La psicología de la autoestima. Nathaniel Branden

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Capítulo 6

LA SALUD MENTAL

La madurez se evidencia mediante la capacidad de pensar en uno mismo usando principios.

1. Un hombre que asume los hechos de la realidad en el nivel conceptual de la conciencia ha aceptado la responsabilidad de una forma de existencia humana, lo cual implica la aceptación de su responsabilidad sobre su propia vida y acciones.

2. La aceptación de responsabilidad por la propia vida exige una política de planificación y actuación a largo plazo, de modo que nuestras acciones se integren unas en otras y nuestro presente en nuestro futuro. (…) Un adulto sano planea y actúa en términos de toda una vida.

Esta política conlleva un corolario: la voluntad de diferir el placer o las recompensas inmediatas y tolerar la frustración inevitable derivada de esa acción.

La reacción típica de un niño ante la frustración es la de llorar. (…) la semana que viene, para él, es un futuro lejanísimo. Pero un adulto sano no contempla su vida y objetivos de la misma manera. No reprime sus emociones; si es capaz de hallar una forma de superarlas, lo hace, pero si no sigue adelante, no permite que le paralicen.

3. Una característica cardinal de la madurez es la estabilidad emocional. (…) Es el poder de conservar la capacidad de pensar bajo la presión de esas emociones.

…dentro de la esfera de sus intereses de primera mano, de sus propias acciones y objetivos, se considera competente para saber lo que necesita saber, y obtener los conocimientos que le exijan sus intereses y propósitos. Quiere decir que no se resigna frente a lo que es permanentemente desconocido, cuando tiene a mano el conocimiento,…

Las trampas del deseo. Dan Ariely

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La verdad de la relatividad

Por qué todo es relativo, incluso cuando no debería serlo

La relatividad nos enseña a tomar decisiones en la vida. Pero también puede hacernos completamente desgraciados. ¿Y por qué? Pues porque comparar nuestra suerte en la vida con la de otros genera celos y envidia.

…desde que nacemos, estamos predispuestos a comparar.

…cuanto más tenemos, más queremos. Y el único remedio para ello es romper el círculo de la relatividad.

La psicología de la autoestima. Nathaniel Branden

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Capítulo 4

EL HOMBRE: UN SER CON CONCIENCIA VOLITIVA

En las obras de los psicólogos modernos, el hombre es la entidad más claramente ausente. Hoy día podemos leer muchos libros de texto sin aprender que el hombre tiene la capacidad de pensar; (…) En estos libros no podemos aprender que la forma de conciencia distintiva del hombre es conceptual, ni que esto es un hecho de una importancia vital.

La relación entre la razón del hombre y su supervivencia es el primero de dos principios básicos sobre la naturaleza humana que son indispensables para comprender su psicología y conducta. El segundo es el que dice que el ejercicio de su facultad racional, a diferencia del uso que hace un animal de sus sentidos, no es automático; que la decisión de pensar no está biológicamente <<programada>> en el hombre; que pensar es una elección.

«La clave de… <<la naturaleza humana>>… es el hecho de que el hombre es un ser con conciencia volitiva. La razón no funciona automáticamente; pensar no es un proceso mecánico; las conexiones lógicas no se pueden hacer por instinto. La función de nuestro estómago, pulmones o corazón es automática, la función de nuestra mente no lo es. En cualquier hora y circunstancia de nuestra vida, somos libres de pensar o eludir ese esfuerzo, pero no tenemos la libertad de escapar de nuestra naturaleza, del hecho de que la razón es nuestro medio de supervivencia; de modo que para nosotros, que somos seres humanos, la pregunta de <<ser o no ser>> se traduce como <<pensar o no pensar>>.

