Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Alfonso Lazo

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Nacionalcatolicismo contra catolicismo nacional

Entre los más frecuentes errores a los que conduce la confusa conceptuación de los fascismos y la incomprensión del pensamiento falangista, se encuentra el de endosar a Falange la paternidad de lo que se suele llamarse nacionalcatolismo, columna vertebral del régimen franquista. La realidad histórica es justamente la contraria: el triunfo del nacionalcatolicismo, dentro del sistema creado por el general Franco, y que duraría larguísimos años, representó de hecho el fracaso de la Falange, pues la idea que nuestros fascistas domésticos se hacían de lo religioso, de la Iglesia y del catolicismo -algo que podemos denominar «catolicismo nacional»- resultaba del todo incompatibles con el nacionalcatolicismo de clérigos, derechistas varios y militares.

El término que acabamos de utilizar, «catolicismo nacional», no es en absoluto arbitrario. Responde a una expresión jonsista de la primera hora antes de que las JONS, grupúsculo fascista liderado por Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, se fusionasen con la Falange de José Antonio en 1934- tomada de una circular, con fecha de julio de 1933,…

En el punto tercero de aquel documento se contraponía el «catolicismo nacional » (el entrecomillado es del texto») a cualquier otra forma de ser católico;…

…el clero no podía interferir y entorpecer ese catolicismo imperial que en la historia del momento representaba la Falange; (…) Lo cual significa, en suma, que Falange no ocultaba su pretensión de construir un Estado católico; pero católico en cuanto históricamente catolicismo e imperio habían sido inseparables. (…) mientras para el nacionalcatolismo España, elegida por Dios, cumplía su vocación manteniéndose firme en la fe y obediente a la Iglesia, a su clero y a su moral, para el catolicismo nacional falangista España, elegida por Dios, mantenía su fe a través de la evocación imperial que la Falange encarnaba.

La Iglesia de la época, y mucho más la Iglesia española, consideraba el liberalismo y la democracia como un peligroso enemigo a combatir; de aquí su apoyo incondicional a Franco. Lo que los eclesiásticos reclamaban en el texto que acabamos de reproducir era libertad de expresión para ellos solos, y no en absoluto la desaparición de la censura que la misma jerarquía católica pretendía ejercer sobre el conjunto de la sociedad.

Como veremos en el próximo capítulo, cuando la Iglesia de aquellos años hablaba de «derechos» se estaba refiriendo únicamente a los «derechos de la Iglesia»; esto es, al derecho de la Iglesia a dirigir las conciencias y no a los derechos humanos.

Lo que sí hubo fue una tensión permanente entre clérigos y falangistas por el dominio del pensamiento;…

…Auxilio Social.

En pleno fragor de la contienda, en enero de 1937, el primer Consejo Nacional de la Sección Femenina de Falange acordó cambiar el sentido de la beneficiencia, según cuenta la escritora falangista Mercedes Formica en sus memorias: la «caridad» debía quedar relegada al fondo de las conciencias, y ser sustituida por la justicia social. (…) la viuda de Onésimo Redondo creó en Valladolid los primeros hogares infantiles que pronto pasarían a ser llamados Hogares del Auxilio Social, donde se acogía a los huérfanos de familias pobres sin distinciones políticas. Con el tiempo, a lo largo de la vida del franquismo, esos lugares de acogida se convirtieron en algo espantoso que recuerdan con pavor los que por ellos pasaron. Pero al principio no era así; (…) Tales instituciones se extendieron por toda la España nacional; daban preferencia a los hijos de los vencidos, y mantenían un tono seglar bien diferente a las Conferencias de San Vicente de Paúl que habían caracterizado la caridad de las derechas. Apenas terminada la Guerra Civil, la Iglesia colocó allí sus manos y, otra vez, en competición con Falange logró dar un tono completamente distinto a la educación de los niños acogidos al Auxilio Social.

Mientras para la Falange los Hogares eran centros donde se educaba en los valores del fascismo a los hijos de los que el mismo fascismo había fusilado, Cantero, en un folleto titulado La hora católica de España, sostenía que el Auxilio Social tenía como primer objetivo: «la recristiniazación de las masas españolas que habían apostatado».

Mercedes Sanz Bachiller era la esposa de Onésimo Redondo, unos de los fundadores, junto con Ramiro Ledesma Ramos, de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas); grupúsculo netamente fascista que en 1934 se fusionó con la Falange de José Antonio.

