Tiempo de censura. La represión editorial durante el franquismo. Eduardo Ruiz Bautista (coord.)

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LA CENSURA DE LIBROS DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

José Andrés de Blas

De este modo, se puede establecer -siquiera sea a título de hipótesis- que la premisa que determina la existencia de un objeto específico de estudio que denominamos censura, y que hace posible que, de un modo cabal, este artículo pueda escribirse, solo puede delimitarse a partir del concepto de represión.

En el marco de la ley que, en enero de 1938, reorganizaba la Administración central del Estado, se creaba el Servicio Nacional de Propaganda, con integración del mismo en el organigrama del Ministerio del Interior. Su cometido, entre otras funciones, sería el de llevar a cabo la censura en todos los medios de comunicación, salvo el referido en la prensa, que poseería un servicio específico. (…) Hacia finales de año, una nueva remodelación gubernamental crearía el Ministerio de la Gobernación. La principal novedad, en lo que hace al organigrama inicial, sería la formación de un escalón administrativo intermedio, entre los anteriores servicios y la cúpula ministerial, con la creación de una serie de subsecretarías, de las cuales nos incumbiría la Subsecretaría de Prensa y Propaganda, <<que comprenderá los Servicios de Prensa, Propaganda y Turismo>>.

En cuanto a la organización territorial, …, un modelo radialcentralizado, pero, como parte importante del proceso de asunción de las tareas de propaganda por parte de Falante, el 26 de junio de 1938, las antiguas subdelegaciones para Prensa y Propaganda, a su cambio nominal, añadieron la fusión de los anteriores organismos provinciales del partido -delegaciones de Prensa y Propaganda de FTE (sic) y de las JONS- con las jefaturas provinciales de adscripción estatal. A ello hay que añadir que, desde el 15 de febrero, Serrano desempeñó el cargo de delegado nacional de Prensa y Propaganda de FET, confundiendo -<<aunque no co-fundiendo>>- definitivamente dichas atribuciones entre el partido y el Estado.

Así las cosas, de la mano de Serrano Suñer, la élite intelectual falangista iba a asumir en esta coyuntura la totalidad de las tareas relacionas (sic) con la prensa y la propaganda, disponiendo, según sus expectativas, de una primera oportunidad, que les permitía reconducir la tarea de adoctrinamiento ideológico, según pautas de ortodoxia falangista. Al respecto, creemos que no es necesario abundar en las tesis que muestran cómo, tras el decreto de unificación, la Falange había perdido su capacidad operativa, si es que alguna vez la tuvo, de marcar de modo único la impronta ideológica del régimen.

Aunque Ridruejo confiesa sus intenciones totalitarias, la mención a esa <<junta secreta>>, de la que apenas da detalles, podría hacer pensar en una búsqueda de un descargo de responsabilidades respecto a una labor, la de la censura, que, pasado el tiempo, poco podía decir en su favor. Por nuestra parte, y a título de hipótesis, pensamos que la supuesta <<junta secreta>> -de la que no hemos encontrado pruebas documentales, que vinculen directamente su actividad con el Servicio Nacional- en realidad no es, y a pesar de lo dicho, tan secreta.

«El duro forcejeo de la diplomacia republicana en París. Francia y la guerra civil española» de Ricardo Miralles. En Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil. Ángel Viñas (dir.)

 

 

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La nefasta política de no intervención fue propuesta por el Gobierno de León Blum en agosto de 1936 para frenar la participación de las potencias europeas en el conflicto español.

El axioma de la Entente franco-británica se convirtió en algo común a todas las fuerzas políticas francesas, con alguna excepción como el Partido Comunista o elementos de la extrema derecha. Francia sabía que si algún día era precisa la ayuda norteamericana, ésta no sería alcanzable sino por intermedio de la Gran Bretaña. La no intervención fue una propuesta francesa, pero no se entiende sin la variable de la dependencia británica.

La misma noche del 18 de julio, inmediatamente después de la rebelión, Giral cursó un telegrama urgente a Blum, que recibió su director de gabinete André Blumel, pidiendo armas: <<Nos hemos visto sorprendidos por un golpe militar peligroso. Ruego disponga ayuda con armas y aeroplanos. Fraternalmente, Giral>>.