No es necesario diseñar experimentos de laboratorio concretos para demostrar que pensar no es un proceso automático, que la mente del hombre no <<bombea>> automáticamente el conocimiento conceptual cuando su vida lo exige, igual que el corazón bombea sangre. (…) Resulta demasiado fácil observar la capacidad humana de ignorar su responsabilidad de pensar. Debe elegir centrar su mente, debe optar por perseguir la comprensión. En el nivel conceptual, la responsabilidad de autorregulación es suya.

Pensar es mantener esa concentración sobre un tema o problema específicos.

No estar centrado es dejar que la mente vague pasivamente, sin voluntad, dirigida tan sólo por las impresiones al azar, las emociones o asociaciones, o considerar un tema sin desear genuinamente comprenderlo, o iniciar un acción sin interesarse en lo que uno está haciendo.

El ser humano es libre no sólo para eludir el esfuerzo de mantener su conciencia plena de propósito en general, sino también para eludir ciertas pautas de pensamiento que le resulten desconcertantes o dolorosas.

Un niño percibe que es necesario autorregularse a nivel cognitivo cuando empieza a pasar del nivel perceptual al conceptual, cuando aprende a abstraer, clasificar, comprender principios razonar explícitamente. (…) Pero cuando empiece a conceptualizar, se enfrentará al hecho de que esta nueva forma de conciencia implica trabajo mental, que requiere un esfuerzo que debe elegir realizar. Descubre que, en este nuevo nivel de conciencia, no es infalible: es posible equivocarse, porque el éxito cognitivo no es automático. (…) Descubre la necesidad constante de controlar y regular su actividad mental.

La resolución de problemas implica la búsqueda de la respuesta a una pregunta específica; como tal, presupone un estado en que la mente está centrada, pero no es sinónimo de éste.

Centrarse no significa que hemos de pasarnos la vida concentrados en resolver problemas. Lo que quiere decir es que debemos saber lo que está haciendo nuestra mente.

Cuando más consistente y conscientemente mantenga una persona esta política de estar centrado a nivel mental, de pensar, de juzgar los hechos de la realidad con los que se encuentra, de saber lo que está haciendo y por qué, más fácil y <<natural>> se vuelve el proceso. El creciente conocimiento (…) la creciente sensación de control sobre su existencia, su creciente confianza en sí mismo, son elementos que sirven como incentivo emocional…

…esto no significa que para esa persona la política de la racionalidad se convierta en algo automático (…) pero se ha <<programado>>,…, para tener todos los incentivos emocionales posibles para ser racional, (…) Parafraseando a Aristóteles, esa persona ha aprendido a hacer que la racionalidad sea una <<segunda naturaleza>> para ella. (…) Pero debe mantener ese estado psicológico voluntariamente, (…) En cada caso que se le presente, debe elegir pensar.

…cuanto más mantenga una persona la política de centrarse cuanto menos mejor, cuanto más evite los hechos que le resultan dolorosos, más se saboteará a nivel psicológico y más difícil se le volverá la tarea de pensar. Las consecuencias inevitables de esa política de no pensamiento son los sentimientos de indefensión, ineficacia, ansiedad, la sensación de vivir en un universo incognoscible y hostil.

…no implica que su evasión e irracionalidad sean automáticas;…, pero se ha <<programado>> a sí mismo/a para que la racionalidad le resulte cada vez más ardua,…

Pero sigue teniendo el poder de variar su curso.

Frente a cualquier valor que se le ofrezca como correcto, frente a cualquier afirmación que se le presente como la verdadera, un hombre es libre para preguntar: ¿Por qué?. Ese <<¿por qué?>> es el umbral que no pueden cruzar las creencias de los demás sin su consentimiento.

El intento por parte de los psicólogos de explicar la conducta del hombre sin hacer referencia al grado en que piensa o no piensa, intentando reducir la conducta humana a unas causas que están bien en su <<condicionamiento>> o en su herencia, es profundamente indicativo del grado en que el ser humano está ausente y es ignorado en la mayoría de las teorías psicológica. Según el punto de vista que prevalece hoy día, el hombre sólo es una grabadora ambulante a la que sus padres, maestros y vecinos dictan lo que quieran; (…) En lo que respecta a la pregunta de dónde provienen las nuevas ideas, conceptos y valores, ésta se queda sin respuesta; ese indefenso trozo de fango, que se supone que es el hombre, las produce en virtud de alguna concatenación aleatoria de fuerzas desconocidas.