Después de la muerte de su marido, Mercedes Sanz Bachiller no se encerró en su casa como una clásica viuda castellana de la época, sino que con una actividad enorme buscó mitigar en lo posible los horrores de la guerra, muy especialmente entre los huérfanos y las viudas de los combatientes del llamado bando rojo; huérfanos y viudas que lo eran, en gran medida, a causa de los fusilamientos que llevaba a cabo, junto ocn los militares y los carlistas, la propia Falange. El trabajo de Mercedes que era militante de la Sección Femenina que dirigía Pilar Primo de Rivera, fue, al menos al principio, del todo desinteresado, y respondió a una auténtica preocupación por integrar en el bando vencedor a los vencidos. Recibió en este trabajo la ayuda inestimable de otro jonsista antiguo amigo de Onésimo Redondo, Javier Martínez de Bedoya, quien terminó contrayendo matrimonio con Mercedes.

… inspirándose en el Auxilio de Invierno alemán, incluso tomando de él el mismo nombre, empezaron prácticamente por su cuenta y riesgo a prestar ayuda, junto con un grupo de camaradas de partido, a la víctimas más desamparadas de la guerra, con especial atención a los hijos de los fusilados. Pero en 1936, y en Valladolid, los hijos de los fusilados eran forzosamente los hijos de los rojos. (…) proporcionaba muchísimo prestigio a la Falange.

La cosa empezó, …, en Valladolid, con la apertura de algunos locales atendidos por voluntarias, y en los que se repartía gratuitamente comida caliente. No era una obra de caridad ociosa: sin ella muchas mujeres y niños habrían muerto de hambre. (…) La comida había que comprarla, además de cocinarla, así que aquellas muchachas pasaban una buena parte del día recorriendo las calles de la ciudad castellana con una hucha en la mano, y solicitando dinero a cambio de un pequeño emblema de cartón que se colocaba en la solapa de los trajes de las personas que entregaban algún donativo. La primera cuestación fue un éxito; se celebró el 28 de octubre y se recaudaron 46.000 pesetas. Una suma más que considerable para aquel tiempo.

El Auxilio de Invierno rebasó enseguida los límites de la provincia de Valladolid. Después de una entrevista con el general Mola, Martínez de Bedoya quedó incorporado al Cuartel General, y destinado a acompañar, como jefe de Auxilio de Invierno, a las tropas que iban a conquistar Bilbao. Desde entonces, los ejércitos nacionales siempre fueron acompañdos por una sección del Auxilio de Invierno encargada de repartir alimentos de primera necesidad entre la población civil que se acababa de conquistar. (…) Vista hoy por el historiador, la imagen resulta espeluznante: a la vez que se fusilaba a los derrotados, se alimentaba a sus hijos y mujeres.

Junto a los tradicionales comedores colectivos y Cocinas de Hermandad comenzaron a abrirse guarderías infantiles donde las madres trabajadoras podíasn dejar a sus hijos durante la jornada laboral; (…) Se abrieron también centros preventivos de enfermedades infantiles y, por fin, los llamados Hogares para huérfanos que no podían ser atendidos por ningún familiar.

…con las cuestaciones callejeras (…) Una segunda fuente de financiación era la denominada Ficha Azul: donativos mensuales a los que se comprometían en ciudades y pueblos personas acomodadas después de reibir la visita de una representación de la Falange local.

El Auxilio Social, pues, se había convertido en una gran maquinaria benéfica y de propaganda política que buscaba, sobre todo, atraerse a las masas vencidas y depauperadas. (…) Ese afán integrador fascista era incluso visible en el comité director de la institución que dirigían Mercedes Sanz y Martínez de Bedoya. Aparte de ellos, estaba compuesto por los falangistas procedentes de las JONS Jesús Ercilla y Antonio Román; un republicano seguidor de Miguel Maura y muy amigo del doctor Marañón, José Pardo, que ocupaba el puesto de asesor médico para adultos; un republicano de Lerroux, Martínez Tena, que asesoraba jurídicamente a la organización; una antiguo militante de la FUE (Federación Universitaria Española), Eduardo Lozano, que tenía el puesto en el comité de «asesor de arquitectura»; el hijo de un socialista ferroviario, José María Azgote, también arquitecto; una monárquica alfonsina, Carmen de Icaza, y un independiente llamado Pérez Delgado. Y la misma diversidad ideológica nos encontramos en los comités provinciales repartidos por toda España. (…) sus colaboradores (…) entre personas eficaces y capacitadas.

