«El duro forcejeo de la diplomacia republicana en París. Francia y la guerra civil española» de Ricardo Miralles. En Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil. Ángel Viñas (dir.)

 

 

niños-jugando-a-fusilar-en-la-guerra-civil-española-1600x1301

La nefasta política de no intervención fue propuesta por el Gobierno de León Blum en agosto de 1936 para frenar la participación de las potencias europeas en el conflicto español.

El axioma de la Entente franco-británica se convirtió en algo común a todas las fuerzas políticas francesas, con alguna excepción como el Partido Comunista o elementos de la extrema derecha. Francia sabía que si algún día era precisa la ayuda norteamericana, ésta no sería alcanzable sino por intermedio de la Gran Bretaña. La no intervención fue una propuesta francesa, pero no se entiende sin la variable de la dependencia británica.

La misma noche del 18 de julio, inmediatamente después de la rebelión, Giral cursó un telegrama urgente a Blum, que recibió su director de gabinete André Blumel, pidiendo armas: <<Nos hemos visto sorprendidos por un golpe militar peligroso. Ruego disponga ayuda con armas y aeroplanos. Fraternalmente, Giral>>.

Aunque Blum pareció partidario inicialmente de cumplimentar este pedido español (…) todo se complicó de inmediato. El 23 de julio, Blum y Delbos se desplazaron a Londres para tratar con sus homónimos belgas y británicos una renovación del Tratado de Locarno, tras la transgresión alemana del Tratado de Versalles, el previo mes de marzo, con la remilitarización de Renania. (…) A su regreso a París, la prensa conservadora, especialmente L’Echo de Paris, debidamente informada por el embajador Juan Francisco de Cárdenas, a punto de trasladarse, pero que estaba todavía presente en París y se pasó ese mismo día 23 a los sublevados, por el ministro consejero Cristóbal del Castillo y el agregado militar teniente coronel Antonio Barroso, había puesto el grito en el cielo anunciando que Francia se deslizaba por una pendiente que la arrastraría a la guerra en Europa y a ser la causante de una nueva conflagración europea si se mezclaba en los asuntos de España.

…la nota de Albornoz…:

<<La suspensión de la exportación de armas al Gobierno español, en el preciso momento en que tiene especial necesidad de ellas para restablecer la normalidad jurídica en su propio territorio, lejos de estar conforme con el principio de no intervención, constituye una intervención muy efectiva en los asuntos internos de España. […] [No obstante lo cual] El Gobierno español está dispuesto a reconocer las ventajas que tal acuerdo tendría, principalmente como medio de prevenir complicaciones internacionales de carácter general […] Mi Gobierno -prosiguió Albornoz- estaría dispuesto a colaborar lealmente en la aplicación de tal acuerdo […] pero cree indispensable llamar la atención del Gobierno francés sobre la importancia decisiva que tiene, de un lado, el plazo en el que el acuerdo podría entrar en vigor y, de otro, la eficacia de las garantías de su aplicación estricta>>.

…Álvarez del Vayo en la Sociedad de Naciones el 25 de septiembre, …no se podía privar a un Gobierno legítimo del derecho a procurarse las armas necesarias para sofocar una rebelión en su territorio,…

Parar (sic) comprar material de guerra, los españoles en París necesitaban, lógicamente, divisas. (…), la República movilizó sus reservas auríferas hacia Francia en fecha muy temprana con el objetivo evidente de hacerse con divisas.

…da un total de 1.077 millones.

No fue una gran cantidad y, desde luego, no de la entidad y cantidad suficientes para sostener una guerra.

El conjunto de todo ello, antes de que la República reorientara todos sus pedidos hacia la Unión Soviética, puede ser calificado de desdeñable para la magnitud que pronto adquirió la guerra civil española.

…aquella primavera de 1938…

El Gobierno (…) 18 de marzo:

<<Ante la gravedad de las horas presentes, el Gobierno de la República española se ve obligado a preguntar al Gobierno de la República francesa si puede esperar una ayuda urgente y decisiva. El Gobierno de la República española considera esta solicitud plenamente justificada teniendo en cuenta que, al defender la integridad de su territorio, está defendiendo a la vez la seguridad de Francia. Ésta no puede permanecer indiferente a la instalación de los alemanes y de los italianos en los Pirineos y en las costas del Mediterráneo, y menos aún a la incorporación de España a la alianza de pueblos totalitarios.