Todo lo que hace una persona, declara el defensor del determinismo, lo hace porque tenía que hacerlo: si cree en algo es porque tenía que creerlo; si centra su mente, tenía que hacerlo; si elude este esfuerzo de centrarla, es que tenía que hacerlo; si lo único que le guía es la razón, es que se vio forzada a ello, si, en cambio, lo que le controlan son sus sentimientos o caprichos, es que tenía que ser así: la persona no podía evitarlo.

El hombre no es ni omnisciente ni infalible. Esto quiere decir: a) que debe trabajar para adquirir su conocimiento, y b) que la mera presencia de una idea dentro de su mente no prueba que ésta sea cierta. (…) Pero si una persona cree lo que tiene que creer, si no es libre para confrontar sus creencias con la realidad y validarlas o rechazarlas, si las acciones y el contenido de su mente vienen determinados por factores que puedan tener que ver o no con la razón, la lógica y la realidad, entonces esa persona nunca podrá saber si sus conclusiones son verdaderas o falsas.

El conocimiento consiste en la correcta identificación de los hechos de la realidad;…, para que pueda saber que ha identificado correctamente los hechos de la realidad, necesita un medio para probar sus conclusiones. Este medio es el proceso de razonamiento, de confrontar sus conclusiones con la realidad y buscar contradicciones. (…) Pero esta validación es posible sólo si su capacidad de juzgar es libre, (…) Si su capacidad de juzgar no es libre, no hay forma de que una persona discrimine entre sus creencias y las de un loco de remate.

Si los defensores del determinismo insisten en que su elección de pensar y su aceptación de la razón es condicionada, dependiente de factores que escapan a su control,…, entonces no pueden pretender saber que su teoría es cierta; (…) no pueden evitar creer otra cosa.

Algunos partidarios del determinismo, sin duda conscientes de este dilema epistemológico, han intentado evitarlo al afirmar que, aunque están determinados para creer lo que creen, el factor que les determina es la lógica. (…) Ellos y el lunático son por igual el peón de fuerzas deterministas. Ambos son incapaces de juzgar sus juicios.

Una de las características definitoria de la psicosis es la pérdida del control volitivo sobre el juicio racional; pero, según el determinismo, ése es el estado normal y metafísico del hombre.

Una mente que no es libre para comprobar y validar sus conclusiones no tiene patrón alguno para distinguir lo lógico de lo ilógico, para definir qué es lo que empuja y motiva, no tiene derecho a aspirar a conocimiento alguno;…

Los que defienden el determinismo deben o bien afirmar que llegaron a esa teoría mediante una revelación mística (excluyéndose así del ámbito de la razón), o que ellos son la excepción a la teoría que exponen, excluyéndola así del reino de la verdad.

Las trampas del deseo. Dan Ariely

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La falacia de la oferta y la demanda

Por qué el precio de las perlas -y de todo lo demás- está por las nubes

 … Mark Twain en cierta ocasión aludiendo a Tom Sawyer: <<Tom había descubierto una gran ley de la acción humana, a saber, que para hacer que un hombre codicie algo, basta con hacer que resulte difícil de obtener>>.

 Hace unas décadas, el naturalista Konrad Lorenz descubrió que los ansarinos, al salir del huevo, se apegan al primer objeto en movimiento con el que se encuentran (que en general suele ser su madre). (…) Lorenz denominó a este fenómeno natural impronta.