Al principio, como ocurría con la propia Falange, Auxilio Social resultaba algo así como demasiado laico para la beatería rampante y clerical de la España nacionalista. Eso fue lo que llevó a la Iglesia a intervenir. (…) la institución creó en su seno una Asesoría de Cuestiones Morales y Religiosas que, de inmediato, tejió una red de asesores provinciales religiosos que convirtieron los centros de Auxilio Social en lugares de adoctrinamiento del nacionalsocialismo.

El final de la guerra se acercaba (…) ¿Qué pasaría con la llegada de la paz? Porque Mercedes Sanz Bachiller era muy consciente de que la inminenete victoria iba a desmovilizar a las voluntarias al cabo de poco tiempo. Eso fue lo que llevó a redactar un proyecto que creaba un servicio social para la mujer que equivaliese al servicio militar obligatorio de los hombres: las muchachas españolas deberían así destinar algunos meses a trabajar obligatoriamente en las instituciones benéficas de Auxilio Social. Franco aceptó el proyecto (…) Un motivo más para que se reprodujera la hostilidad de Pilar Primo de Rivera hacia aquella institución…

Hostilidad a la que se sumaba la de la Iglesia que seguía viendo (…) demasiado laicismo en los «Hogares». Era como si el clero considerase que Auxilio Social había invadido un terreno acotado de su propiedad: el de la caridad hacia los menesterosos.

El final de la guerra iba suponer la extensión de Auxilio Social a toda España, convertido ya en un enorme organismo. Pero significó también la caída de sus fundadores y el paso de la institución a manos de la clientela política falangista de Pilar Primo de Rivera, que nunca había tenido problemas con los obispos.

Tiempo de censura. La represión editorial durante el franquismo. Eduardo Ruiz Bautista (coord.)

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INTRODUCCIÓN

Eduardo Ruiz Bautista

En una fecha tan temprana como 1480, tiempo de incunables, los Reyes Católicos intuyeron el provecho mayúsculo que podría reportar a sus reinos la fluida circulación de libros que el invento de Gutemberg había desatado, y para estimular este tráfico eximieron a tan preciosa mercancía del pago de alcabalas. Veinte años después, además de las ventajas, se habían percatado asimismo de los peligros para la ortodoxia y el orden establecido que se agazapaban tras las letras de molde, e iniciaron una tradición de control y represión de lo escrito que habría de prolongarse durante casi cinco siglos.

Son cantidad, y en absoluto reñida con la calidad, los trabajos que abordan la represión dictatorial en su múltiples variantes y escenarios.

Los autores de los periódicos <<estados de la cuestión>> acostumbran a mostrarse más huidos y evasivos a la hora de enjuiciar la evolución de la historiografía española consagrada al estudio de la represión cultural. Quizá porque resulta harto más fácil identificar el fenómeno represivo con un pelotón de fusilamiento que con un gris funcionario que proscribe la lectura de una determinada obra o autor. Y aunque establecer comparaciones resultaría del todo impropio, no debemos subestimar el daño que la censura infligió a varias generaciones de españoles. Con bastante frecuencia, se considera que las principales víctimas de la censura fueron los creadores, los poetas, novelistas, dramaturgos o cineastas que tuvieron que poner freno a su inspiración, que contemplaron con rabia o resignación la mutilación o la prohibición de su obra. (…) Sin embargo, …, los principales damnificados de este ataque a la inteligencia no fueron unos cuantos centenares de intelectuales, tal vez unos pocos millares, sino los millones de españoles que fueron lo que no leyeron, porque, de haberles dejado leerlo, quién sabe lo que habrían sido.

Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Alfonso Lazo

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Franquismo y fascismo

Hace algunos años, un prestigioso historiador norteamericano, buen hispanista y que no conoce mal nuestro país, Gabriel Jackson, escribió un artículo de prensa donde hablaba de los años de la Guerra Fría y del papel jugado en ella por Franco. Decía el historiador que a mediados de los años cincuenta, el Gobierno de Estados Unidos, en su enfrentamiento con la Rusia Soviética, se había apoyado en dictaduras fascistas como la del general Franco, repartidas por todo el mundo. Sin duda Jackson, lo acabamos de decir, es un excelente estudioso; pero no es un especialista en el análisis de los fascismo europeos. De ahí el error que cometía con semejante afirmación. Es cierto que el Gobierno americano se apoyó, para enfrentar el poder ruso, en innumerables dictaduras de derechas; sin embargo, a mediados de los años cincuenta, no existía ni una sola dictadura fascista en todo el mundo; y, por supuesto, el régimen del general Franco de aquellas fechas no era un fascismo.