Aunque Blum pareció partidario inicialmente de cumplimentar este pedido español (…) todo se complicó de inmediato. El 23 de julio, Blum y Delbos se desplazaron a Londres para tratar con sus homónimos belgas y británicos una renovación del Tratado de Locarno, tras la transgresión alemana del Tratado de Versalles, el previo mes de marzo, con la remilitarización de Renania. (…) A su regreso a París, la prensa conservadora, especialmente L’Echo de Paris, debidamente informada por el embajador Juan Francisco de Cárdenas, a punto de trasladarse, pero que estaba todavía presente en París y se pasó ese mismo día 23 a los sublevados, por el ministro consejero Cristóbal del Castillo y el agregado militar teniente coronel Antonio Barroso, había puesto el grito en el cielo anunciando que Francia se deslizaba por una pendiente que la arrastraría a la guerra en Europa y a ser la causante de una nueva conflagración europea si se mezclaba en los asuntos de España.

…la nota de Albornoz…:

<<La suspensión de la exportación de armas al Gobierno español, en el preciso momento en que tiene especial necesidad de ellas para restablecer la normalidad jurídica en su propio territorio, lejos de estar conforme con el principio de no intervención, constituye una intervención muy efectiva en los asuntos internos de España. […] [No obstante lo cual] El Gobierno español está dispuesto a reconocer las ventajas que tal acuerdo tendría, principalmente como medio de prevenir complicaciones internacionales de carácter general […] Mi Gobierno -prosiguió Albornoz- estaría dispuesto a colaborar lealmente en la aplicación de tal acuerdo […] pero cree indispensable llamar la atención del Gobierno francés sobre la importancia decisiva que tiene, de un lado, el plazo en el que el acuerdo podría entrar en vigor y, de otro, la eficacia de las garantías de su aplicación estricta>>.

…Álvarez del Vayo en la Sociedad de Naciones el 25 de septiembre, …no se podía privar a un Gobierno legítimo del derecho a procurarse las armas necesarias para sofocar una rebelión en su territorio,…

Parar (sic) comprar material de guerra, los españoles en París necesitaban, lógicamente, divisas. (…), la República movilizó sus reservas auríferas hacia Francia en fecha muy temprana con el objetivo evidente de hacerse con divisas.

…da un total de 1.077 millones.

No fue una gran cantidad y, desde luego, no de la entidad y cantidad suficientes para sostener una guerra.

El conjunto de todo ello, antes de que la República reorientara todos sus pedidos hacia la Unión Soviética, puede ser calificado de desdeñable para la magnitud que pronto adquirió la guerra civil española.

…aquella primavera de 1938…

El Gobierno (…) 18 de marzo:

<<Ante la gravedad de las horas presentes, el Gobierno de la República española se ve obligado a preguntar al Gobierno de la República francesa si puede esperar una ayuda urgente y decisiva. El Gobierno de la República española considera esta solicitud plenamente justificada teniendo en cuenta que, al defender la integridad de su territorio, está defendiendo a la vez la seguridad de Francia. Ésta no puede permanecer indiferente a la instalación de los alemanes y de los italianos en los Pirineos y en las costas del Mediterráneo, y menos aún a la incorporación de España a la alianza de pueblos totalitarios.

Si Europa sueña con una victoria, que sea la primera que Francia e Inglaterra necesitan para alejar de ellas los riesgos de una conflagración general, se nos debe ayudar de manera resuelta. No es necesario exagerar acerca del alcance que pueda tener el resultado de la guerra de España para darse cuenta que la suerte de Francia se halla asociada a su desenlace>>.

Pero aún tuvo Ossorio el <<desacierto>> -según sopesó Azcárate cuando aquél le contó su visita al Quai d’Orsay- de presentar las cosas al ministro Paul-Boncour en estos términos. <<O me ayudan [a España], o ahí queda eso, porque yo no sigo sacándote [a Francia] las castañas del fuego>>. (…) el ministro francés habría respondido airadamente a la petición diciéndole: <<Eso es más que una intervención militar; de lo que se trata es de una verdadera alianza militar>>.