La existencia de la de lo que nosotros denominábamos la coherencia arbitraria. La idea básica de la coherencia arbitraria es ésta: aunque los precios iniciales sean <<arbitrarios>>, una vez que dichos precios se hayan establecido en nuestra mente configurarán no sólo los precios actuales, sino también los futuros (y eso es lo que los hace <<coherentes>>)

Lo significativo de este hecho es que, una vez que los participantes estaban dispuestos a pagar un determinado precio por un producto, su predisposición a pagar por otros artículos de la misma categoría resultaba estar en relación con aquel primer precio (es decir, el ancla).

Obviamente, Mark Twain lelgó a las mismas conclusiones: <<Si Tom hubiera sido un filósofo grande y sabio como el autor de este libro, habría comprendido que el trabajo es aquello que uno está obligado a hacer, y el juego es aquello que uno no está obligado a hacer>>.

Decía Sócrates que una vida sin cuestionamientos, sin hacerse preguntas, no merece la pena vivirse. Quizá sea el momento de hacer inventario de las improntas y las anclas de nuestra propia vida.

En primer lugar, y según el marco de la economía estándar, la predisposición a pagar de los consumidores es uno de los dos factores que determina los precios de mercado (esto es, la demanda). Sin embargo, tal y como demuestran nuestros experimentos, la cuantía que los consumidores están dispuestos a pagar puede manipularse fácilmente, y ello significa que, en realidad, los consumidores no tienen la sartén por el mango ni en cuanto a sus propias referencias ni en cuanto a los precios que están dispuestos a pagar por los distintos bienes y experiencias.

En segundo término, mientras que el marco de la economía estándar presupone que las fuerzas de la oferta y la demanda son independientes, el tipo de manipulaciones de anclaje que hemos demostrado aquí sugiere que en realidad son dependientes. En el mundo real, el anclaje proviene de los denominados <<precios de venta recomendados por el fabricante>> (PVRF), precios publicitarios, promociones, presentaciones de productos, etc., todo lo cual constituyen variables de la oferta. Parece ser, pues, que en lugar de ser la predisposición a pagar de los consumidores la qiue influye en los precios de mercado, la causalidad se invierte de algún modo y son los propios precios de mercado los que influyen en la predisposición a pagar de los consumidores. Lo que significa es que, en realidad, la demanda no es una fuerza completamente independiente de la oferta.

La psicología de la autoestima. Nathaniel Branden

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Capítulo 2

EL HOMBRE: UN SER VIVO

Se ha descrito correctamente a un organismo como aquello que no es un agregado, sino un integrado. Cuando un organismo deja de efectuar las acciones necesarias para mantener su integridad estructural, muere. La muerte es desintegración. Cuando acaba la vida del organismo, lo que queda no es más que una colección de compuestos químicos en descomposición.

Para todos los seres vivos, la acción es una necesidad de la supervivencia. La vida es movimiento, un proceso de acción que se continúa a sí misma y que un organismo debe desempeñar constantemente para seguir existiendo. Este principio es igualmente evidente en las sencillas conversiones de energía en una planta y en las actividades complejas y a gran escala del hombre. Desde el punto de vista biológico, la inactividad es la muerte.

Entre las diversas necesidades que los psicólogos han afirmado que se encuentran presentes en el ser humano, tenemos las siguientes: dominar a otras personas, someterse a un líder, negociar, apostar, obtener un prestigio social, desairar a alguien, ser hostil, ser poco convencional, ser conformista, desaprobarse a sí mismo, jactarse, asesinar, experimentar dolor.

Un deseo o anhelo no equivale a una necesidad. (…) Las necesidades deben ser objetivamente demostrables.

Esta teoría representa un extremo de lo que puede suceder cuando los psicólogos se permiten especular sobre necesidades mientras ignoran el contexto en el que nace este concepto, y el estándar según el cual establecer tales necesidades.

Una necesidad es aquello que el organismo requiere para su supervivencia; la consecuencia de frustrar una necesidad es el dolor y/o la muerte; (…) El concepto de necesidad biológica sólo puede tener sentido si tomamos como premisa la vida como meta final.

