Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Alfonso Lazo

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Franquismo y fascismo

Hace algunos años, un prestigioso historiador norteamericano, buen hispanista y que no conoce mal nuestro país, Gabriel Jackson, escribió un artículo de prensa donde hablaba de los años de la Guerra Fría y del papel jugado en ella por Franco. Decía el historiador que a mediados de los años cincuenta, el Gobierno de Estados Unidos, en su enfrentamiento con la Rusia Soviética, se había apoyado en dictaduras fascistas como la del general Franco, repartidas por todo el mundo. Sin duda Jackson, lo acabamos de decir, es un excelente estudioso; pero no es un especialista en el análisis de los fascismo europeos. De ahí el error que cometía con semejante afirmación. Es cierto que el Gobierno americano se apoyó, para enfrentar el poder ruso, en innumerables dictaduras de derechas; sin embargo, a mediados de los años cincuenta, no existía ni una sola dictadura fascista en todo el mundo; y, por supuesto, el régimen del general Franco de aquellas fechas no era un fascismo.

El régimen de Franco era dictatorial, reaccionario, clerical y militar; pero no fascista, aunque una de sus familias, la Falange, sí lo fue. Es posible que quepa calificar de fascista al primer franquismo; esto es, a los años que median entre 1936 y el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

El origen de la confusión está sin duda en que en nuestros días es costumbre llamar fascismo a cualquier cosa que revista un carácter autoritario, no democrático y que pueda ser considerado de derechas. Una confusión, a su vez, que tiene su origen en la misma dificultad que existe para hacer un retrato detallado y realista del fascismo.

De modo que la verdadera naturaleza de todo fascismo -no sólo del fascismo italiano- consistió en un intento, convertido en aberrante, de frenar lo que se percibía como la decadencia de Europa; y ese intento de frenar la decadencia fue también acompañado de otros intentos, que también se convirtieron en aberrantes, de devolver a la propia nación su antigua dignidad perdida. No olvidemos que, inmediatamente después de la Gran Guerra, el libro de Spengler, La decadencia de Occidente, a pesar de los voluminoso y la complejidad de su contenido, se convirtió en un verdadero bestseller del que se hicieron múltiples ediciones en todas las lenguas europeas. Y es que en el período de Entreguerras (1918-1939) amplísimas capas de población estaban convencidas de que Europa había entrado en una etapa decadente. Y que esa Europa decadente se encontraba, por lo mismo, indefensa frente a tres amenazas: la amenaza bolchevique, que a través de la Tercera Internacional buscaba extender la revolución comunista a todo el mundo; la amenaza del capitalismo materialista, que acababa con los valores espirituales y la amenaza de la anarquía social dentro de las naciones.

Así, los fascismos fueron vistos por muchos como los únicos movimientos políticos capaces de detener la ruina, al ser, según su propia propaganda, antibolcheviques, anticapitalistas, antimaterialistas y antidemócratas; y cuyo instrumento era el Estado totalitario, supuestamente eficaz frente a la inoperancia del liberalismo parlamentario y económico que fomentaba la lucha entre clases y partidos.

…la gente que en el período de Entreguerras pensaba que Europa zozobraba en un magma de decadencia, creía también que una prueba de esa decadencia era el pacifismo, muy activo después de los horrores de la guerra de 1914. Pero el discurso fascista identificó pacifismo y cobardía y, en consecuencia, convirtió la violencia en una valor en sí. (…) No, el fascismo, conscientemente, colocó la práctica de la violencia en el centro de su discurso teórico y de su actividad política. Una violencia muy distinta a la derecha reaccionaria que intentaba siempre disimular y ocultar sus actos violentos. Los fascistas, en cambio, los exhibían como timbre de virilidad, valentía y honor.

Las huelgas, las manifestaciones obreras en la calle, los choques con la policía, las ocupaciones de fábricas o de tierras por los campesinos pobres eran hechos interpretados como avanzadillas de la revolución socialista. Estaba en los genes históricos -podríamos decir- de la derecha autoritaria y reaccionaria temer a las masas. Un pensador español, Ramiro de Maetzu, cabeza de fila del ultraconservadurismo patrio, aseguraba en 1935 y en el diario conservador ABC que las masas debían dedicarse sólo al trabajo, permanecer en sus hogares y no hacer política; política que sería un monopolio de la aristocracia de la sangre y de la inteligencia. Los fascistas, por contra, no temían a las muchedumbres. Las invocaban, las concentraban y las movilizaban continuamente.

