«El duro forcejeo de la diplomacia republicana en París. Francia y la guerra civil española» de Ricardo Miralles. En Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil. Ángel Viñas (dir.)

 

 

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La nefasta política de no intervención fue propuesta por el Gobierno de León Blum en agosto de 1936 para frenar la participación de las potencias europeas en el conflicto español.

El axioma de la Entente franco-británica se convirtió en algo común a todas las fuerzas políticas francesas, con alguna excepción como el Partido Comunista o elementos de la extrema derecha. Francia sabía que si algún día era precisa la ayuda norteamericana, ésta no sería alcanzable sino por intermedio de la Gran Bretaña. La no intervención fue una propuesta francesa, pero no se entiende sin la variable de la dependencia británica.

La misma noche del 18 de julio, inmediatamente después de la rebelión, Giral cursó un telegrama urgente a Blum, que recibió su director de gabinete André Blumel, pidiendo armas: <<Nos hemos visto sorprendidos por un golpe militar peligroso. Ruego disponga ayuda con armas y aeroplanos. Fraternalmente, Giral>>.

Aunque Blum pareció partidario inicialmente de cumplimentar este pedido español (…) todo se complicó de inmediato. El 23 de julio, Blum y Delbos se desplazaron a Londres para tratar con sus homónimos belgas y británicos una renovación del Tratado de Locarno, tras la transgresión alemana del Tratado de Versalles, el previo mes de marzo, con la remilitarización de Renania. (…) A su regreso a París, la prensa conservadora, especialmente L’Echo de Paris, debidamente informada por el embajador Juan Francisco de Cárdenas, a punto de trasladarse, pero que estaba todavía presente en París y se pasó ese mismo día 23 a los sublevados, por el ministro consejero Cristóbal del Castillo y el agregado militar teniente coronel Antonio Barroso, había puesto el grito en el cielo anunciando que Francia se deslizaba por una pendiente que la arrastraría a la guerra en Europa y a ser la causante de una nueva conflagración europea si se mezclaba en los asuntos de España.

…la nota de Albornoz…:

<<La suspensión de la exportación de armas al Gobierno español, en el preciso momento en que tiene especial necesidad de ellas para restablecer la normalidad jurídica en su propio territorio, lejos de estar conforme con el principio de no intervención, constituye una intervención muy efectiva en los asuntos internos de España. […] [No obstante lo cual] El Gobierno español está dispuesto a reconocer las ventajas que tal acuerdo tendría, principalmente como medio de prevenir complicaciones internacionales de carácter general […] Mi Gobierno -prosiguió Albornoz- estaría dispuesto a colaborar lealmente en la aplicación de tal acuerdo […] pero cree indispensable llamar la atención del Gobierno francés sobre la importancia decisiva que tiene, de un lado, el plazo en el que el acuerdo podría entrar en vigor y, de otro, la eficacia de las garantías de su aplicación estricta>>.

…Álvarez del Vayo en la Sociedad de Naciones el 25 de septiembre, …no se podía privar a un Gobierno legítimo del derecho a procurarse las armas necesarias para sofocar una rebelión en su territorio,…

Parar (sic) comprar material de guerra, los españoles en París necesitaban, lógicamente, divisas. (…), la República movilizó sus reservas auríferas hacia Francia en fecha muy temprana con el objetivo evidente de hacerse con divisas.

…da un total de 1.077 millones.

No fue una gran cantidad y, desde luego, no de la entidad y cantidad suficientes para sostener una guerra.

El conjunto de todo ello, antes de que la República reorientara todos sus pedidos hacia la Unión Soviética, puede ser calificado de desdeñable para la magnitud que pronto adquirió la guerra civil española.

…aquella primavera de 1938…

El Gobierno (…) 18 de marzo:

<<Ante la gravedad de las horas presentes, el Gobierno de la República española se ve obligado a preguntar al Gobierno de la República francesa si puede esperar una ayuda urgente y decisiva. El Gobierno de la República española considera esta solicitud plenamente justificada teniendo en cuenta que, al defender la integridad de su territorio, está defendiendo a la vez la seguridad de Francia. Ésta no puede permanecer indiferente a la instalación de los alemanes y de los italianos en los Pirineos y en las costas del Mediterráneo, y menos aún a la incorporación de España a la alianza de pueblos totalitarios.

Si Europa sueña con una victoria, que sea la primera que Francia e Inglaterra necesitan para alejar de ellas los riesgos de una conflagración general, se nos debe ayudar de manera resuelta. No es necesario exagerar acerca del alcance que pueda tener el resultado de la guerra de España para darse cuenta que la suerte de Francia se halla asociada a su desenlace>>.

Pero aún tuvo Ossorio el <<desacierto>> -según sopesó Azcárate cuando aquél le contó su visita al Quai d’Orsay- de presentar las cosas al ministro Paul-Boncour en estos términos. <<O me ayudan [a España], o ahí queda eso, porque yo no sigo sacándote [a Francia] las castañas del fuego>>. (…) el ministro francés habría respondido airadamente a la petición diciéndole: <<Eso es más que una intervención militar; de lo que se trata es de una verdadera alianza militar>>.