Partir de la observación de que todos los seres vivos mueren para llegar a la conclusión de que dentro de cada célula del cuerpo humano existe una <<voluntad de morir>> supone un grotesco antropomorfismo. Y hablar de que un organismo necesita <<regresar>> a la condición inorgánica, <<restablecer un estado de cosas que fue interrumpido por la emergencia de la vida>>, implica caer en la violación más burda de la lógica: un organismo no existe antes de existir; no puede <<regresar>> a la no existencia; no se puede ver <<interrumpido>> por la aparición de la vida. Más allá del principio del placer, la monografía en la que Freud expone su teoría sobre el instinto de muerte, es, sin duda alguna, una de las obras más vergonzosas dentro de la literatura psicológica.

El tan extendido fenómeno de la enfermedad mental constituye la evidencia tanto de la existencia de necesidades (que se ven frustradas) como del fracaso de la psicología a la hora de comprender la naturaleza de éstas.

La proyección conductista del hombre como una máquina de estímulo-respuesta es una de las versiones de este intento. La proyección del hombre como un robot consciente, activado por instintos, es otra versión.

La función que cumplía el concepto de <<demonio>> para el salvaje primitivo, y la que cumple el de <<Dios>> para el teólogo, es la que cumple para muchos psicólogos el concepto de <<instinto>>; un término que no denota nada inteligible desde el punto de vista científico, mientras crea la ilusión de una comprensión causal. Aquello que un salvaje no comprendía, lo <<explicaba>> mediante un demonio; lo que un teólogo no logra comprender, lo <<explica>> mediante Dios; lo que no logran entender muchos psicólogos, lo <<explican>> mediante los instintos.

<<Instinto>> es un concepto acuñado para salvar el vacío entre las necesidades y las metas, eludiendo la facultad cognitiva (es decir, el razonamiento y aprendizaje) del hombre. Como tal, representa uno de los intentos más desastrosos y estériles de solventar el problema de la motivación.

La teoría de los instintos disfrutó de una enorme popularidad durante los siglos XVIII y XIX, y en los primeros años del XX. Aunque su influencia ha ido desapareciendo durante las últimas décadas, sigue constituyendo una columna central de la escuela freudiana (ortodoxa) del psicoanálisis.

Un reflejo es un fenómeno neurofísico específico y definible, cuya existencia es empíricamente demostrable; no es un cajón de sastre para todo comportamiento ininteligible.

Explicar las acciones del hombre en términos de <<instintos>> indefinibles no contribuye en nada al conocimiento humano: supone meramente confesar que no sabemos por qué el hombre actúa como lo hace.

El hombre no obtiene comida, cobijo o ropa <<por instinto>>. Elaborar los alimentos, construir un cobijo, tejer ropas, son cosas que requieren conciencia, elección, discriminación, juicio. El cuerpo humano no tiene el poder de perseguir esas metas por propia voluntad, no tiene el poder de reordenar voluntariamente los elementos de la naturaleza, de dotar de nueva forma a la materia, independientemente de su conciencia, conocimiento y valores.

El ser humano debe descubrir las acciones que le exige realizar su vida: no tiene un <<instinto de conservación>>. No fueron instintos los que le capacitaron para hacer fuego, para construir puentes, para practicar la cirugía, para diseñar un telescopio: fue su capacidad de pensar. Y si un hombre elige no pensar, si opta por arriesgar su vida en peligros sin sentido, si cierra sus ojos antes de abrir su mente ala vista de cualquier problema, busca una escapatoria de su responsabilidad de razonar por medio del alcohol o las drogas, actúa con una actitud de obcecado desafío a su propio y objetivo interés… entonces carece de todo instinto que fuerce a su mente a funcionar, que le motive a valorar su vida lo suficiente como para pensar y actuar de la forma que ésta le exige.

Las prácticas flagrantemente autodestructivas en que se involucran tantas personas (y el proceso suicida que caracteriza a gran parte de la historia humana) son una elocuente refutación y una burla de la pretensión de que el hombre posee un instinto de conservación de su persona.