El Gobierno francés, en estado de máxima tensión, llamó a París al agregado militar en Barcelona, teniente coronel Henri Morel, para que diera cuenta de la situación. Su opinión fue que las cosas no eran tan graves,…

El segundo gobierno de Blum apenas duró un mes y su sucesor, un Gobierno Daladier-Bonnet, ya sin socialistas y al borde la ruptura del Frente Popular, acabó aceptando las presiones del Gobierno Chamberlain-Halifax y cerró la frontera con España el 13 de junio.

A partir de abril de 1938 se produjo una reorientación de la política exterior francesa – que profundizó la lógica de la no intervención, aunque alterándola hacia peor. Ello dio al traste con cualquier esperanza de resistencia de la República. El nuevo jefe de Gobierno, el radical Edouard Daladier, decidió prescindir de Paul-Boncour y optar por un hombre más partidario de desarrollar una política adaptada a las nuevas circunstancias, entre las cuales el acercamiento a Italia de la mano británica sería prioritario. En efecto, Bonnet tomó la dirección del Quai d’Orsay e imprimió al mismo una reorientación sustancial que no dejaría de tener efectos negativos sobre las esperanzas de la República española. Dichas esperanzas y, en resumen, toda la orientación diplomática hacia Francia hasta aquel momento se habían basado en la infatigable determinación de intentar convencer a Francia de que su propia seguridad dependía en gran medida de la supervivencia en España de un régimen amigo.

Bonnet (…) René Girault lo situó a la cabeza de los <<conciliadores>> y/o <<pesimistas>> franceses, partidarios de tratar con los dictadores y de poner de acuerdo a Francia y Gran Bretaña con Italia para moderar a Alemania, lo cual implicaba que era posible entenderse con Mussolini, y siguiendo tal vía también con Franco, para consolidar las posiciones occidentales de Francia. (…) La presión británica sobre París se hizo especialmente presente en el período y la política francesa de alianza con Inglaterra a toda costa implicó un daño fatal para la República.

Al final, Francia no obtuvo ningún resultado favorable de sus movimientos de aproximación a Italia y la República, en cambio, los sufrió.

Azcárate calificó de <<cómplice>> de Hitler y Mussolini al Gobierno francés y no menos dura fue la reacción del español.

El cierre fue gravísimo para la República pues no volvió a abrirse hasta finales de año para facilitar el tránsito de refugiados que huían ante la ofensiva catalana de Franco. El estrangulamiento de los suministros resultó fatal para su supervivencia. El cierre suscitó la oposición de destacados dirigentes políticos de todas las tendencias, entre los cuales destacaron Blum, Herriot, Reynaud y Mandel, contrarios a que tal cosa se hiciera sin verdaderas contrapartidas, aunque no pasaron del nivel de quejas más bien discretas. En efecto, la movilización fue más bien inexistente y esta falta de reacción facilitó las cosas para los partidarios de hallar una solución diferente a la seguida hasta entonces en la cuestión española. La consecuencia del desinterés francés fue el desprendimiento, previsto por Bonnet, de compromisos diplomáticos en el Este europeo y en España, preparando el camino para el reconocimiento del Gobierno de Franco.

… a partir del 13 de junio. La política que siguió entonces Bonnet puede resumirse en estas tres fórmulas: acercamiento secreto a Franco, permisividad fronteriza muy reducida para el paso clandestino de algunas (pocas) armas y ofrecimientos sistemáticos de mediación (es decir, acabar cuanto antes).

Bonnet puso entonces manos a la obra con la fórmula de la mediación, o suspension d’armes tal y como él definía la idea de un armisticio que era más bien una rendición con condiciones. Paralelamente promovió el acercamiento secreto a Franco, conducido de forma directa por él mismo.

El giro que se produjo en Munich impulsó a Bonnet a intentar directamente una aproximación a la misma Alemania. (…) <<la Europa nacida en Versalles había muerto [y era] el momento de construir otra>>. (…) Ya no existía motivo de oposición franco-alemana, la colaboración con el Tercer Reich era posible desde aquel momento.

… la solución de la crisis checa señaló el momento final de las esperanzas republicanas de un cambio de la política francesa.

A finales de aquel mes de febrero, Francia reconoció diplomáticamente al Gobierno de Franco.