El régimen de Franco era dictatorial, reaccionario, clerical y militar; pero no fascista, aunque una de sus familias, la Falange, sí lo fue. Es posible que quepa calificar de fascista al primer franquismo; esto es, a los años que median entre 1936 y el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

El origen de la confusión está sin duda en que en nuestros días es costumbre llamar fascismo a cualquier cosa que revista un carácter autoritario, no democrático y que pueda ser considerado de derechas. Una confusión, a su vez, que tiene su origen en la misma dificultad que existe para hacer un retrato detallado y realista del fascismo.

De modo que la verdadera naturaleza de todo fascismo -no sólo del fascismo italiano- consistió en un intento, convertido en aberrante, de frenar lo que se percibía como la decadencia de Europa; y ese intento de frenar la decadencia fue también acompañado de otros intentos, que también se convirtieron en aberrantes, de devolver a la propia nación su antigua dignidad perdida. No olvidemos que, inmediatamente después de la Gran Guerra, el libro de Spengler, La decadencia de Occidente, a pesar de los voluminoso y la complejidad de su contenido, se convirtió en un verdadero bestseller del que se hicieron múltiples ediciones en todas las lenguas europeas. Y es que en el período de Entreguerras (1918-1939) amplísimas capas de población estaban convencidas de que Europa había entrado en una etapa decadente. Y que esa Europa decadente se encontraba, por lo mismo, indefensa frente a tres amenazas: la amenaza bolchevique, que a través de la Tercera Internacional buscaba extender la revolución comunista a todo el mundo; la amenaza del capitalismo materialista, que acababa con los valores espirituales y la amenaza de la anarquía social dentro de las naciones.

Así, los fascismos fueron vistos por muchos como los únicos movimientos políticos capaces de detener la ruina, al ser, según su propia propaganda, antibolcheviques, anticapitalistas, antimaterialistas y antidemócratas; y cuyo instrumento era el Estado totalitario, supuestamente eficaz frente a la inoperancia del liberalismo parlamentario y económico que fomentaba la lucha entre clases y partidos.

…la gente que en el período de Entreguerras pensaba que Europa zozobraba en un magma de decadencia, creía también que una prueba de esa decadencia era el pacifismo, muy activo después de los horrores de la guerra de 1914. Pero el discurso fascista identificó pacifismo y cobardía y, en consecuencia, convirtió la violencia en una valor en sí. (…) No, el fascismo, conscientemente, colocó la práctica de la violencia en el centro de su discurso teórico y de su actividad política. Una violencia muy distinta a la derecha reaccionaria que intentaba siempre disimular y ocultar sus actos violentos. Los fascistas, en cambio, los exhibían como timbre de virilidad, valentía y honor.

Las huelgas, las manifestaciones obreras en la calle, los choques con la policía, las ocupaciones de fábricas o de tierras por los campesinos pobres eran hechos interpretados como avanzadillas de la revolución socialista. Estaba en los genes históricos -podríamos decir- de la derecha autoritaria y reaccionaria temer a las masas. Un pensador español, Ramiro de Maetzu, cabeza de fila del ultraconservadurismo patrio, aseguraba en 1935 y en el diario conservador ABC que las masas debían dedicarse sólo al trabajo, permanecer en sus hogares y no hacer política; política que sería un monopolio de la aristocracia de la sangre y de la inteligencia. Los fascistas, por contra, no temían a las muchedumbres. Las invocaban, las concentraban y las movilizaban continuamente.

Para la mentalidad reaccionaria el líder y el pueblo eran cosas bien diferentes: el poder venía directamente de Dios que lo entregaba al líder, y la muchedumbre, en consecuencia, no sólo no tenía nada que decir, sino que resultaba un grave peligro cuando pretendía decir algo. (…) La autoimagen del jefe fascista era muy distinta: un joven lobo, surgido del mismo pueblo gracias a sus cualidades personales, que gobierna revolucionariamente de acuerdo con su propia voluntad, y cuyo poder se legitima por la permanente aclamación de la multitud. El escritor alemán Ernst Jünger, sin duda un reaccionario pero en absoluto un fascista, llamaba al régimen hitleriano el «Demos plebiscitario», es decir, la democracia directa.

Masas fanatizadas y concentradas en estadios y plazas como forma de legitimación fascista; pero también gente manifestándose vestida de uniforme y tremolando estandartes y banderas a fin de reclamar un imperio al que se creía tener derecho.