La teoría de los instintos propugna, de esta forma, una resurrección de la doctrina de las ideas innatas, que ha quedado tan desacreditada a manos de la filosofía y la biología, que la consideran una herencia del misticismo.

La mitología del instinto resulta desastrosa para la teoría científica, porque, al ofrecer una pseudoexplicación, interrumpe cualquier investigación posterior, y constituye un obstáculo para una comprensión genuina de las causas de la conducta humana. Habría que descartarlo como la última convulsión agónica de la demonología medieval.

Crimen y castigo

Cuando te enfrentas por primera vez a un escritor del siglo XIX, tienes que tener claro que la forma de escribir de los escritores de esta época, en comparación con los de nuestra época, es decir del siglo XX, puede resultar farragosa y larga.
Las descripciones, los personajes, las situaciones, la trama, se alargan. Tienden a contarlo todo, a simplificar poco, a presentarte las situaciones sin una línea expositiva clara para la mentalidad del siglo XX, en la que debemos mucho al cine. Tenemos que tener en cuenta que ese ansia de simplificación, de dar una imagen, un flash, es típica de otro siglo, el nuestro.
Se suele considerar a Dostoievski como un maestro del alma humana, el primer escritor que utiliza la psicología para construir sus tramas, para explicar su historia, para reflejar «eso» que quiere transmitir.
La historia que construye, principalmente, en Crimen y Castigo es el asesinato de una anciana usurera y de su hermana. El asesino es un joven estudiante de leyes, Rodion Románovich Raskólnikov. Se podría pensar que lo ha hecho movido por el ansia de conseguir dinero y de escapar, así, de su paupérrima situación. Esta es la historia que va perfilando al inicio del libro Dostoievsky.
Nótese que desde el principio nosotros vamos acompañando a Raskólnikov. Nosotros somos como unas presencias extracorpóreas a su lado y vamos saliendo, entrando y acompañándolo en su deambular y encontrándonos con todos los que él se encuentra. Escuchando lo que nos dicen los personajes de la historia. Nosotros estamos presentes mientras mata a la usurera y a su desgraciada hermana, que tiene la mala suerte de aparecer en el momento menos indicado.

Nada más empezar a leer el libro, Dostoievsky nos prepara mínimamente la situación. Nos presenta al personaje principal, al que vamos a acompañar en su devenir. Nos presenta a la víctima, Alíona Ivánovna y se menciona a la hermana, Lizaveta. Nos presenta al otro personaje, de una historia paralela que se va uniendo a la corriente principal gracias a Raskólnikov, Marmeládov. Todo ello lo presenta Dostoievsky de una forma rápida, de un plumazo, se diría.

Hasta tal punto, que cuando se está empezando a leer el libro, no se entiende muy bien el porqué de todo ello. Personaje principal, la anciana usurera, la taberna y Marmeládov. Una descripción breve de la habitación de Raskólnikov, de la casa, de la criada. Tienes la sensación de no enterarte bien de nada y no encuentras concatenación en la presentación de la historia. Por esta razón, he indicado antes que los escritores del siglo XIX, son difíciles o los lectores del siglo XX somos complicados. Estamos acostumbrados a que nos presenten la historia, pero que nos dejen capacidad de pensamiento independiente. A los lectores de este siglo nos nos gusta que nos lleven de la mano y nos vayan presentando la historia como quiere el escritor, embrollando la historia, complicándola al principio para ir dando o tumbos o remolque, despistados, sin poder preveer qué va a pasar.