Si Europa sueña con una victoria, que sea la primera que Francia e Inglaterra necesitan para alejar de ellas los riesgos de una conflagración general, se nos debe ayudar de manera resuelta. No es necesario exagerar acerca del alcance que pueda tener el resultado de la guerra de España para darse cuenta que la suerte de Francia se halla asociada a su desenlace>>.

Pero aún tuvo Ossorio el <<desacierto>> -según sopesó Azcárate cuando aquél le contó su visita al Quai d’Orsay- de presentar las cosas al ministro Paul-Boncour en estos términos. <<O me ayudan [a España], o ahí queda eso, porque yo no sigo sacándote [a Francia] las castañas del fuego>>. (…) el ministro francés habría respondido airadamente a la petición diciéndole: <<Eso es más que una intervención militar; de lo que se trata es de una verdadera alianza militar>>.

El Gobierno francés, en estado de máxima tensión, llamó a París al agregado militar en Barcelona, teniente coronel Henri Morel, para que diera cuenta de la situación. Su opinión fue que las cosas no eran tan graves,…

El segundo gobierno de Blum apenas duró un mes y su sucesor, un Gobierno Daladier-Bonnet, ya sin socialistas y al borde la ruptura del Frente Popular, acabó aceptando las presiones del Gobierno Chamberlain-Halifax y cerró la frontera con España el 13 de junio.

A partir de abril de 1938 se produjo una reorientación de la política exterior francesa – que profundizó la lógica de la no intervención, aunque alterándola hacia peor. Ello dio al traste con cualquier esperanza de resistencia de la República. El nuevo jefe de Gobierno, el radical Edouard Daladier, decidió prescindir de Paul-Boncour y optar por un hombre más partidario de desarrollar una política adaptada a las nuevas circunstancias, entre las cuales el acercamiento a Italia de la mano británica sería prioritario. En efecto, Bonnet tomó la dirección del Quai d’Orsay e imprimió al mismo una reorientación sustancial que no dejaría de tener efectos negativos sobre las esperanzas de la República española. Dichas esperanzas y, en resumen, toda la orientación diplomática hacia Francia hasta aquel momento se habían basado en la infatigable determinación de intentar convencer a Francia de que su propia seguridad dependía en gran medida de la supervivencia en España de un régimen amigo.

Bonnet (…) René Girault lo situó a la cabeza de los <<conciliadores>> y/o <<pesimistas>> franceses, partidarios de tratar con los dictadores y de poner de acuerdo a Francia y Gran Bretaña con Italia para moderar a Alemania, lo cual implicaba que era posible entenderse con Mussolini, y siguiendo tal vía también con Franco, para consolidar las posiciones occidentales de Francia. (…) La presión británica sobre París se hizo especialmente presente en el período y la política francesa de alianza con Inglaterra a toda costa implicó un daño fatal para la República.

Al final, Francia no obtuvo ningún resultado favorable de sus movimientos de aproximación a Italia y la República, en cambio, los sufrió.

Azcárate calificó de <<cómplice>> de Hitler y Mussolini al Gobierno francés y no menos dura fue la reacción del español.

El cierre fue gravísimo para la República pues no volvió a abrirse hasta finales de año para facilitar el tránsito de refugiados que huían ante la ofensiva catalana de Franco. El estrangulamiento de los suministros resultó fatal para su supervivencia. El cierre suscitó la oposición de destacados dirigentes políticos de todas las tendencias, entre los cuales destacaron Blum, Herriot, Reynaud y Mandel, contrarios a que tal cosa se hiciera sin verdaderas contrapartidas, aunque no pasaron del nivel de quejas más bien discretas. En efecto, la movilización fue más bien inexistente y esta falta de reacción facilitó las cosas para los partidarios de hallar una solución diferente a la seguida hasta entonces en la cuestión española. La consecuencia del desinterés francés fue el desprendimiento, previsto por Bonnet, de compromisos diplomáticos en el Este europeo y en España, preparando el camino para el reconocimiento del Gobierno de Franco.

… a partir del 13 de junio. La política que siguió entonces Bonnet puede resumirse en estas tres fórmulas: acercamiento secreto a Franco, permisividad fronteriza muy reducida para el paso clandestino de algunas (pocas) armas y ofrecimientos sistemáticos de mediación (es decir, acabar cuanto antes).

