Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Alfonso Lazo

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La invasión de Rusia y sus consecuencias

…el discurso oficial y público del catolicismo español identificó a las potencias del Eje con Europa, y a Europa con el cristianismo de tal modo que ahora la guerra -de la misma manera que había ocurrido con la Guerra Civil española- pasaba a ser «una cruzada europea contra el comunismo».

Más aún: si la civilización cristiana se encarnaba en Europa, si Europa se asentaba en el Orden Nuevo y si el liderazgo de ese orden nuevo recaía sobre Alemania, todo ello significaba que el régimen hitleriano se había convertido en un instrumento de Dios.

En el recuerdo de millones de españoles de hoy se encuentra la desproporcionada y beata censura que pesó como una losa sobre las proyecciones cinematográficas a lo largo de cuarenta años de régimen franquista. Producto típico del nacionalcatolicismo, semejante censura fue en realidad una iniciativa de la Iglesia. Apenas iniciada la Guerra Civil, el Gobierno de Franco estableció la censura cinematográfica con un objetivo fundamentalmente político: no dejar pasar la más mínima crítica, la más mínima insinuación, por muy remota que fuese, contra la dictadura. A la Iglesia eso le pareció poco. (…) A comienzos de 1943, la vicesecretaría de Educación Popular publicó una orden reorganizando el aparato de la censura de cine: de entonces en adelante no se pudo censurar película alguna en ausencia del censor eclesiástico, cuyo dictamen hacía imposible la aprobación de la cinta.

En el terreno educativo el clero español lo quería todo, y la Iglesia no sólo reclamaba el derecho a contar con sus propios centros y a designar libremente a su profesorado, sino también el derecho a vigilar la enseñanza en los centros oficiales.

… y en una aparente paradoja, la actitud de los intelectuales y escritores falangistas fue mucho más abierta, tolerante e intelectualmente liberal que la de sus antagonistas católicos.

Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Alfonso Lazo

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Los años del Eje

En 1963, los teatros europeos vieron el estreno del dramaturgo alemán Rolf Hochhuth, El Vicario. La obra provocó un enorme escándalo en el mundo católico que la consideró blasfema, calumniosa e insultante, (…) Mientras Pío XII presentaba a los católicos del Reich como víctimas del nazismo, no dudando en afirmar que la mayoría de ellos habían combatido a Hitler, El Vicario desmontaba semejante historia, y acusaba al Papa de no haber condenado el exterminio de los judíos que de sobra conocía.

El escándalo volvió a reproducirse en el Festival de Cine de Berlín del año 2002, con la película de Costa- Gavras, Amén, ya que la cinta trasladaba a la pantalla la obra de Hochhuth, e incluso acentuaba la dudosa actitud de Pontífice.

Los dos protagonistas del filme son Fontana, un jesuita italiano, y Kurt Gerstein. Fontana es un personaje de ficción; Gerstein, por el contrario, existió realmente. Había sido un oficial de las SS ingresado en el partido nazi en 1933 y cristiano ferviente de la Iglesia luterana. En 1941 fue puesto al frente de los llamados Servicios de Higiene y Desinfección de los campos de internado. Allí conoció el horror cuando pudo presenciar en Treblinka y Belzec las primeras experiencias con el gas Zyklón B. Espantado, quiso entrar en contacto con el nuncio del Papa e hizo llegar al Vaticano las noticias del genocidio. Nunca obtuvo respuesta. Se suicidó el 25 de julio de 1945, dejando escrito el informe sobre sus experiencias que serviría de base a la obra de teatro y a la película.

Tampoco recibieron respuesta las cartas llenas de angustia enviadas a la Santa Sede, y que se conservan hoy, de Edith Stein, una judía alemana convertida al catolicismo que ingresó en el Carmelo de Colonia y murió gaseada en un campo de concentración.