Así que después de describirnos a la vieja usurera, de presentarnos al funcionario Marmeládov bebiendo en la taberna, de presentarnos a su mujer Katerina Ivánovna y a la familia del funcionario que tanta relación va a tener en el relato y de introducirnos a la familia del protagonista; Dostoievsky, que hasta ahora nos ha llevado de la mano presentándonos una serie de escenas, aparentemente inconexas y que observa nuestro asombro ante la presentación del relato, nos da un empujón y nos pone directamente en situación. No, no hemos tenido que esperar hasta la mitad del libro para que se desencadene el hecho de la muerte. No ha intentado explicar porqué el protagonista va a matar a la usurera. No, directamente nos empuja a ir con Raskólnikov a matarla, en lo que creemos que es un arranque de cambio de situación económica. El protagonista, suponemos, se cansa de ir a empeñar artículos para poder sobrevivir, en un arranque de furia asesina a la usurera y la roba, proveyéndose así de fondos para continuar con su vida, su pobre vida. Nosotros pensamos eso por el monólogo que se desarrolla en la taberna a la que acude Raskónikov después de empeñar unos objetos. El funcionario, Marmeládov, explica completamente borracho ante la concurrencia de la taberna que «… la pobreza no es un pecado, es la verdad. También sé que la embriaguez no es ninguna virtud. Pero la miseria, señor mío, la miseria…, ésa sí que es pecado. En la pobreza conserva usted todavía la nobleza de sus sentimientos innatos; en la miseria, ni hay ni ha habido nadie nunca que los conserve». Nosotros pensamos esto, también, porque nos ha descrito la habitación del estudiante, sabemos que ya no estudia, que su situación es desesperada, que suele recibir dinero desde su casa.

Pero también nos encontramos que, desde su casa, recibe una carta de la madre -Puljeria Raskónikova- que le informa de la vida de su hermana, Avdotia Románovna. Y aquí, se perfilan, otra serie de personajes relacionados con ellas que influirán en la historia general: Marfa Petrovna, su marido Svidriagáilov y Piotr Petróvich Luchin. Y, también, sabemos a través de esa carta, que próximamente su familia va ir a vivir a San Petersburgo y que el protagonista va a recibir dinero.

Por tanto, cuando se desarrolla el acontecimiento, el asesinato, no entendemos porqué se ha desarrollado el hecho. Porque previamente al asesinato, Raskolnikov ha recibido una carta en la que se le anuncia un cambio de rumbo de su familia. Su hermana se va a casar con un abogado de San Petersburgo. Su madre, le va a mandar más dinero porque la situación ha cambiado sustancialmente. Rakolnikov va a disponer, en un corto período de tiempo, de la solución a sus problemas económicos, va a poder salir un poco de su pobreza. Pero, antes de hecho crucial, se presentan dos escenas de pobreza, de miseria, que hacen al protagonista mantener un diálogo curioso con un oficial, en el transcurso de este se planea el asesinato de una usurera como un bien social, un bien necesario, distribuyéndose su fortuna entre los más necesitados, entre los pobres, desfavorecidos. Ahí, Dostoievsky, en este breve diálogo nos presenta la verdad, la razón por la que el estudiante de leyes va a matar y de hecho mata.

Pero una cosa es lo que se tiene decidido mentalmente, el orden mental, la preparación de una posibilidad pero no realizada y otra cosa, muy distinta, es la realidad, hacerlo. Agatha Christie en el libro de Maldad bajo el sol apunta en esa dirección cuando por boca de Hércules Poirot expresa que una cosa es pensar en un crimen, desear que alguien muera y otra cosa muy distinta es hacerlo. Una es un desahogo, la otra es la acción, la realidad del hecho.

Aunque Raskónikov planea un asesinato, la realización del mismo acaba de una forma burda y desordenada. Nada pasa como se lo había imaginado él. Al final, además de matar a la vieja usurera, mata también a la hermana, además de arramblar con lo que encuentra, no es ordenado porque oye, siente, cree, no se aísla para buscar, seleccionar, se embarulla y se asusta con facilidad y sólo por un golpe de suerte consigue salir de la casa sin que nadie le descubra. Pero todo este ejercicio físico y sobre todo, psicológico, todo ese desarrollo fallido le agota. Consigue llegar a casa y cae derrotado.