Bonnet puso entonces manos a la obra con la fórmula de la mediación, o suspension d’armes tal y como él definía la idea de un armisticio que era más bien una rendición con condiciones. Paralelamente promovió el acercamiento secreto a Franco, conducido de forma directa por él mismo.

El giro que se produjo en Munich impulsó a Bonnet a intentar directamente una aproximación a la misma Alemania. (…) <<la Europa nacida en Versalles había muerto [y era] el momento de construir otra>>. (…) Ya no existía motivo de oposición franco-alemana, la colaboración con el Tercer Reich era posible desde aquel momento.

… la solución de la crisis checa señaló el momento final de las esperanzas republicanas de un cambio de la política francesa.

A finales de aquel mes de febrero, Francia reconoció diplomáticamente al Gobierno de Franco.

Se ha dicho, con razón, que la decisión de no intervención en los asuntos de España, la tomó Francia a todas luces con excesiva precipitación. Duroselle afirmó que fue un fracaso moral, aunque un éxito diplomático. El radical Jean Zay, al final de la guerra, no creyó tanto en las ventajas para Francia: <<Intervinimos lo bastante como para que nos lo reprochara el bando contario, pero no lo suficiente para dar a los republicanos una ayuda eficaz>>.

Desde mi punto de vista, la no intervención francesa en España se inscribió en toda una secuencia de no intervenciones en otros asuntos internacionales que la incumbieron muy directamente. Hubo, pues, una continuidad en la abstención de la política de manera que su retracción en España no fue sino una etapa más de una sucesión en la que hay que incluir el desentendimiento ante el plebiscito del Sarre en enero de 1935, ante la reconstitución de la aviación y la restauración del servicio militar obligatorio por la Alemania nazi en marzo de ese mismo año, ante la conquista de Etiopía por Italia en octubre y, por fin, ante la remilitarización y reocupación de Renania en marzo de 1936. España fue un eslabón más de la cadena de renuncias, al que siguieron su inacción ante el Anschluss austriaco y la vergonzosa entrega de Checoslovaquia a la voracidad de Hitler.

«La gran estrategia de política exterior de la República» de Ángel Viñas, en Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil. Ángel Viñas (dir)

Hoy, el cruce de la Evidencia Primaria Relevante de Época (EPRE) de uno y otro origen permite reinterpretar el pasado y avanzar en el conocimiento de lo que realmente ocurrió y, sobre todo, por qué ocurrió. Los historiadores de nuestra generación podemos ya legar a las venideras una versión respetuosa con hechos que durante tanto tiempo fueron oscurecidos, deformados y manipulados.

En contra de las numerosísimas interpretaciones que en parte se remontan a los años del conflicto mismo, en la actualidad cabe afirmar con confianza:

a) La guerra no puede considerarse como una reacción anticipadora y salvadora de la situación de emergencia en que se encontraba una España a punto de despeñarse en los abismos de la revolución.

b) Los sublevados no sostuvieron una guerra larga y cruel para impedir que España cayese en las garras de la Unión Soviética.

c) El masivo y continuado apoyo de las potencias del Eje a Franco, en la época de expansión del fascismo y de revisión por la amenaza de la fuerza de los esquemas de Versalles, insertó la sublevación de las oscuras aguas de la Europa de entreguerras.

d) Hubo, eso sí, una <<España traicionada>>, la España que pugnaba por romper las cadenas del subdesarrollo económico, social y cultural. Hoy es posible determinar quién la <<traicionó>>, si es que puede utilizarse tal verbo en un contexto en el que la apuesta podía ser la guerra o la paz, cuando los Estados, <<monstruos fríos>>, perseguían una política salvaje de protección de intereses nacionales aderazados de connotaciones ideológicas, políticas y de clase y desvirtuados por análisis erróneos o prejuzgados de la realidad española.

La determinación de quiénes <<traicionaron>> a los republicanos constituye el meollo de la presente obra y se ve reflejado en, prácticamente, cada uno de los capítulos.