Que el Papa conocía el genocidio de los hebreos de Europa no cabe dudarlo. Pero el silencio de Pío XII fue absoluto, incluso en octubre de 1943, cuando 1.259 judíos romanos fueron detenidos por los alemanes casi bajo las ventanas de su despacho. (…) No hubo en suma protesta alguna. (…) Una actitud que tendría repercusiones en España.

En los mensajes de Pío XII al obre cristiano de los días de Navidad de 1941 y 1942, años de aplastantes triunfos del ejército alemán, el Papa empleó varias veces el término «Orden Nuevo» dándole una connotación positiva. Es cierto que el Pontífice señalaba siempre que ese Orden Nuevo debía basarse en la justicia y en el amor a Cristo; pero como nunca en tales mensajes dicho Orden Nuevo fue condenado, y como esa expresión había surgido de los servicios de propaganda nazi para indicar el triunfo del fascismo en toda Europa, muchos católicos tuvieron la sensación de que Pío XII colaboraba de buen grado al éxito del futuro mundo fascista.

No era sólo una sensación que tuviese gente poco informada. En agosto de 1941, el primado de Polonia ocupada por los alemanes, que se estaban comportando de una manera brutal, y que vivía exiliado en Londres, remitió al Secretario de Estado del Vaticano la siguiente carta:

En Polonia la veneración por los obispos y los sacerdotes aumenta; pero al mismo tiempo disminuye el afecto al Papa y a la Santa Sede […]. Con espanto he tenido que comprobar un fenómeno análologa en los centros de refugiados en Hungría, en Francia y también en Inglaterra. Una propaganda engañosa extiende el rumor de que la Santa Sede va a aceptar la esclavitud de las naciones en la futura Europa hitleriana.

…pero sí cabe afirmar que a lo largo de 1940, 1941 y 1942 el discurso público de la Iglesia española fue un discurso de colaboración con el Orden Nuevo. La revista Ecclesia, que era el órgano de colaboración de nuestros obispos, lo expresaba con claridad el 15 de junio de 1941: » Se debe cooperar en la futura organización del Orden Nuevo, siempre que se respeten los valores cristianos de la propiedad, el trabajo y la familia».

En el otoño de 1940, por ejemplo, se reunió en Munich un congreso de juristas al objeto de estudiar la «cimentación moral y jurídica» de la nueva Europa que iba a nacer de la victoria alemana. El espíritu de encuentro bajo la esvástica quedó de manifiesto en las palabras de Dino Grandi, uno de los más altos jerarcas de la Italia mussoliniana, quien sostuvo que

partiendo de fuentes tan distintas como el Derecho Romano y el Derecho Germánico, fascismo y nacionalsocialismo han venido a desembocar en un campo jurídico idéntico; y es que hemos comprobado que la unidad de nuestra labor es sólo un aspecto de la revolución general europea que nosotros, alemanes e italianos, tutelamos y que podemos llamar la revolución del siglo XX.

He aquí, a modo e muestra, un ramillete de titulares aparecidos en los periódicos españoles del mes de julio de 1940:

  • Alemania y la reconstrucción europea.
  • El oro dejará de tener importancia. Se suprimirán los artículos superfluos.
  • Imposibilidad de guerras futuras.
  • El futuro orden económico europeo: Imposibilidad de guerras. Unificación del sistema económico. Partido único, supresión de la lucha de clases, disolución de las sociedades secretas y el judaísmo.

Para FET, la guerra que estaba teniendo lugar en Europa, y que sin duda terminaría con el triunfo de Alemania, era sobre todo una guerra ideológica; una magna lucha de doctrina contra doctrina y, más precisamente, según aseguraba Escorial la revista de los intelectuales de Falange, «una guerra civil gigantesca que a todos obliga» a tomar partido, pues reproducía a escala mucho mayor la Guerra Civil española, donde se habían enfrentado a un lado el fascismo y al otro la democracia y el comunismo.

Ahora bien, ¿era exactamente el Orden Nuevo que imaginaba la Falange el mismo Orden Nuevo del que hablaba la Iglesia?