No existe fascismo sin reivindicación imperial.

Así, Hitler tuvo siempre en mente la ocupación de tierras en el Este de Europa. En sus conversaciones privadas con los más íntimos, al Führer le gustaba comparar el supuesto derecho que tenía Alemania de apoderarse de territorios de pueblos eslavos -que él estimaba racialmente inferiores- con el derecho histórico que habían tenido los americanos de Estados Unidos para ocupar tierras indias.

Menos brutal, aunque no menos expansivo, fue el sueño imperial mussoliniano. El Duce quiso restaurar el antiguo mare nostrum cuyo centro volvería a ser Roma.

Hubo incluso fascismo menores que aspiraron a imperios extravagantes. La Guardia de Hierro rumana, que veía Rumania como una isla latina en medio de un mar eslavo, deseaba dominar los pueblos que la rodeaban. Mientras en Bélgica, el Partido Rexista de Leon Degrelle quería resucitar nada menos que el antiguo Estado de Borgoña…

También la Falange tuvo su mito imperial. Mientras vivió Jose Antonio Primo de Rivera, éste creyó que alguna vez sería posible la unión de España y Portugal con todas las colonias lusas. (…) Luego desaparecido Jose Antonio, y durante los primeros años de la Guerra Mundial que sólo conocieron victorias alemanas, la Falange, aprovechando su amistad con la Alemania nacionalsocialista vencedora, reclamó como imperio todo el Norte de África perteneciente a Francia, lo que ella llamaba el antiguo imperio africano de Carlos V.

«Somos revolucionarios», «vamos a hacer la revolución» se insiste una y otra vez. Mientras para el pensamiento reaccionario la palabra y el concepto de revolución son abominables, el fascismo dice tener como objetivo la «revolución nacional». De ahí viene, en primer lugar, que los fascistas se calificasen a sí mismos como «antiburgueses». Ahora bien, para tal ideología, «burgués» (…) estilo de vida. Burgués era quien rehuía la vida heroica, quien abominaba de la violencia y, en suma, no admiraba la forma de vida militar.

…, en el discurso de todo fascismo hubo una proclamación anticapitalista; no anticapitalismo en el sentido de desaparición de la propiedad privada que el fascismo respetaba al ultranza, sino de desaparición del mercado libre y del liberalismo económico. (…) En él, el Estado controla y dirige la vida económica: fija los precios de los productos, obliga a las empresas a entregar al Gobierno determinadas mercancías e, incluso, señala a los empresarios el tipo de productos que éstos deben poner en el mercado, lo que se distancia de la libertad económica que suele ser el elemento característico y distintivo de una dictadura de derechas clásica.

… no nos puede llevar a olvidar de que los partidos fascistas de Europa llegaron al poder asociados con los reaccionarios.

Cuando, por ejemplo, en 1933, después de haber ganado unas elecciones por mayoría relativa, el presidente Hindenburg encargó a Hitler formar gobierno, su primer gabinete tuvo muchos más ministros reaccionarios que ministros nazis.

«La gran estrategia de política exterior de la República» de Ángel Viñas, en Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil. Ángel Viñas (dir)

Hoy, el cruce de la Evidencia Primaria Relevante de Época (EPRE) de uno y otro origen permite reinterpretar el pasado y avanzar en el conocimiento de lo que realmente ocurrió y, sobre todo, por qué ocurrió. Los historiadores de nuestra generación podemos ya legar a las venideras una versión respetuosa con hechos que durante tanto tiempo fueron oscurecidos, deformados y manipulados.

En contra de las numerosísimas interpretaciones que en parte se remontan a los años del conflicto mismo, en la actualidad cabe afirmar con confianza:

a) La guerra no puede considerarse como una reacción anticipadora y salvadora de la situación de emergencia en que se encontraba una España a punto de despeñarse en los abismos de la revolución.

b) Los sublevados no sostuvieron una guerra larga y cruel para impedir que España cayese en las garras de la Unión Soviética.

c) El masivo y continuado apoyo de las potencias del Eje a Franco, en la época de expansión del fascismo y de revisión por la amenaza de la fuerza de los esquemas de Versalles, insertó la sublevación de las oscuras aguas de la Europa de entreguerras.

d) Hubo, eso sí, una <<España traicionada>>, la España que pugnaba por romper las cadenas del subdesarrollo económico, social y cultural. Hoy es posible determinar quién la <<traicionó>>, si es que puede utilizarse tal verbo en un contexto en el que la apuesta podía ser la guerra o la paz, cuando los Estados, <<monstruos fríos>>, perseguían una política salvaje de protección de intereses nacionales aderazados de connotaciones ideológicas, políticas y de clase y desvirtuados por análisis erróneos o prejuzgados de la realidad española.