3. En tierra española se prefiguraba el futuro. Si las democracias no ayudaban a quienes se batían por defender la propia, su inhibición daría alas al Eje (14. Esto parecía ser una realidad innegable y lo compartieron amplios sectores de la opinión pública. La augusta tribuna que era The Times londinense, a la sazón lectura obligada, ya lo había predicho el 31 de marzo de 1936: <<Siempre que la Sociedad [de Naciones] fracasa a la hora de prevenir que un dictador cualquiera se olvide de las obligaciones del Pacto, se da -y siempre se ha dado- un estímulo a que cualesquiera otros sigan su ejemplo>>. Citado por R.J.B. BOSWORTH, Mussolini’s Italy. Life Under the Dictatorship, Londres, Penguin, 2005, pág. 396) Una derrota del régimen legítimo abriría las puertas aun conflicto europeo. En definitiva, en España se luchaba también por la Europa democrática.

Tales convicciones no fueron ningún secreto. Las desgranó la propaganda pro-republicana y sirvieron de base a las conversaciones diplomáticas (15. Una de las primeras de las que tenemos noticia, a nivel estricto de funcionarios, la dio Rafael de Ureña, secretario general del Ministerio de Estado, al encargado de negocios francés en Madrid el 25 de octubre de 1936: <<Vuestro egoísmo os perderá. Aunque no quiera batirse por defender a la España republicana, Francia va encontrarse arrastrada a una guerra general en cuatro meses>>. Se equivocó en la fecha casi por tres años, los de la guerra civil. Citado en Á.Viñas, La soledad de la República. El abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética, Barcelona, Crítica, 2006, pág. 203) e intergubernamentales de todo tipo.

La aparición de la Unión Soviética en la guerra civil impregnó desde fecha temprana la interpretación del conflicto. Son numerosos los historiadores que se hicieron un nombre atribuyéndole un carácter poco menos que siniestro y apocalíptico. Es una visión que dura. En 2009 se han publicado dos de sus últimas manifestaciones. La primera en un periódico madrileño de gran difusión (21. J. REDONDO, <<En la rehabilitación de Juan Negrín>>, El Mundo, 3 de noviembre de 2009, en el que destacamos, como ejemplo, las tres <<perlas>> siguientes: <<La República desde comienzos de 1937 estaba en manos del Kremlin>>, el <<entreguismo a la Unión Soviética de Juan Negrín>> y <<el Ejército republicano luchaba por situar a Madrid en la órbita de Moscú>>. De dicho autor no he encontrado, según el buscador de Google, nada sustantivo sobre la guerra civil, salvo su participación en una obra de mera divulgación). La segunda en un capítulo, plagado no ya de elucubraciones y afirmaciones lamentables sino de errores primarios (22. Sólo cuatro correcciones de errores elementales: el envío de oro a la Unión Soviética tuvo lugar el 25 de octubre de 1936 y no a lo largo del primer año de guerra; el PSUC fue el resultado, esencialmente en clave catalanista, de la amalgama de la Unió Socialeista de Catalunya, el Partit Comunista de Catalunya, el Partit Català Proletari y la federación socialista catalana; la salida de Prieto del Gobierno se produjo en abril de 1938 y no al final de 1937; Vicente Uribe desempeñó la cartera de Agricultura desde septiembre de 1936 y no la asumió en la crisis de aquella fecha. Quisiera enfatizar que las afirmaciones de VIDAL (pág. 341) de haber consultado documentación soviética son espurias, como ya demostré en Á.VIÑAS, El escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937, Barcelona, Crítica, 2007, págs. 68 y ss.,…), debido a la <<casa Vidal>>. En él, por lo demás, abundan las tergiversaciones y manipulaciones características de esta firma. Un amplísimo abanico de fuentes primarias relevantes y no manipuladas de procedencia española, rusa, británica y francesa lleva a una interpretación radicalmente opuesta.

Ahora bien, que la Unión Soviética se mostrara, en septiembre de 1936, dispuesta a echar una mano a la acosada República no significa que quisiera, o incluso pudiera, llegar a los extremos a los que estaba decididos a llegar los dictadores fascistas.