Se ha dicho, con razón, que la decisión de no intervención en los asuntos de España, la tomó Francia a todas luces con excesiva precipitación. Duroselle afirmó que fue un fracaso moral, aunque un éxito diplomático. El radical Jean Zay, al final de la guerra, no creyó tanto en las ventajas para Francia: <<Intervinimos lo bastante como para que nos lo reprochara el bando contario, pero no lo suficiente para dar a los republicanos una ayuda eficaz>>.

Desde mi punto de vista, la no intervención francesa en España se inscribió en toda una secuencia de no intervenciones en otros asuntos internacionales que la incumbieron muy directamente. Hubo, pues, una continuidad en la abstención de la política de manera que su retracción en España no fue sino una etapa más de una sucesión en la que hay que incluir el desentendimiento ante el plebiscito del Sarre en enero de 1935, ante la reconstitución de la aviación y la restauración del servicio militar obligatorio por la Alemania nazi en marzo de ese mismo año, ante la conquista de Etiopía por Italia en octubre y, por fin, ante la remilitarización y reocupación de Renania en marzo de 1936. España fue un eslabón más de la cadena de renuncias, al que siguieron su inacción ante el Anschluss austriaco y la vergonzosa entrega de Checoslovaquia a la voracidad de Hitler.

Julio Aróstegui. «De lealtades y defecciones. La República y la memoria de la utopía», en Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil. Ángel Viñas (dir.)

De esta formar, como también parecía inevitable, denominaciones de espectro léxico más amplio y de carga semántica mucho más compleja no tardarían en aparecer. De leales y <<facciosos>> (sediciosos) se pasaría a <<gubernamentales y alzados>>, <<republicanos y nacionales>> (o nacionalistas, término más alambicado y más confuso aún), <<fascistas y antifascistas>> o <<azules y rojos>>, por citar algunos de los más conocidos pares dicotómincos. Podemos añadir a esa dicotomía, incluso, el nuevo campo retórico-ideológico que se introduce con expresiones como la Cruzada, la Guerra de Liberación Nacional, la Guerra nacional-revolucionaria o la nueva Guerra de la Independencia (por mostrar apelativos de la naturaleza del conflicto manejados por uno u otro bando). Por supuesto, la parafernalia de las denominaciones no es inocente.

Se encuentra primordialmente, a nuestro juicio, en el hecho capital de que la sublevación militar envolvía el fenómeno de la defección de la legalidad republicana de una importante masa de servidores del Estado. Ello ocurrió en el ejército con una centralidad que no es preciso destacar, en la carrera diplomática de forma aplastantemente mayoritaria y, en cierto modo y con algunas características particulares, en la magistratura. Un caso especial de comportamiento en sentido contrario fue el de los cuerpos docentes. Todo ello contribuyó en gran manera a agravar el problema de la defensa republicana.

En principio, la apelación tenía sentido por cuanto estaba dirigida a los militares rebeldes desde el 17 de julio. Pero con el tiempo la apelación a las lealtades abarcó más que nada a <<cuerpos>>, a colectivos institucionales, a grupos de servidores del Estado sujetos si no a leyes propias, sí a normas reglamentarias corporativas. (…) La lealtad pasó de ser una cualificación aplicable a personas, ciudadanos de mayor o menor relevancia, a ser un problema de guerra que afectaba a partes esenciales del servicio del Estado o instituciones de transcendencia social y política e influencia indudables.

Michael Seidman escribía hace unos años que <<las numerosas expresiones de lo colectivo han hipnotizado a las generaciones de historiadores más recientes, incluyendo a quienes han estudiado la guerra española. La investigación se ha centrado en colectivos políticos, religiosos y sindicales, o se ha enfocado en grupos sociales, como clases o géneros>>. Este autor, en una obra de calidad innegable, viene a reivindicar la importancia de detenerse histórica y antropológicamente en la realidad de los comportamientos individuales para explicar la verdadera entidad de las reacciones ante la guerra, con su carga de lucha por la supervivencia, de olvido o rechazo del <<héroe>>, de la vivencia, en definitiva, de tantas gentes anónimas <<a ras del suelo>>. Una cosa que, según dice, el estudio en términos de grupos sociales como sujetos de acciones colectivas no acertaría a explicar satisfactoriamente.