La determinación de quiénes <<traicionaron>> a los republicanos constituye el meollo de la presente obra y se ve reflejado en, prácticamente, cada uno de los capítulos.

3. En tierra española se prefiguraba el futuro. Si las democracias no ayudaban a quienes se batían por defender la propia, su inhibición daría alas al Eje (14. Esto parecía ser una realidad innegable y lo compartieron amplios sectores de la opinión pública. La augusta tribuna que era The Times londinense, a la sazón lectura obligada, ya lo había predicho el 31 de marzo de 1936: <<Siempre que la Sociedad [de Naciones] fracasa a la hora de prevenir que un dictador cualquiera se olvide de las obligaciones del Pacto, se da -y siempre se ha dado- un estímulo a que cualesquiera otros sigan su ejemplo>>. Citado por R.J.B. BOSWORTH, Mussolini’s Italy. Life Under the Dictatorship, Londres, Penguin, 2005, pág. 396) Una derrota del régimen legítimo abriría las puertas aun conflicto europeo. En definitiva, en España se luchaba también por la Europa democrática.

Tales convicciones no fueron ningún secreto. Las desgranó la propaganda pro-republicana y sirvieron de base a las conversaciones diplomáticas (15. Una de las primeras de las que tenemos noticia, a nivel estricto de funcionarios, la dio Rafael de Ureña, secretario general del Ministerio de Estado, al encargado de negocios francés en Madrid el 25 de octubre de 1936: <<Vuestro egoísmo os perderá. Aunque no quiera batirse por defender a la España republicana, Francia va encontrarse arrastrada a una guerra general en cuatro meses>>. Se equivocó en la fecha casi por tres años, los de la guerra civil. Citado en Á.Viñas, La soledad de la República. El abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética, Barcelona, Crítica, 2006, pág. 203) e intergubernamentales de todo tipo.

La aparición de la Unión Soviética en la guerra civil impregnó desde fecha temprana la interpretación del conflicto. Son numerosos los historiadores que se hicieron un nombre atribuyéndole un carácter poco menos que siniestro y apocalíptico. Es una visión que dura. En 2009 se han publicado dos de sus últimas manifestaciones. La primera en un periódico madrileño de gran difusión (21. J. REDONDO, <<En la rehabilitación de Juan Negrín>>, El Mundo, 3 de noviembre de 2009, en el que destacamos, como ejemplo, las tres <<perlas>> siguientes: <<La República desde comienzos de 1937 estaba en manos del Kremlin>>, el <<entreguismo a la Unión Soviética de Juan Negrín>> y <<el Ejército republicano luchaba por situar a Madrid en la órbita de Moscú>>. De dicho autor no he encontrado, según el buscador de Google, nada sustantivo sobre la guerra civil, salvo su participación en una obra de mera divulgación). La segunda en un capítulo, plagado no ya de elucubraciones y afirmaciones lamentables sino de errores primarios (22. Sólo cuatro correcciones de errores elementales: el envío de oro a la Unión Soviética tuvo lugar el 25 de octubre de 1936 y no a lo largo del primer año de guerra; el PSUC fue el resultado, esencialmente en clave catalanista, de la amalgama de la Unió Socialeista de Catalunya, el Partit Comunista de Catalunya, el Partit Català Proletari y la federación socialista catalana; la salida de Prieto del Gobierno se produjo en abril de 1938 y no al final de 1937; Vicente Uribe desempeñó la cartera de Agricultura desde septiembre de 1936 y no la asumió en la crisis de aquella fecha. Quisiera enfatizar que las afirmaciones de VIDAL (pág. 341) de haber consultado documentación soviética son espurias, como ya demostré en Á.VIÑAS, El escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937, Barcelona, Crítica, 2007, págs. 68 y ss.,…), debido a la <<casa Vidal>>. En él, por lo demás, abundan las tergiversaciones y manipulaciones características de esta firma. Un amplísimo abanico de fuentes primarias relevantes y no manipuladas de procedencia española, rusa, británica y francesa lleva a una interpretación radicalmente opuesta.

Ahora bien, que la Unión Soviética se mostrara, en septiembre de 1936, dispuesta a echar una mano a la acosada República no significa que quisiera, o incluso pudiera, llegar a los extremos a los que estaba decididos a llegar los dictadores fascistas.