En varias ocasiones Stalin y, con él, sus más inmediatos colaboradores informaron a los dirigentes republicanos de cuáles eran sus intenciones. Por lo que podemos colegir y documentar, se atuvieron a ellas con bastante precisión, sin dejarse ablandar por la corriente de ruegos y peticiones que les llegó desde Valencia y Barcelona. La carta de la troika soviética a Largo Caballero de diciembre de 1936 ha sido malinterpretada a conciencia y los autores conservadores o pro-franquistas no han sabido nunca qué hacer, salvo ignorarla, con la amplia exposición que también hizo al embajador Marcelino Pascua en febrero de 1937 y a la que aludiremos más tarde. Normalmente quien avisa no es traidor. Stalin, Molotov y Vorochilov hablaron con Pascua cuando había terminado el recuento del oro de Moscú y empezaba una nueva fase en la implementación de la estrategia republicana que para entonces se había diseñado. Se basaban en la interpretación de cuatro puntales:

El primero estriba en extraer las conclusiones operativas del recuento. No era factible, bajo las condiciones de la no intervención y de creciente distanciamiento de las potencias democráticas, depender sólo del contrabando, ya se realizase con la cobertura mexicana (…) o a través de los mecanismos ad hoc montados en París y que adolecían de fallos profundos. (…) El oro del Banco de España nunca se envió para mantenerlo a resguardo en la Unión Soviética.

El segundo puntal consistía en reconocer que los suministro soviéticos eran absolutamente vitales.

El tercer puntal era que resultaba preciso montar una economía que hiciera su propia aportación al esfuerzo bélico. Esto implicaba realizar lo que todavía no se llamaba reconversión industrial, pero lo era, con independencia de que el naciente Ejército Popular necesitaba no sólo armas modernas, sino también tácticas e instrucción adecuadas. No de otra manera operaban los ejércitos franquistas que, a pesar de estar mandados por solados profesionales, siempre acudieron a los especialistas alemanes e italianos, que instruyeron a algo más de 80.000 hombres. Si se tiene en cuenta que a Franco le afluyeron, además, 187.000 soldados extranjeros, se observa que la aportación exterior no sólo en material sin o también en el ámbito humano no fue nada desdeñable.

Por último, una labor esencial, la más complicada, consistía en aunar fuerzas y recursos políticos, disciplinándolos con el fin de resistir el ariete que las potencias del Eje suministraban a Franco. Éste es uno de los aspectos que más se ha prestado a la distorsión pero que, por razones evidentes, no se aborda en la presente obra.

Ello no obstante, en ciertos autores, siguiendo la leyenda propagada por el franquismo durante la guerra civil, subsiste la tesis de que la estrategia republicana fue impuesta por la Comitern. (…) La Comitern podía influir, e influyó, sobre el PCE, aunque con choques ideológicos y de intereses entre sus representantes en España. No conformó la estrategia gubernamental que ya se había puesto a punto en los meses finales de 1936. (…) Fue la sucesión de derrotas militares lo que llevó a un proceso de desprendimiento de los nacionalismos vasco y catalán en primer lugar y, más tarde, a una cierta autonomización de los partidos políticos y organizaciones sindicales en la zona centro. Su efecto terminó siendo letal cuando se les añadió posteriormente un sector de las bases anarcosindicalistas, apoyadas por sus correlatos en un cuerpo de Ejército a las órdenes de Cipriano Mera.

En las querellas y rencillas del exilio muchos <<perdieron>> la memoria y el recuerdo de los documentos que firmaron o en los que se notaba lo que habían dicho u obrado. Con tres cuartas partes de la reserva de oro trasladas en octubre de 1936 para, desde la capital soviética, movilizarlas de cara a la financiación de la guerra, largo Caballero, Negrín y Prieto conocían que los rusos no incurrirían en riesgos financieros y pidieron abundantes armas y municiones. Muchas más de lo que la Unión Soviética estaba en condiciones de poder suministrar razonablemente.

Negrín, acusado de procomunista hasta la actualidad pero ya rehabilitado, nunca se llamó al engaño.

Dado que la marcha de las hostilidades fue consistentemente negativa, el margen de maniobra externo se recortó en un sistema internacional jerarquizado y en el que las potencias democráticas se desentendían a toda velocidad de los republicanos.

La tesis de que, en gran medida, el acercamiento -desesperado, pero contenido- a la Unión Soviética provino esencialmente de las consecuencias de la inhubición -o de la hostilidad- de las potencias democráticas es, naturalmente, anatema para los autores conservadores y todos los anti-republicanos del más variado pelaje. (…) Se opone, además, de manera frontal a las certidumbres y <<verdades>> que los integristas del neo-franquismo historiográfico siguen divulgando hoy, en aplicación de la máxima del <<calumnia que algo queda>>.