Para la mentalidad reaccionaria el líder y el pueblo eran cosas bien diferentes: el poder venía directamente de Dios que lo entregaba al líder, y la muchedumbre, en consecuencia, no sólo no tenía nada que decir, sino que resultaba un grave peligro cuando pretendía decir algo. (…) La autoimagen del jefe fascista era muy distinta: un joven lobo, surgido del mismo pueblo gracias a sus cualidades personales, que gobierna revolucionariamente de acuerdo con su propia voluntad, y cuyo poder se legitima por la permanente aclamación de la multitud. El escritor alemán Ernst Jünger, sin duda un reaccionario pero en absoluto un fascista, llamaba al régimen hitleriano el «Demos plebiscitario», es decir, la democracia directa.

Masas fanatizadas y concentradas en estadios y plazas como forma de legitimación fascista; pero también gente manifestándose vestida de uniforme y tremolando estandartes y banderas a fin de reclamar un imperio al que se creía tener derecho.

No existe fascismo sin reivindicación imperial.

Así, Hitler tuvo siempre en mente la ocupación de tierras en el Este de Europa. En sus conversaciones privadas con los más íntimos, al Führer le gustaba comparar el supuesto derecho que tenía Alemania de apoderarse de territorios de pueblos eslavos -que él estimaba racialmente inferiores- con el derecho histórico que habían tenido los americanos de Estados Unidos para ocupar tierras indias.

Menos brutal, aunque no menos expansivo, fue el sueño imperial mussoliniano. El Duce quiso restaurar el antiguo mare nostrum cuyo centro volvería a ser Roma.

Hubo incluso fascismo menores que aspiraron a imperios extravagantes. La Guardia de Hierro rumana, que veía Rumania como una isla latina en medio de un mar eslavo, deseaba dominar los pueblos que la rodeaban. Mientras en Bélgica, el Partido Rexista de Leon Degrelle quería resucitar nada menos que el antiguo Estado de Borgoña…

También la Falange tuvo su mito imperial. Mientras vivió Jose Antonio Primo de Rivera, éste creyó que alguna vez sería posible la unión de España y Portugal con todas las colonias lusas. (…) Luego desaparecido Jose Antonio, y durante los primeros años de la Guerra Mundial que sólo conocieron victorias alemanas, la Falange, aprovechando su amistad con la Alemania nacionalsocialista vencedora, reclamó como imperio todo el Norte de África perteneciente a Francia, lo que ella llamaba el antiguo imperio africano de Carlos V.

«Somos revolucionarios», «vamos a hacer la revolución» se insiste una y otra vez. Mientras para el pensamiento reaccionario la palabra y el concepto de revolución son abominables, el fascismo dice tener como objetivo la «revolución nacional». De ahí viene, en primer lugar, que los fascistas se calificasen a sí mismos como «antiburgueses». Ahora bien, para tal ideología, «burgués» (…) estilo de vida. Burgués era quien rehuía la vida heroica, quien abominaba de la violencia y, en suma, no admiraba la forma de vida militar.

…, en el discurso de todo fascismo hubo una proclamación anticapitalista; no anticapitalismo en el sentido de desaparición de la propiedad privada que el fascismo respetaba al ultranza, sino de desaparición del mercado libre y del liberalismo económico. (…) En él, el Estado controla y dirige la vida económica: fija los precios de los productos, obliga a las empresas a entregar al Gobierno determinadas mercancías e, incluso, señala a los empresarios el tipo de productos que éstos deben poner en el mercado, lo que se distancia de la libertad económica que suele ser el elemento característico y distintivo de una dictadura de derechas clásica.

… no nos puede llevar a olvidar de que los partidos fascistas de Europa llegaron al poder asociados con los reaccionarios.

Cuando, por ejemplo, en 1933, después de haber ganado unas elecciones por mayoría relativa, el presidente Hindenburg encargó a Hitler formar gobierno, su primer gabinete tuvo muchos más ministros reaccionarios que ministros nazis.

Entre el miedo y la libertad. Los EEUU: de la Gran Depresión al fin de la segunda guerra mundial (1929-1945). David M. Kennedy

Prólogo: 11 de noviembre de 1918

<<La muerte resuelve todos los problemas -decía Stalin-. Ningún hombre, ningún problema>>.

Wilson había tenido la visión de una paz liberal, una paz sin victoria, una paz que le devolvería magnánimamente a Alemania el lugar que le correspondía en un mundo abierto de libre intercambio y democracia. En ese mundo el comercio no estaría limitado por restricciones políticas; la política estaría basada en el principio de autodeterminación, y el orden se mantendría a través de un nuevo organismo internacional, la Liga de Naciones. Pero lo que surgió del suplicio de las negociaciones de paz de París fue un documento que se burlaba de esos ideales.