En varias ocasiones Stalin y, con él, sus más inmediatos colaboradores informaron a los dirigentes republicanos de cuáles eran sus intenciones. Por lo que podemos colegir y documentar, se atuvieron a ellas con bastante precisión, sin dejarse ablandar por la corriente de ruegos y peticiones que les llegó desde Valencia y Barcelona. La carta de la troika soviética a Largo Caballero de diciembre de 1936 ha sido malinterpretada a conciencia y los autores conservadores o pro-franquistas no han sabido nunca qué hacer, salvo ignorarla, con la amplia exposición que también hizo al embajador Marcelino Pascua en febrero de 1937 y a la que aludiremos más tarde. Normalmente quien avisa no es traidor. Stalin, Molotov y Vorochilov hablaron con Pascua cuando había terminado el recuento del oro de Moscú y empezaba una nueva fase en la implementación de la estrategia republicana que para entonces se había diseñado. Se basaban en la interpretación de cuatro puntales:

El primero estriba en extraer las conclusiones operativas del recuento. No era factible, bajo las condiciones de la no intervención y de creciente distanciamiento de las potencias democráticas, depender sólo del contrabando, ya se realizase con la cobertura mexicana (…) o a través de los mecanismos ad hoc montados en París y que adolecían de fallos profundos. (…) El oro del Banco de España nunca se envió para mantenerlo a resguardo en la Unión Soviética.

El segundo puntal consistía en reconocer que los suministro soviéticos eran absolutamente vitales.

El tercer puntal era que resultaba preciso montar una economía que hiciera su propia aportación al esfuerzo bélico. Esto implicaba realizar lo que todavía no se llamaba reconversión industrial, pero lo era, con independencia de que el naciente Ejército Popular necesitaba no sólo armas modernas, sino también tácticas e instrucción adecuadas. No de otra manera operaban los ejércitos franquistas que, a pesar de estar mandados por solados profesionales, siempre acudieron a los especialistas alemanes e italianos, que instruyeron a algo más de 80.000 hombres. Si se tiene en cuenta que a Franco le afluyeron, además, 187.000 soldados extranjeros, se observa que la aportación exterior no sólo en material sin o también en el ámbito humano no fue nada desdeñable.

Por último, una labor esencial, la más complicada, consistía en aunar fuerzas y recursos políticos, disciplinándolos con el fin de resistir el ariete que las potencias del Eje suministraban a Franco. Éste es uno de los aspectos que más se ha prestado a la distorsión pero que, por razones evidentes, no se aborda en la presente obra.

Ello no obstante, en ciertos autores, siguiendo la leyenda propagada por el franquismo durante la guerra civil, subsiste la tesis de que la estrategia republicana fue impuesta por la Comitern. (…) La Comitern podía influir, e influyó, sobre el PCE, aunque con choques ideológicos y de intereses entre sus representantes en España. No conformó la estrategia gubernamental que ya se había puesto a punto en los meses finales de 1936. (…) Fue la sucesión de derrotas militares lo que llevó a un proceso de desprendimiento de los nacionalismos vasco y catalán en primer lugar y, más tarde, a una cierta autonomización de los partidos políticos y organizaciones sindicales en la zona centro. Su efecto terminó siendo letal cuando se les añadió posteriormente un sector de las bases anarcosindicalistas, apoyadas por sus correlatos en un cuerpo de Ejército a las órdenes de Cipriano Mera.

En las querellas y rencillas del exilio muchos <<perdieron>> la memoria y el recuerdo de los documentos que firmaron o en los que se notaba lo que habían dicho u obrado. Con tres cuartas partes de la reserva de oro trasladas en octubre de 1936 para, desde la capital soviética, movilizarlas de cara a la financiación de la guerra, largo Caballero, Negrín y Prieto conocían que los rusos no incurrirían en riesgos financieros y pidieron abundantes armas y municiones. Muchas más de lo que la Unión Soviética estaba en condiciones de poder suministrar razonablemente.

Negrín, acusado de procomunista hasta la actualidad pero ya rehabilitado, nunca se llamó al engaño.

Dado que la marcha de las hostilidades fue consistentemente negativa, el margen de maniobra externo se recortó en un sistema internacional jerarquizado y en el que las potencias democráticas se desentendían a toda velocidad de los republicanos.