De hecho, a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, y en sintonía con el Vaticano, los obispos españoles cambiaron varias veces de opinión en lo que respecta al nazismo. Durante los primeros meses del conflicto, el episcopado de nuestro país mostró una clara desconfianza y un poco disimulado rechazo hacia el régimen de Hitler, coincidiendo con las condenas que el papa Pío XI había lanzado contra el ideario y la práctica política del nacionalsocialismo. Hasta el extremo fue explícito este rechazo, que los jesuitas desde las páginas de la revista Razón y Fe condenaban sin ambages, por paganas, racistas y anticristianas, las dos obras que eran, precisamente, como la Biblia y la Vulgata en los textos canónicos del nazismo: Mein Kampf (Mi lucha) de Hitler y el Mito del siglo XX de Rosenberg.

Empero esta actitud del clero español cambió pronto. En primer lugar, porque en 1939 murió Pío XI, cuya enemistad hacia el nazismo había sido notoria (…) En segundo lugar, porque las espectaculares victorias del ejército germano convencieron a todos, incluida a la Iglesia, de que Hitler tenía ganada la partida y, en consecuencia, era necesario entenderse con el Orden Nuevo.

En principio, y dadas sus manifestaciones anteriores, sobre todo las condenas contra el nacionalsocialismo lanzadas por Pío XI, el liderazgo hitleriano debería haber supuesto algo del todo inaceptable para la Iglesia española. Sin embargo, dado que esa Iglesia estaba convencida de que el Orden Nuevo duraría quizá siglos, y de que la nueva hegemonía alemana iba a acabar definitivamente con el liberalismo, la democracia y el comunismo, los publicistas católicos pasaron, en un viraje rapidísimo, de la reticencia a la aceptación y de la aceptación a la colaboración.

Incluso elaboraron aquellas publicaciones toda una teoría, toda una filosofía político-religiosa para justificar la aceptación y la colaboración con el Orden Nuevo.

…a la hora de explicar las bases del Nuevo Orden, los publicistas católicos presentaran los acontecimientos y cambios espectaculares que estaban teniendo lugar en Europa como una lucha histórica entre «los fanáticos de Dios y los fanáticos contra Dios; comunismo contra catolicidad; una edad contra la reacción integral que se adelanta a otra edad nueva y antigua. Eterna, la del Reino de Dios. La nueva Edad Media».

Puestos a elaborar complejas filosofías de la historia y a comparar pasado con futuro, nuestros fascistas nativos se sentían mucho más atraídos por el Renacimiento que por los siglos medievales que tanto gustaban a los clérigos.

…el Nuevo Orden (…) la Iglesia española comenzó a describirlo con todo detalle. Unos detalles que hacían del imperio hitleriano algo extraordinariamente parecido al Sacro Imperio Romano Germánico de antaño. (…) Es decir, Hitler convertido en Otón III, del brazo de Pío XII cual un nuevo papa Silvestre del año mil.

La línea argumental es la siguiente: la Edad Media, basada en la unidad de culto, la unidad política y el predominio de lo espiritual, vio su fin con la apareción del protestantismo y el Renacimiento, que constituyeron una verdadera revolución destructora de las reservas intelectuales y morales acumuladas por los siglos de cristianismo. La Edad Moderna supuso, pues, el triunfo del individualismo, el ateísmo y el capitalismo, cuyos efectos destructivos aumentaron con el triunfo de la Ilustración y la Revolución francesa, y de donde surgieron en su día los grandes males del siglo XX: democracia, anarquismo y comunismo. Sin embargo, continuaba la argumentación clerical, el mismo siglo XX había generado una saludable «reacción contra el mundo moderno» encarnada en los movimientos y regímenes fascistas que estaban barriendo de Europa, precisamente, los principios ilustrados, revolucionarios, marxistas, capitalistas, liberales e individualistas y que, a resulta de ello, abrían una nueva era que podría calificarse de «neomedieval».