El tratado de Versalles, según escribió Keynes en su amargo y astuto estudio de 1919, Las consecuencias económicas de la paz, contenía tres defectos letales. Transfería a Francia importantes yacimientos de carbón, hierro y acero alemanes y prohibía su utilización por parte de la industria germana. <<De esta manera, el tratado ataca la organización -declaró Keynes-, y mediante la destrucción de la organización deteriora aún más la reducida riqueza de toda la comunidad>>. El tratado, además, le quitaba a Alemania sus colonias en el exterior, sus inversiones extranjeras y su marina mercante, y restringía su control de sus propias vías navegables y sus tarifas. Y el mayor castigo económico se produjo cuando las potencias vencedoras impusieron a una Alemania drásticamente debilitada una colosal cuenta de alrededor de 33.000 millones de dólares en concepto de pago de reparaciones. Sumando un insulto a la herida, el artículo 231 del tratado (la famosa <<cláusula de culpa>> obligaba a los alemanes a asumir la responsabilidad exclusiva del estallido de la guerra.

El tratado, concluía Keynes, perpetuaba de manera descabellada en tiempos de paz los trastornos económicos de la guerra misma. A la catástrofe militar del combate se añadía la carga económica de una paz vengativa. Alemania, que se esforzaba en convertirse en una república, soportó la mayor parte de ese temible peso. Pero en las décadas de entreguerras todas las naciones, vencedoras y vencidas por igual, sufrieron ese lastre aplastante.

Un joven estadista que había llegado a París desde un rincón distante del planeta, el príncipe Fumimaro Konoye, de Japón, que entonces tenía veintisiete años de edad, también encontró motivos de queja. (…) ¿Por qué debería Japón -se preguntaba- aceptar un pacto que se negaba a reconocer el principio de igualdad racial? (…) Al igual que Alemania, sostenía Konoye, a Japón no le quedaba otro <<recurso que destruir el status quo por el bien de la autoconservación>>. Dos décadas más tarde, el primer ministro Konoye uniría el destino de Japón al de la Alemania nazi y la Italia fascista en el Pacto Tripartito: un agresivo intento de destruir el status quo en Europa y Asia a la vez, no sólo con el objetivo de la autoconservación, sino que para lograr la expansión imperial.

Adolf Hitler tenía el objetivo de ser el agente de esa resurrección. A su regreso a Munich en 1919, se sumergió en el mundo furtivo y turbulento de la organización política entre los veteranos de guerra descontentos que compartían su resentimiento por la traición que había sufrido su ejército a manos de dirigentes civiles en 1918. Dos años más tarde ya había ayudado a organizar el National-sozialistische Deutsche Arbeiterpartei: el partido nazi, con su distintivo símbolo de la Hakenkreuz, o esvástica. En 1921 ya era el líder indiscutido, y sus  matones de camisas pardas, los Sturmabteilungen (SA), estaban listos para hacer valer su voluntad. Hitler pulsó como un virtuoso las hinchadas cuerdas del resentimiento alemán, y los nazis avanzaron a medida que el experimento democrático de Alemania perdía terreno. La República de Weimar, que desde su nacimiento cargaba con la ignominia de la derrota y el duro peso económico y psicológico del pacto de Versalles, atravesó a tropezones y con dificultades la década de 1920. Cuando en 1922 no satisfizo el pago de las reparaciones, Francia ocupó el Ruhr, el área donde se centraba el corazón de la industria alemana, lo que provocó una fantástica espiral de hiperinflación que virtualmente convirtió el Mark alemán en una moneda sin valor. Hitler aprovechó la ocasión para intentar un golpe en Múnich, el fallido Beer Hall Putsch, que le valió una sentencia de presión en la fortaleza de Landsberg. Liberado a fines de 1924, una vez más concentró su demoníaca energía en la construcción del partido nazi, que incluía a su guardaespaldas personales de élite, los Schutz Staffeln (SS), de camisa negra. En 1928 el partido decía tener más de cien mil afiliados y obtuvo 810.000 votos en las elecciones del Reichstag.

Luego se produjo la crisis económica mundial que comenzó en 1929, y con ella llegó la gran oportunidad de Hitler. Mientras el desempleo alemán alcanzaba los tres millones de personas en 1930, el número de afiliados al partido nazi se duplicó. En septiembre de ese año, cuando los alemanes fueron a las urnas, los nazis obtuvieron 6.400.000 votos. A partir de ese momento Hitler dirigía el partido más numeroso del Reichstag, con 107 escaños. Dos años más tarde consiguió 113 escaños más, y Hitler exigió que se le otorgara la cancillería. El 30 de enero de 1933, lo logró. Cinco semanas más tarde, Franklin D. Roosevelt asumió la presidencia de Estados Unidos.