La tesis de que, en gran medida, el acercamiento -desesperado, pero contenido- a la Unión Soviética provino esencialmente de las consecuencias de la inhubición -o de la hostilidad- de las potencias democráticas es, naturalmente, anatema para los autores conservadores y todos los anti-republicanos del más variado pelaje. (…) Se opone, además, de manera frontal a las certidumbres y <<verdades>> que los integristas del neo-franquismo historiográfico siguen divulgando hoy, en aplicación de la máxima del <<calumnia que algo queda>>.

Stalin, quien, en contra de lo que han afirmado algunos historiadores alemanes e italianos, solía dar su visto bueno a las más mínimas modalidades de la ayuda, pretendió cuadrar el círculo estratégico e ideológico al ayudar a la República.

Como es notorio, la Alemania nazi ocultó su ayuda bélica a Franco, a pesar de que siempre fue un secreto de Polichinela para unos y para otros. Mussolini, por el contrario, jamás se preocupó de cubrir con una manto de prudencia su ayuda a Franco y, a mitad de 1937, la reconoció ditirámbicamente. Por lo demás, gracias al esfuerzo de desclasificación de documentos británicos emprendido en los últimos años, hoy sabemos que precisamente el Gobierno conservador conocía perfectamente y casi al día la situación, las incidencias y los éxitos de la aviación legionaria en España, incluida su participación en el gran escándalo internacional del período que fue el bombardeo de Gernika.

… la actitud de Stalin no varió prácticamente desde noviembre de 1937 hasta después del acuerdo de Munich.

La reducción de los envíos de material de guerra implica, obviamente, que los propósitos de Stalin no estribaban en contribuir al establecimiento en España de un régimen para-soviético.

Stalin no cambió de postura respecto a los suministros de material bélico hasta noviembre de 1938.

Una de las piezas esenciales en el dispositivo exterior republicano fue la representación diplomática en Moscú.

En realidad, Pascua se vio expuesto a algunas de las dimensiones más críticas de la guerra española en el plano internacional y realizó gestiones de la máxima importancia relacionadas con la política soviética hacia España. Lamentablemente reconstruir la labor de la embajada es tarea imposible. Al término de la guerra, y antes de entregar la cancillería a las autoridades soviéticas, el último encargado de negocios, Vicente Polo, se encerró durante una semana para quemar toda la documentación. Segúía las instrucciones que el Ministerio de Estado había cursado a todas las representaciones en el exterior.

Una buena estrategia no garantiza el éxito. Por el contrario la mala estrategia sí asegura un fracaso. Es, nos parece, indudable que la política exterior republicana cometió fallos tácticos. (…) En lo que se refiere al político recordemos, simplemente, que como se reconocía en el Ministerio de Estado, y expuso con toda contundencia el último subsecretario del mismo, José Quero Molares, la orientación tradicional española estaba enfocada hacia el Reino Unido y Francia.

Las masas revolucionarias españolas, movilizadas paroxísticamente por las bases anarcosindicalistas- y no tanto por sus cúpulas que formaban parte del Gobierno republicano- o la dirección del pequeño POUM difícilmente hubieran podido prevalecer contra una máquina militar como la franquista, que hacía la guerra de forma convencional, que encuadraba lo más granado del antiguo Ejército con oficiales profesionales provistos de amplio asesoramiento foráneo, que disponía de una superioridad material y, en particular, aérea, lo cual le permitía bombardear ciudades u otros objetivos de forma terrorista, bien de forma directa o gracias a la ayuda de la <<Aviación Legionaria>> y de la Cóndor. Una máquina, por último, que se benefició de un cuantioso chorro de suministros nazi-fascistas que duró casi ininterrumpidamente desde finales de julio de 1936 hasta finales de febrero de 1939.

El Ejército Popular, de nuevo cuño y politizado, nunca estuvo en condiciones de asegurar el éxito de sus ofensivas. Éstas, por lo demás, casi siempre se planearon para descargar otros frentes, nunca como operaciones cerradas en sí mismas. No se contaba con la fuerza suficiente para ello. Desde el punto de vista militar, la República jamás pudo recuperarse del hecho, duro de admitir pero inesquivable y que ya reconoció Azaña, que hacia septiembre u octubre de 1936 había perdido la guerra, salvo que las circunstancias internacionales dieran un giro copernicano a su favor. No fue este el caso. La ayuda soviética sirvió para mantener la resistencia pero también contribuyó a que, a partir de febrero-marzo de 1937, a Franco le interesara más prolongar la contienda que acortarla.

Desde el punto de vista diplomático las derrotas fueron menos visibles pero no menos continuas.