado la caridad de las derechas. Apenas terminada la Guerra Civil, la Iglesia colocó allí sus manos y, otra vez, en competición con Falange logró dar un tono completamente distinto a la educación de los niños acogidos al Auxilio Social.

Mientras para la Falange los Hogares eran centros donde se educaba en los valores del fascismo a los hijos de los que el mismo fascismo había fusilado, Cantero, en un folleto titulado La hora católica de España, sostenía que el Auxilio Social tenía como primer objetivo: «la recristiniazación de las masas españolas que habían apostatado».

Mercedes Sanz Bachiller era la esposa de Onésimo Redondo, unos de los fundadores, junto con Ramiro Ledesma Ramos, de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas); grupúsculo netamente fascista que en 1934 se fusionó con la Falange de José Antonio.

Después de la muerte de su marido, Mercedes Sanz Bachiller no se encerró en su casa como una clásica viuda castellana de la época, sino que con una actividad enorme buscó mitigar en lo posible los horrores de la guerra, muy especialmente entre los huérfanos y las viudas de los combatientes del llamado bando rojo; huérfanos y viudas que lo eran, en gran medida, a causa de los fusilamientos que llevaba a cabo, junto ocn los militares y los carlistas, la propia Falange. El trabajo de Mercedes que era militante de la Sección Femenina que dirigía Pilar Primo de Rivera, fue, al menos al principio, del todo desinteresado, y respondió a una auténtica preocupación por integrar en el bando vencedor a los vencidos. Recibió en este trabajo la ayuda inestimable de otro jonsista antiguo amigo de Onésimo Redondo, Javier Martínez de Bedoya, quien terminó contrayendo matrimonio con Mercedes.

… inspirándose en el Auxilio de Invierno alemán, incluso tomando de él el mismo nombre, empezaron prácticamente por su cuenta y riesgo a prestar ayuda, junto con un grupo de camaradas de partido, a la víctimas más desamparadas de la guerra, con especial atención a los hijos de los fusilados. Pero en 1936, y en Valladolid, los hijos de los fusilados eran forzosamente los hijos de los rojos. (…) proporcionaba muchísimo prestigio a la Falange.

La cosa empezó, …, en Valladolid, con la apertura de algunos locales atendidos por voluntarias, y en los que se repartía gratuitamente comida caliente. No era una obra de caridad ociosa: sin ella muchas mujeres y niños habrían muerto de hambre. (…) La comida había que comprarla, además de cocinarla, así que aquellas muchachas pasaban una buena parte del día recorriendo las calles de la ciudad castellana con una hucha en la mano, y solicitando dinero a cambio de un pequeño emblema de cartón que se colocaba en la solapa de los trajes de las personas que entregaban algún donativo. La primera cuestación fue un éxito; se celebró el 28 de octubre y se recaudaron 46.000 pesetas. Una suma más que considerable para aquel tiempo.

El Auxilio de Invierno rebasó enseguida los límites de la provincia de Valladolid. Después de una entrevista con el general Mola, Martínez de Bedoya quedó incorporado al Cuartel General, y destinado a acompañar, como jefe de Auxilio de Invierno, a las tropas que iban a conquistar Bilbao. Desde entonces, los ejércitos nacionales siempre fueron acompañdos por una sección del Auxilio de Invierno encargada de repartir alimentos de primera necesidad entre la población civil que se acababa de conquistar. (…) Vista hoy por el historiador, la imagen resulta espeluznante: a la vez que se fusilaba a los derrotados, se alimentaba a sus hijos y mujeres.

Junto a los tradicionales comedores colectivos y Cocinas de Hermandad comenzaron a abrirse guarderías infantiles donde las madres trabajadoras podíasn dejar a sus hijos durante la jornada laboral; (…) Se abrieron también centros preventivos de enfermedades infantiles y, por fin, los llamados Hogares para huérfanos que no podían ser atendidos por ningún familiar.

…con las cuestaciones callejeras (…) Una segunda fuente de financiación era la denominada Ficha Azul: donativos mensuales a los que se comprometían en ciudades y pueblos personas acomodadas después de reibir la visita de una representación de la Falange local.

El Auxilio Social, pues, se había convertido en una gran maquinaria benéfica y de propaganda política que buscaba, sobre todo, atraerse a las masas vencidas y depauperadas. (…) Ese afán integrador fascista era incluso visible en el comité director de la institución que dirigían Mercedes Sanz y Martínez de Bedoya. Aparte de ellos, estaba compuesto por los falangistas procedentes de las JONS Jesús Ercilla y Antonio Román; un republicano seguidor de Miguel Maura y muy amigo del doctor Marañón, José Pardo, que ocupaba el puesto de asesor médico para adultos; un republicano de Lerroux, Martínez Tena, que asesoraba jurídicamente a la organización; una antiguo militante de la FUE (Federación Universitaria Española), Eduardo Lozano, que tenía el puesto en el comité de «asesor de arquitectura»; el hijo de un socialista ferroviario, José María Azgote, también arquitecto; una monárquica alfonsina, Carmen de Icaza, y un independiente llamado Pérez Delgado. Y la misma diversidad ideológica nos encontramos en los comités provinciales repartidos por toda España. (…) sus colaboradores (…) entre personas eficaces y capacitadas.