El Gobierno francés, en estado de máxima tensión, llamó a París al agregado militar en Barcelona, teniente coronel Henri Morel, para que diera cuenta de la situación. Su opinión fue que las cosas no eran tan graves,…

El segundo gobierno de Blum apenas duró un mes y su sucesor, un Gobierno Daladier-Bonnet, ya sin socialistas y al borde la ruptura del Frente Popular, acabó aceptando las presiones del Gobierno Chamberlain-Halifax y cerró la frontera con España el 13 de junio.

A partir de abril de 1938 se produjo una reorientación de la política exterior francesa – que profundizó la lógica de la no intervención, aunque alterándola hacia peor. Ello dio al traste con cualquier esperanza de resistencia de la República. El nuevo jefe de Gobierno, el radical Edouard Daladier, decidió prescindir de Paul-Boncour y optar por un hombre más partidario de desarrollar una política adaptada a las nuevas circunstancias, entre las cuales el acercamiento a Italia de la mano británica sería prioritario. En efecto, Bonnet tomó la dirección del Quai d’Orsay e imprimió al mismo una reorientación sustancial que no dejaría de tener efectos negativos sobre las esperanzas de la República española. Dichas esperanzas y, en resumen, toda la orientación diplomática hacia Francia hasta aquel momento se habían basado en la infatigable determinación de intentar convencer a Francia de que su propia seguridad dependía en gran medida de la supervivencia en España de un régimen amigo.

Bonnet (…) René Girault lo situó a la cabeza de los <<conciliadores>> y/o <<pesimistas>> franceses, partidarios de tratar con los dictadores y de poner de acuerdo a Francia y Gran Bretaña con Italia para moderar a Alemania, lo cual implicaba que era posible entenderse con Mussolini, y siguiendo tal vía también con Franco, para consolidar las posiciones occidentales de Francia. (…) La presión británica sobre París se hizo especialmente presente en el período y la política francesa de alianza con Inglaterra a toda costa implicó un daño fatal para la República.

Al final, Francia no obtuvo ningún resultado favorable de sus movimientos de aproximación a Italia y la República, en cambio, los sufrió.

Azcárate calificó de <<cómplice>> de Hitler y Mussolini al Gobierno francés y no menos dura fue la reacción del español.

El cierre fue gravísimo para la República pues no volvió a abrirse hasta finales de año para facilitar el tránsito de refugiados que huían ante la ofensiva catalana de Franco. El estrangulamiento de los suministros resultó fatal para su supervivencia. El cierre suscitó la oposición de destacados dirigentes políticos de todas las tendencias, entre los cuales destacaron Blum, Herriot, Reynaud y Mandel, contrarios a que tal cosa se hiciera sin verdaderas contrapartidas, aunque no pasaron del nivel de quejas más bien discretas. En efecto, la movilización fue más bien inexistente y esta falta de reacción facilitó las cosas para los partidarios de hallar una solución diferente a la seguida hasta entonces en la cuestión española. La consecuencia del desinterés francés fue el desprendimiento, previsto por Bonnet, de compromisos diplomáticos en el Este europeo y en España, preparando el camino para el reconocimiento del Gobierno de Franco.

… a partir del 13 de junio. La política que siguió entonces Bonnet puede resumirse en estas tres fórmulas: acercamiento secreto a Franco, permisividad fronteriza muy reducida para el paso clandestino de algunas (pocas) armas y ofrecimientos sistemáticos de mediación (es decir, acabar cuanto antes).

Bonnet puso entonces manos a la obra con la fórmula de la mediación, o suspension d’armes tal y como él definía la idea de un armisticio que era más bien una rendición con condiciones. Paralelamente promovió el acercamiento secreto a Franco, conducido de forma directa por él mismo.

El giro que se produjo en Munich impulsó a Bonnet a intentar directamente una aproximación a la misma Alemania. (…) <<la Europa nacida en Versalles había muerto [y era] el momento de construir otra>>. (…) Ya no existía motivo de oposición franco-alemana, la colaboración con el Tercer Reich era posible desde aquel momento.

… la solución de la crisis checa señaló el momento final de las esperanzas republicanas de un cambio de la política francesa.

A finales de aquel mes de febrero, Francia reconoció diplomáticamente al Gobierno de Franco.

Se ha dicho, con razón, que la decisión de no intervención en los asuntos de España, la tomó Francia a todas luces con excesiva precipitación. Duroselle afirmó que fue un fracaso moral, aunque un éxito diplomático. El radical Jean Zay, al final de la guerra, no creyó tanto en las ventajas para Francia: <<Intervinimos lo bastante como para que nos lo reprochara el bando contario, pero no lo suficiente para dar a los republicanos una ayuda eficaz>>.

Desde mi punto de vista, la no intervención francesa en España se inscribió en toda una secuencia de no intervenciones en otros asuntos internacionales que la incumbieron muy directamente. Hubo, pues, una continuidad en la abstención de la política de manera que su retracción en España no fue sino una etapa más de una sucesión en la que hay que incluir el desentendimiento ante el plebiscito del Sarre en enero de 1935, ante la reconstitución de la aviación y la restauración del servicio militar obligatorio por la Alemania nazi en marzo de ese mismo año, ante la conquista de Etiopía por Italia en octubre y, por fin, ante la remilitarización y reocupación de Renania en marzo de 1936. España fue un eslabón más de la cadena de renuncias, al que siguieron su inacción ante el Anschluss austriaco y la vergonzosa entrega de Checoslovaquia a la voracidad de Hitler.