No parece que pueda negarse la pertinencia de este enfoque que reivindica las personalidades de los sujetos individuales, pero sí nos parece que ello no anula, ni sustituye, el análisis de lo que fueron los comportamientos colectivos, guiados por intereses, indudablemente, y no sólo, ni siquiera fundamentalmente, por ideologías o idealismos. 

Es preciso tratar la historia, aunque sea muy someramente expuesta, de tales colectivos en su andadura republicana para explicar su posición ante el conflicto e, incluso, es preciso recurrir a tendencias y peculiaridades de la Administración estatal española anteriores en mucho a la existencia de la República. Los gobernantes republicanos fueron conscientes, por lo general, como muestra, sin más, el proceso legislativo, de las dificultades, la rigidez de las tradiciones y el inmovilismo general que afectaba a los <<empleados públicos>> tras cincuenta años de re´gimen oligárquico finalizado en una Dictadura como la de Primo de Rivera. Y no puede negarse ni minimizarse el hecho de que tal panorama pretendió ser rectificado por el nuevo régimen. Otra cosa fue el resultado de tal propósito, es decir, las carencias de la política republicana en su intento de rectificar viejas tendencias. (…) la República española, en definitiva, no consiguió una transformación significativa en el espíritu heredado de esos colectivos de servidores. 

Si los colectivos son o no aprehensibles es cuestión problemática, pero puede defenderse que la actitud de un colectivo en modo alguno es la suma de las actitudes de sus miembros y que, además, hablamos aquí de colectivos corporativizados. (…) por qué Fuerzas Armadas, Judicatura y Cuerpo Diplomático, fundamentalmente, efectuaron mayoritariamente la defección de sus puestos, o se inhibieron en absoluto ante el conflicto, mientras Magisterio y la intelectualidad universitaria se manifestaron muy mayoritariamente fieles al régimen legítimo dando lugar a un feroz depuración por las autoridades de la sublevación.

En efecto, los altos cuerpos funcionariales que la República heredó de la Monarquía y la Dictadura tenían unas connotaciones sociológicas arraigadas de antiguo y unas extracciones sociales o reclutamiento de sus integrantes que se habían mantenido estables y ligadas a determinadas capas de población a lo largo de decenios, llegando a su consolidación más acabada con el régimen de la Restauración. La oficialidad del Ejército, por ejemplo, había estado hasta el siglo XVIII compuesta como es bien sabido exclusivamente por la nobleza. En el siglo XIX comienza la incorporación de la clase media e, incluso , de la media baja al aparecer la figura de los suboficiales. Sin embargo, el volumen del autorreclutamiento y la endogamia entre las familias militares fueron siempre muy altos hasta el punto de poder hablarse de la aparición de un <<estamento militar>>. Durante la Monarquía, la Diplomacia había sido oficio desempeñado fundamentalmente por personas de la nobleza y sólo en pequeña parte <<la Carrera>> se había abierto a miembros de la alta burguesía. La Magistratura tenía la particularidad, a su vez, de que representaba una carrera que sólo podía ser seguida por universitarios y esa condición hasta las fechas que tratamos sólo la poseían los vástagos de familias acomodadas.

<<¿No se ha mostrado clara, desde julio acá, la actuación fascista de la mayor parte de los funcionarios republicanos, situados allende y aquende de mares y fronteras?>>.

Esto escribía, en 1937, el abogado federalista y gran simpatizante anarquista Eduardo Barriobero, sostenedor de aquel Tribunal Revolucionario de Barcelona en 1936 (…) Pero no es menos cierto que el miedo atenazó también a muchos funcionarios en los primeros momentos de la sublevación y del desborde revolucionario. El miedo no creó adhesiones: facilitó el inmovilismo y la inoperancia en el mejor de los casos. (…) Cuando un cuerpo funcionarial asume mayoritariamente una posición ante un conflicto político decisivo es tan importante establecer las causas de esa opción como su rechazo por una parte minoritaria de tal colectivo. Y si partimos de ilegitimidad de esas decisiones mayoritarias es preciso valorar debidamente la justicia de sus contrarias. Y es aquí donde en la España de la posguerra y en la situación político generada tras el fin de la Dictadura se ha producido una auténtica laguna, un déficit en los movimientos memoriales.