Al principio, como ocurría con la propia Falange, Auxilio Social resultaba algo así como demasiado laico para la beatería rampante y clerical de la España nacionalista. Eso fue lo que llevó a la Iglesia a intervenir. (…) la institución creó en su seno una Asesoría de Cuestiones Morales y Religiosas que, de inmediato, tejió una red de asesores provinciales religiosos que convirtieron los centros de Auxilio Social en lugares de adoctrinamiento del nacionalsocialismo.

El final de la guerra se acercaba (…) ¿Qué pasaría con la llegada de la paz? Porque Mercedes Sanz Bachiller era muy consciente de que la inminenete victoria iba a desmovilizar a las voluntarias al cabo de poco tiempo. Eso fue lo que llevó a redactar un proyecto que creaba un servicio social para la mujer que equivaliese al servicio militar obligatorio de los hombres: las muchachas españolas deberían así destinar algunos meses a trabajar obligatoriamente en las instituciones benéficas de Auxilio Social. Franco aceptó el proyecto (…) Un motivo más para que se reprodujera la hostilidad de Pilar Primo de Rivera hacia aquella institución…

Hostilidad a la que se sumaba la de la Iglesia que seguía viendo (…) demasiado laicismo en los «Hogares». Era como si el clero considerase que Auxilio Social había invadido un terreno acotado de su propiedad: el de la caridad hacia los menesterosos.

El final de la guerra iba suponer la extensión de Auxilio Social a toda España, convertido ya en un enorme organismo. Pero significó también la caída de sus fundadores y el paso de la institución a manos de la clientela política falangista de Pilar Primo de Rivera, que nunca había tenido problemas con los obispos.

Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Alfonso Lazo

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Franquismo y fascismo

Hace algunos años, un prestigioso historiador norteamericano, buen hispanista y que no conoce mal nuestro país, Gabriel Jackson, escribió un artículo de prensa donde hablaba de los años de la Guerra Fría y del papel jugado en ella por Franco. Decía el historiador que a mediados de los años cincuenta, el Gobierno de Estados Unidos, en su enfrentamiento con la Rusia Soviética, se había apoyado en dictaduras fascistas como la del general Franco, repartidas por todo el mundo. Sin duda Jackson, lo acabamos de decir, es un excelente estudioso; pero no es un especialista en el análisis de los fascismo europeos. De ahí el error que cometía con semejante afirmación. Es cierto que el Gobierno americano se apoyó, para enfrentar el poder ruso, en innumerables dictaduras de derechas; sin embargo, a mediados de los años cincuenta, no existía ni una sola dictadura fascista en todo el mundo; y, por supuesto, el régimen del general Franco de aquellas fechas no era un fascismo.

El régimen de Franco era dictatorial, reaccionario, clerical y militar; pero no fascista, aunque una de sus familias, la Falange, sí lo fue. Es posible que quepa calificar de fascista al primer franquismo; esto es, a los años que median entre 1936 y el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

El origen de la confusión está sin duda en que en nuestros días es costumbre llamar fascismo a cualquier cosa que revista un carácter autoritario, no democrático y que pueda ser considerado de derechas. Una confusión, a su vez, que tiene su origen en la misma dificultad que existe para hacer un retrato detallado y realista del fascismo.

De modo que la verdadera naturaleza de todo fascismo -no sólo del fascismo italiano- consistió en un intento, convertido en aberrante, de frenar lo que se percibía como la decadencia de Europa; y ese intento de frenar la decadencia fue también acompañado de otros intentos, que también se convirtieron en aberrantes, de devolver a la propia nación su antigua dignidad perdida. No olvidemos que, inmediatamente después de la Gran Guerra, el libro de Spengler, La decadencia de Occidente, a pesar de los voluminoso y la complejidad de su contenido, se convirtió en un verdadero bestseller del que se hicieron múltiples ediciones en todas las lenguas europeas. Y es que en el período de Entreguerras (1918-1939) amplísimas capas de población estaban convencidas de que Europa había entrado en una etapa decadente. Y que esa Europa decadente se encontraba, por lo mismo, indefensa frente a tres amenazas: la amenaza bolchevique, que a través de la Tercera Internacional buscaba extender la revolución comunista a todo el mundo; la amenaza del capitalismo materialista, que acababa con los valores espirituales y la amenaza de la anarquía social dentro de las naciones.

Así, los fascismos fueron vistos por muchos como los únicos movimientos políticos capaces de detener la ruina, al ser, según su propia propaganda, antibolcheviques, anticapitalistas, antimaterialistas y antidemócratas; y cuyo instrumento era el Estado totalitario, supuestamente eficaz frente a la inoperancia del liberalismo parlamentario y económico que fomentaba la lucha entre clases y partidos.