Stalin, quien, en contra de lo que han afirmado algunos historiadores alemanes e italianos, solía dar su visto bueno a las más mínimas modalidades de la ayuda, pretendió cuadrar el círculo estratégico e ideológico al ayudar a la República.

Como es notorio, la Alemania nazi ocultó su ayuda bélica a Franco, a pesar de que siempre fue un secreto de Polichinela para unos y para otros. Mussolini, por el contrario, jamás se preocupó de cubrir con una manto de prudencia su ayuda a Franco y, a mitad de 1937, la reconoció ditirámbicamente. Por lo demás, gracias al esfuerzo de desclasificación de documentos británicos emprendido en los últimos años, hoy sabemos que precisamente el Gobierno conservador conocía perfectamente y casi al día la situación, las incidencias y los éxitos de la aviación legionaria en España, incluida su participación en el gran escándalo internacional del período que fue el bombardeo de Gernika.

… la actitud de Stalin no varió prácticamente desde noviembre de 1937 hasta después del acuerdo de Munich.

La reducción de los envíos de material de guerra implica, obviamente, que los propósitos de Stalin no estribaban en contribuir al establecimiento en España de un régimen para-soviético.

Stalin no cambió de postura respecto a los suministros de material bélico hasta noviembre de 1938.

Una de las piezas esenciales en el dispositivo exterior republicano fue la representación diplomática en Moscú.

En realidad, Pascua se vio expuesto a algunas de las dimensiones más críticas de la guerra española en el plano internacional y realizó gestiones de la máxima importancia relacionadas con la política soviética hacia España. Lamentablemente reconstruir la labor de la embajada es tarea imposible. Al término de la guerra, y antes de entregar la cancillería a las autoridades soviéticas, el último encargado de negocios, Vicente Polo, se encerró durante una semana para quemar toda la documentación. Segúía las instrucciones que el Ministerio de Estado había cursado a todas las representaciones en el exterior.

Una buena estrategia no garantiza el éxito. Por el contrario la mala estrategia sí asegura un fracaso. Es, nos parece, indudable que la política exterior republicana cometió fallos tácticos. (…) En lo que se refiere al político recordemos, simplemente, que como se reconocía en el Ministerio de Estado, y expuso con toda contundencia el último subsecretario del mismo, José Quero Molares, la orientación tradicional española estaba enfocada hacia el Reino Unido y Francia.

Las masas revolucionarias españolas, movilizadas paroxísticamente por las bases anarcosindicalistas- y no tanto por sus cúpulas que formaban parte del Gobierno republicano- o la dirección del pequeño POUM difícilmente hubieran podido prevalecer contra una máquina militar como la franquista, que hacía la guerra de forma convencional, que encuadraba lo más granado del antiguo Ejército con oficiales profesionales provistos de amplio asesoramiento foráneo, que disponía de una superioridad material y, en particular, aérea, lo cual le permitía bombardear ciudades u otros objetivos de forma terrorista, bien de forma directa o gracias a la ayuda de la <<Aviación Legionaria>> y de la Cóndor. Una máquina, por último, que se benefició de un cuantioso chorro de suministros nazi-fascistas que duró casi ininterrumpidamente desde finales de julio de 1936 hasta finales de febrero de 1939.

El Ejército Popular, de nuevo cuño y politizado, nunca estuvo en condiciones de asegurar el éxito de sus ofensivas. Éstas, por lo demás, casi siempre se planearon para descargar otros frentes, nunca como operaciones cerradas en sí mismas. No se contaba con la fuerza suficiente para ello. Desde el punto de vista militar, la República jamás pudo recuperarse del hecho, duro de admitir pero inesquivable y que ya reconoció Azaña, que hacia septiembre u octubre de 1936 había perdido la guerra, salvo que las circunstancias internacionales dieran un giro copernicano a su favor. No fue este el caso. La ayuda soviética sirvió para mantener la resistencia pero también contribuyó a que, a partir de febrero-marzo de 1937, a Franco le interesara más prolongar la contienda que acortarla.

Desde el punto de vista diplomático las derrotas fueron menos visibles pero no menos continuas.