A partir de aquí, el desarrollo de la trama es, por una parte: la lucha del protagonista con sí mismo, con sus flaquezas,  con su miedo, con su ansia de ser perdonado, con su ansia de sobrevivir, con su ansia de hacer el bien.

Se desarrolla el desenlace del funcionario Marméladov que muere atropellado por un coche de caballos y deja una viuda tísica, una hijastra que ha tenido que vender su cuerpo para dar de comer a la familia y unos niños pequeños. Un drama que acaba con la muerte de la viuda y la herencia de la hijastra y de los pequeños de un dinero de otro personaje que surge del mismo pueblo de la familia de Raskónikov y que acaba de heredar de su difunta mujer.

Con relación, a la venida de la madre y la hermana del protagonista, el desarrollo del matrimonio acaba en fiasco, al demostrarse de todas las formas posibles la repulsividad del prometido. La familia de protagonista acaban amparadas por la herencia de la mujer que la difamó allá en el pueblo y por la inclusión en sus vidas de un compañero de estudios, que como San Juan, pasa a ser de la familia.

El juez instructor que por medio de la psicología llega a los hechos y al culpable, acaba teniendo razón.

Svidriagáilov, que condena al ostracismo a la hermana de Raskónikov en su pueblo y que conduce al personaje que aparece como su prometido, Piotr Petróvich Luchin, a relacionarse en condición de superioridad moral hacia ella, da una vuelta a la historia. Este personaje oscuro sirve como desencadenante bienhechor para el drama de los huérfanos, no ceja en su pasión y arrastrado por todo ello se pega un tiro al final del libro.

Y el estudiante,al final, se acaba entregando pero respaldado por una prostituta, por Sonia, la hijastra, la joven que no tuvo más remedio que venderse en favor de alimentar a un mujer que no era su madre y a unos niños que eran sus hermanastros. Una joven «manchada» pero que se sacrifica por todos ellos. Ella que conoce el secreto de Raskónikov no sólo le empuja a que se entregue sino que se va con él a dónde le mandan y lo que es más importante, le perdona.

En conjunto, es un libro en el que hay muchos puntos que podríamos tratar: la redención por el amor; la pasión sin freno y sin medida que conduce a la muerte; la maldad y la perversidad, el interés que conducen al ostracismo y a la condena… Todo ello sentimientos que llevan y conllevan. Porque, al final, lo que se desarrolla en este libro aparte de los hechos presentados son sentimientos de amor o repulsa, de bienintencionalidad o malentencionalidad y su desarrollo psicológico. Lo que se piensa y se desarrolla a nivel mental puede o no ser desarrollado a nivel real. Lo que es creído bueno a nivel mental, no siempre es «bueno» a nivel real. Lo que parece fácil y justificado a nivel mental, no siempre es fácil y justificado realmente. Los deseos, las pasiones, los pensamientos, las intenciones se desarrollan a nivel mental, el ponerlo en práctica no siempre es posible y algunas veces, no se debería. Lo que puede estar justificado a nivel filosófico es condenado a nivel legal. No podemos llegar a pensar y convencernos que cualquier persona sobra o es justificado quitarla de en medio por lo que sea o desarrolle en la vida. Todos somos únicos y tenemos nuestra función. Pero, sobre todo, es un peso a nivel psicológico insoportable para las personas normales, con escrúpulos y conciencia. No es tan fácil matar, por la razón que se le quiera dar, por la justificación que se le quiera encontrar, porque al final pesa, pesa en nosotros. ¿Quiénes somos nosotros para demostrar, para valorar, para justificar la muerte de una persona?. ¿En qué nivel quedamos si lo hiciéramos? ¿Nos quedaríamos ahí? ¿Seguiríamos asesinando personas, justificando nuestra acciones? ¿Quién entonces es inocente, quién sería culpable, quién se salvaría de nuestra justificación destructora?

Y, sobre todo, el amor. El amor, al final, es redentor.