…la gente que en el período de Entreguerras pensaba que Europa zozobraba en un magma de decadencia, creía también que una prueba de esa decadencia era el pacifismo, muy activo después de los horrores de la guerra de 1914. Pero el discurso fascista identificó pacifismo y cobardía y, en consecuencia, convirtió la violencia en una valor en sí. (…) No, el fascismo, conscientemente, colocó la práctica de la violencia en el centro de su discurso teórico y de su actividad política. Una violencia muy distinta a la derecha reaccionaria que intentaba siempre disimular y ocultar sus actos violentos. Los fascistas, en cambio, los exhibían como timbre de virilidad, valentía y honor.

Las huelgas, las manifestaciones obreras en la calle, los choques con la policía, las ocupaciones de fábricas o de tierras por los campesinos pobres eran hechos interpretados como avanzadillas de la revolución socialista. Estaba en los genes históricos -podríamos decir- de la derecha autoritaria y reaccionaria temer a las masas. Un pensador español, Ramiro de Maetzu, cabeza de fila del ultraconservadurismo patrio, aseguraba en 1935 y en el diario conservador ABC que las masas debían dedicarse sólo al trabajo, permanecer en sus hogares y no hacer política; política que sería un monopolio de la aristocracia de la sangre y de la inteligencia. Los fascistas, por contra, no temían a las muchedumbres. Las invocaban, las concentraban y las movilizaban continuamente.

Para la mentalidad reaccionaria el líder y el pueblo eran cosas bien diferentes: el poder venía directamente de Dios que lo entregaba al líder, y la muchedumbre, en consecuencia, no sólo no tenía nada que decir, sino que resultaba un grave peligro cuando pretendía decir algo. (…) La autoimagen del jefe fascista era muy distinta: un joven lobo, surgido del mismo pueblo gracias a sus cualidades personales, que gobierna revolucionariamente de acuerdo con su propia voluntad, y cuyo poder se legitima por la permanente aclamación de la multitud. El escritor alemán Ernst Jünger, sin duda un reaccionario pero en absoluto un fascista, llamaba al régimen hitleriano el «Demos plebiscitario», es decir, la democracia directa.

Masas fanatizadas y concentradas en estadios y plazas como forma de legitimación fascista; pero también gente manifestándose vestida de uniforme y tremolando estandartes y banderas a fin de reclamar un imperio al que se creía tener derecho.

No existe fascismo sin reivindicación imperial.

Así, Hitler tuvo siempre en mente la ocupación de tierras en el Este de Europa. En sus conversaciones privadas con los más íntimos, al Führer le gustaba comparar el supuesto derecho que tenía Alemania de apoderarse de territorios de pueblos eslavos -que él estimaba racialmente inferiores- con el derecho histórico que habían tenido los americanos de Estados Unidos para ocupar tierras indias.

Menos brutal, aunque no menos expansivo, fue el sueño imperial mussoliniano. El Duce quiso restaurar el antiguo mare nostrum cuyo centro volvería a ser Roma.

Hubo incluso fascismo menores que aspiraron a imperios extravagantes. La Guardia de Hierro rumana, que veía Rumania como una isla latina en medio de un mar eslavo, deseaba dominar los pueblos que la rodeaban. Mientras en Bélgica, el Partido Rexista de Leon Degrelle quería resucitar nada menos que el antiguo Estado de Borgoña…

También la Falange tuvo su mito imperial. Mientras vivió Jose Antonio Primo de Rivera, éste creyó que alguna vez sería posible la unión de España y Portugal con todas las colonias lusas. (…) Luego desaparecido Jose Antonio, y durante los primeros años de la Guerra Mundial que sólo conocieron victorias alemanas, la Falange, aprovechando su amistad con la Alemania nacionalsocialista vencedora, reclamó como imperio todo el Norte de África perteneciente a Francia, lo que ella llamaba el antiguo imperio africano de Carlos V.

«Somos revolucionarios», «vamos a hacer la revolución» se insiste una y otra vez. Mientras para el pensamiento reaccionario la palabra y el concepto de revolución son abominables, el fascismo dice tener como objetivo la «revolución nacional». De ahí viene, en primer lugar, que los fascistas se calificasen a sí mismos como «antiburgueses». Ahora bien, para tal ideología, «burgués» (…) estilo de vida. Burgués era quien rehuía la vida heroica, quien abominaba de la violencia y, en suma, no admiraba la forma de vida militar.

…, en el discurso de todo fascismo hubo una proclamación anticapitalista; no anticapitalismo en el sentido de desaparición de la propiedad privada que el fascismo respetaba al ultranza, sino de desaparición del mercado libre y del liberalismo económico. (…) En él, el Estado controla y dirige la vida económica: fija los precios de los productos, obliga a las empresas a entregar al Gobierno determinadas mercancías e, incluso, señala a los empresarios el tipo de productos que éstos deben poner en el mercado, lo que se distancia de la libertad económica que suele ser el elemento característico y distintivo de una dictadura de derechas clásica.

… no nos puede llevar a olvidar de que los partidos fascistas de Europa llegaron al poder asociados con los reaccionarios.

Cuando, por ejemplo, en 1933, después de haber ganado unas elecciones por mayoría relativa, el presidente Hindenburg encargó a Hitler formar gobierno, su primer gabinete tuvo muchos más ministros reaccionarios que ministros nazis.